domingo, 14 de febrero de 2016

¿Qué es la vitalidad?



Cómo se mueven. La muestra de la eterna juventud. No se puede creer cómo está Jagger físicamente. Están intactos.

De todos estos enunciados que apuntan a celebrar una vitalidad abstracta ligada a aspectos físicos, hay una palabra que quiero discutir más que ninguna: intactos. Como si el tiempo no les pasara, dicen. Mentira: el mérito es que el tiempo les pasó; pero ellos lo pasaron a él.

Es la diferencia entre lo intacto y la duración. Lo intacto deja incólume a un cuerpo del roce de la experiencia. Las cosas pasan, pero no lo tocan. La duración expone las diferentes fluctuaciones por las que pasa una vida en función de los hechos que la van afectando y los ciclos que emergen a raíz de esa dinámica.

Los Stone fueron contemporáneos. Contemporáneos en tanto ser una fuerza social que no se acomodaba al presente establecido. No se sentaban cómodos en los lugares que les esperaban. Eran un presente puro que reclamaba una vida propia. En una entrevista le preguntan a Brain que hacía antes de la banda y decía: “estaba esperando que ocurra algo”. Ese algo fue el rock y los Stone.

Durar es una permanencia que exige un trabajo: ensayar, pensar los shows, componer, viajar, superar los quilombos internos y personales, reponerse del tiempo biológico y las facturas que hace llegar. Luego de tantos años y tantas marcas en sus cuerpos, siguen. Continuar durando, eso es vigencia.

Esa vigencia de lo contemporáneo para los Stone –durar hasta hoy- es lo más bancable de ellos como vitalidad. Vitalidad que permite una vigencia que no es monopolio de la banda. Para que la banda dure se nutre de nuestra energía. Ellos lo dicen siempre: les gusta hacer lo que hacen, no imaginan su vida sin la banda. Es cierto. Pero para activarse necesitan de un combustible. Y esa fuerza que le da vigencia a los Stone proviene de nuestros cuerpos. Richard lo explico varias veces: siguen porque saben lo que nos generan. Circularidad que apreciamos en los recitales: de la banda se reían todo el tiempo, se miraban sorprendidos, Jagger agitando con cualquier cosa que le tiren, y nosotros ahí abajo, disfrutando de todo.

Leer a los Stone como algo intacto, simple formalidad joven, dando valor de por si a estar flaco, moverse, no es el balance que queremos hacer. Menos todavía negar nuestra parte en la banda. Si llegaron hasta acá, es porque algo nosotros también les provocamos para que arranquen otra vez y sigan durando.

Pos recitales, con este cosquilleo que nos quedo en los nervios, pedimos que vuelvan. Que sigan tocando. 200 años más. Pero también los Stone son una imagen de vida. La postura de cómo morir implica una postura de cómo vivir. Una de las imágenes que dio el rock fue la de vida intensa y muerte joven. Que importa vivir mucho si se vive muerto. Fue una opción. Los Stone proponen durar en lo contemporáneo. Trabajar por ser nosotros mismos. Subsumir la existencia en hacerse vigentes. Nos pregunto: ¿cómo ser hoy contemporáneos de nosotros mismos? ¿Aceptamos de una el mandato de que hay que vivir para generar guita, de entregar casi todo el tiempo y la energía al laburo? ¿Cómo construir una duración propia y darle vigencia? Preguntas que se van armando en esta nausea del pos La Plata. Legado pedagógico de sus majestades en esta visita.

lunes, 8 de febrero de 2016

Ovación



No me acuerdo porque número de tema iban -me parece que un poco antes de la mitad-. Jagger se dispone a conducir uno de los tradicionales ritos del recital: las presentaciones de los integrantes de la banda. Van pasando, uno por uno. Arranca con Woods. Termina con Richards.

Y ahí el estadio explota: “oleeeee, olee, olee, olee, Riiichaaaard, Riiichaaaard…”.Una vez y otra vez. El tipo emocionado dice “tankiu, tankiu”. Una segunda ola de voces: “oleeeee, olee, olee, olee, Riiichaaaard, Riiichaaaard…”.

Ahí Keith dice algo que no lo entiendo porque no sé inglés, pero también mueve los brazos, se tira para atrás con todo el cuerpo; queda claro que una electricidad lo desestabiliza y afirma un “no sé qué decirles… esto es demasiado”.

La de Richard fue la ovación mas intensa, pero ya de por si la ovación es una intensidad del lenguaje. Una ovación no es una aprobación, por más fervorosa que sea.

Que nosotros estiremos el cántico por Richard, que lo hagamos cada vez más fuerte quemando la garganta, rebotando a full y rompiéndose las manos con aplausos, dio lugar a una avalancha musical sobre el escenario con un cuerpo cada vez más fibroso que abrazaba fuerte a Richard –cada vez más fuerte- y le decía que lo quería.

Si el silencio profundo, poblado de sensibilidad, es un recalcular minucioso de nuestra existencia; si el grito como desesperación es la expresión de un rechazo salvaje a lo que nos resulta insoportable, la ovación es un agradecimiento que evidencia un estado de nuestras fuerzas y cuerpos de alegría extrema.

¿Qué se agradece? ¿Por qué? Difícil saberlo sin una arquelogía de nuestras vidas. Pero por ahora algo ya sabemos: no se trata de una aprobación mundana. A partir de lo que ya somos, algo nos generó esa figura al nivel de nuestra anatomía existencial, que nos empuja a una afectividad inmensa como agradecimiento que se plasmó en la conformación de un gran cuerpo en el campo que generaba un mensaje al calor de una pasión multitudinaria. 

Lo cual fue recíproco: Richard no respondió con gestos y palabras extraídas de un repertorio ya definido por una cortesía de costumbre, sino que no sabe qué decir, se le quiebra la voz… está superado. Hizo masa y se conecto a full con la ovación. Situación que no lo idolatra sino que lo deja a la estatura de cualquier mortal: desarmado en su desnudez emotiva.  


Mensajes que no se miden por su complejidad discursiva. Para nada. No importa que parezcan simples -sabemos nunca faltaron los que denigraron el “ole” por cavernoso…-. Ya lo dijimos: en la ovación encontramos su lógica en hacer temblar nuestros cuerpos dejando salir en nombre de los detalles más íntimos de nuestro devenir histórico, de lo más verdadero de nuestra existencia, un gracias eterno. 

sábado, 23 de enero de 2016

Mercados afectivos: contra la crítica ortiba y el peligro del vicio en el juego

















 1-               La crítica ortiba

Las multitudes que juegan en Argentina se explican por mutaciones en las posibilidades de ingresos de los últimos años: bolsillos suculentos bancan la joda. Dinero líquido, porque a los bingos se va con efectivo; ahí no hay tarjeta que valga. Hay miles de estrategias para capitalizarse, pero todas terminan con el mismo final: papeles de colores en las manos.

Primera mutación entonces: mayor flujo de guita. Pero hay otro cambio que hay que atender: el derrumbe del ascetismo. No importa gastar plata para jugar. No hay culpa. Apostar en las salas es la caída del último bastión de una cultura del ahorro y canuta para los gastos. Porque se puede gastar en diferentes tipos de consumo, pero jugar… es casi como tirar la plata. Más todavía si las salas están diseminadas por todos los centros urbanos y ya no se limitan a enclaves turísticos. Se potencia la frecuencia del juego; en Argentina son muchos los que juegan, y varias veces (ver: http://www.losutil.blogspot.com.ar/2015/02/tranquilossolos-y-entretenidos-un.html)

Más allá de estos cambios éticos que mencionamos, ante la mirada negativa que recae sobre la timba generalmente, se entiende que muchos jugadores sientan algo de vergüenza. Jugar todavía tiene algo de tabú. Vemos según los días y horarios –en la semana por las mañanas y las tardes por ejemplo- a la gente entrar y salir rápido de las salas, o cuando fuman en la calle se ponen de espaldas por si alguien que pasa les ficha las caras. Un culto a la intimidad y lo clandestino.

El rechazo al juego se dibuja en diferentes direcciones. Por un lado, una crítica a la racionalidad y capacidad operativa de la gente en el manejo de sus presupuestos: se malgastan los ingresos en vez de cubrir otras necesidades de primer orden. Otro punto es la crítica a la desintegración social: la timba empuja a las peleas familiares, desinterés por el trabajo, enfermedades mentales. Por último, la critica moral: las recaudaciones de las apuestas en las salas son parte de un financiamiento espurio de la política.

Discursos que emanan de iglesias y doctrinas diversas, funcionarios y organizaciones sociales, intelectuales ilustrados, y muchos laburantes también.  Se busca un bloqueo del deseo por jugar. O al menos una merma: muchos no reniegan de la timba binguera, pero sí de su intensidad; disponible a todo momento y lugar, se convierte en una tentación difícil de escapar.


 2-               El peligro del vicio

Ante esta mirada bardera muchos jugadores nos explican que su gasto es igual que cualquier otro: comprarse un pantalón o ir a comer afuera. No hay culpa. Pero sí una responsabilidad estratégica: no gastar de más. Jugar es una pérdida de dinero controlada en el marco de un presupuesto ya establecido como posibilidad de entretenimiento.

Pero cuando esta responsabilidad falla hay una culpa muy fuerte. No por gastar, sino por no controlarse. Gastar de más es a lo sumo un problema de gestión, pero gastar sin pensarlo es un drama que pone en jaque la estructura personal de quien juega. Los jugadores –no los que van a jugar de vez en cuando, sino los apasionados por la timba- reivindican ir a las salas pero siempre sobrevuela sobre sus cabezas un miedo crónico, casi un terror: el vicio.

El jugar moviliza pasiones intensas que se definen en diferentes umbrales. De un jugar tranqui, se pasa a otro escalón de episodios momentáneos  de un rapto voraz –fugar a la casa a buscar más efectivo, mandarse a sacar guita de un cajero-. Pero llegado el caso se ingresa a un remolino donde el deseo indómito se hace costumbre. De eso hablamos: la costumbre de jugar que antes era un hábito más, ahora es la vida misma. Se vive para jugar.  Por eso es una experiencia patológica: se pierde la capacidad de reconfigurar la propia existencia viéndose arrasado por una intensidad que no se puede controlar y se padece como negativa.

Hay controles para ese secuestro anímico constante. El típico es el trípode que ofrecen las propias casas de juego y el sistema médico oficial: medicación, y atención sicológica individual y grupal. Al margen de que los jugadores acudan o no a este tridente terapéutico, existe el mecanismo de la autoexclusión. El propio apostador pide que no lo dejen ingresar a las salas. Entrega una serie de fotos personales para que las cámaras del bingo en caso de que lo registren entrando, lo echen. Pero muchos jugadores buscan evadir el sistema autoimpuesto: usan pelucas, anteojos negros, o se tapan la cara con un diario. Somos testigos de la lucha interna de querer algo que no se quiere querer, pero que sin embargo se ama.


 3- Ingresos y gastos no declarados.

¿Cómo entender las derivas del deseo sin caer en el discurso ortiba ni tampoco ser indiferentes al tema del vicio?

Hay una dimensión que no se calcula cuando se concibe el acto timbero. Jugar no se limita a gastar dinero con sus respectivas pérdidas ganancias. Hablamos de gastos e ingresos no declarados. Estos movimientos son los más importantes -y los menos visibles-. ¿Qué queremos decir? Que nuestra existencia se explica por un intercambio de experiencias con el mundo. Somos el devenir de ese intercambio. En ese comercio a veces ganamos en capacidad de acción, y otras perdemos. Las derivas de esa economía política y afectiva explican la otra, la de jugar. Las fuerzas que se despliegan y sus diversas dinámicas en el mercado existencial que nos definen, son las que brindan valor estratégico a la acción de apostar.

El discurso ortiba es miope a estas experiencias. Por ejemplo: si una mujer sale del laburo y no va para la casa sino para el bingo, además de las chirolas que ponga en la sala, hay que ver como tensiona todo un abanico de expectativas familiares que la agobian. Más allá que gane o pierda apostando, su gasto permite un ingreso que abre su autonomía como persona y le genera una bocha de ganancia en tanto fortalecimiento de sus estrategias vitales.

El vicio tapa ese intercambio también. El vicio implica un gasto de billete importante; mucho para el que tiene, mucho para el que no tiene. El gasto no es apostar banda en poco tiempo, sino hay otras pérdidas a considerar: mutar en un fantasma. El precio por jugar son los billetes que pone en la máquina, pero también las personas que ya no le creen y le tienen bronca por haberles mentido mil veces o robarles sus objetos y empeñarlos (ver http://www.losutil.blogspot.com.ar/2015/09/juego-y-lenguaje-una-aproximacion-al.html). Un paria sin dinero, propiedad, ni amistades. Incluso puede sufrir desde agresiones en su cuerpo hasta el caso de perder la vida, sea por prestamistas calientes por deudas impagas hasta suicidios producto de la desesperación de sentirse en el abismo (garpando así un precio total, la pérdida radical de su propia existencia y todas sus posibilidades de vida).

Al mismo tiempo muchas pérdidas pueden tornarse en ganancias. Momentos jodidos para el apostador devenido en vicioso donde su sensibilidad se endurece y forja un espíritu aguerrido que se banca la intemperie. Un autogerenciamiento como fuerza y capacidad de regeneración luego de quedar tirado que no despreciaría. Despliegue de una terapéutica propia, la mayoría de las veces al margen de las estrategias médicas oficiales.

No olvidemos una pérdida fatal: hay casos donde si alguien se desplaza un margen del vicio por doblegar sus pulsiones, se activa un efecto disciplinador muy fuerte que genera una repulsión al deseo de jugar. Como en la “Naranja mecánica” de Kubrik donde el protagonista luego de una serie de torturas al escuchar a Beethoven ahora enloquece cuando antes lo fascinaba, ocurre igual con el jugador: odia y siente culpa por aquello que más amaba.

En este punto se encuentra la crítica al relato ortiba y al vicio: nadie niega la explosión del deseo como estrategia que padece el jugador, pero jugar es una pasión genuina que nadie puede moralizar. Es un problema el vicio para los jugadores, es cierto; pero dejar de jugar también.


 4-               Mercado erótico y las series del deseo

Decíamos: el deseo es estratégico. Para comprender esa estrategia hay que reconocer la economía erótica de sus movimientos y los diferentes balances de ingresos y gastos que se efectúan, nutriendo o dejando anémicas según el caso diferentes valoraciones de la vida. Movimientos que se dan en diversas series: por un lado la propia sala de juego; por otro los diferentes ámbitos de nuestra vida –laburo, pareja, barrio-; y el funcionamiento de la sociedad en general. Series organizadas en tendencias comunes, calcificadas en espacios y temporalidades precisas, formas de estar con los demás y con uno mismo, por las cuales no deja de haber transformaciones e impasses varios.

La hibridez de estas series y su interconexión nos imponen ambivalencias como las siguientes: un cuerpo fundido por el traqueteo diario, apuesta, pierde una buena moneda, pero pierde existencialmente en tanto se somete a todo un sistema de entretenimiento que opera como un pasaje más de su rutina sin problematizar sus condiciones de vida. Pero también al jugar puede perder una buena moneda, pero gana en una tanto absorber toda una energía indispensable para vivir, y por qué no, un posible insumo para afrontar secuencias en su barrio, laburo, o experiencias políticas vinculadas con la gestión estatal de la vida, e incluso de antagonizar con la organización del bingo y las formas de apostar.

Mas allá del escenario específico del juego y las salas, no tiene sentido bancar de una el congelamiento de los pulsos deseantes de una vida ortiba, ni el agite del derroche como vida boba. En el mapa que trazan los diferentes mercados eróticos en todos sus recovecos y vasos comunicantes, debemos sondear para descubrir nuevas valorizaciones de la vida, buscando apropiaciones copadas, mecanismos de fortalecimiento de esos estados en situación más embrionaria, y no de razonamientos formales como premisas desvitalizadas que intentan luego pasar a una acción que se presume rebelde.


miércoles, 16 de diciembre de 2015

Entre llorar y poner huevo
Balance político del triunfo de Angelici



















1- idolatrías

“¡Oh gran astro! ¡Qué sería de tu felicidad si no tuvieras aquellos a quienes iluminas!” (Nietzsche)


Hace una semana que Daniel Angelici fue reelegido presi de Boca.
Cuando quedamos eliminados por la copa escritorio mediante, las chances de que el Tano siga en el club eran remotas. Algunos decían “le queda la de Tévez”. El plan era que vuelva Carlitos y ganar el campeonato –donde veníamos bien arriba-. Era la última jugada, el tiro al pichón.

Y le salió: volvió Carlitos, ganamos dos torneos, y Angelici fue el dueño de las elecciones por más de diez puntos en una votación récord para nosotros los bosteros y todo el fútbol argentino.

Es cierto que hubo mucho rosqueo con peñas, denuncias de carnet truchos, padrones adulterados, aprietes durante la jornada electoral, que si los opositores iban juntos ganaban porque sacaron más votos que Angelici, pero hay algo que es innegable: el triunfo del tano es legítimo. Y mucha de la fibra de esa legitimidad radica en la figura de Tévez. Capaz más que el campeonato. La cuestión es esta: ¿Por qué Carlitos apoyás a Angelici?

Tévez intervino en su propia imagen. Sabe lo que representa y lo hizo jugar estratégicamente. El mismo Tévez ubicó a Angelici como el motivo de su vuelta. Desde que bajo del avión, puso al Tano en un altar. Que “quiero que siga”; que “fue él que me trajo”, todos berretines que dispararon las acciones emotivas del presi.

El carisma no se transmite, afirma una ley sociológica. Tévez por voluntad no puede donar a otra persona todo el amor que le tenemos. Pero sí puede compartirlo. Ser causa de la presencia de lo que amamos nos hace querer esa causa. Esa es la mecánica. Si estamos contentos por la vuelta de Tévez y el propio ídolo nos dice que lo trajo Angelici, ¿Cómo no quererlo al presi? O al menos ¿Cómo no putearlo tanto…?

Hay una dicotomía que buscamos erradicar del imaginario futbolero. La que por un lado sentencia que los ídolos son importantes pero que exceden lo institucional. Nadie los deja de reconocer, pero el club y sus diferentes símbolos como la camiseta, el escudo, la cancha, son siempre más importantes. La otra es que los ídolos no pueden participar en política, que son algo sagrado y que no deben ensuciarse en el fragor partidario.

Primero: nosotros decimos que los ídolos son tanto una institución en sí misma, como parte de la institución Mundo-Boca, colaborando a su expansión. No se puede negar: expresan un valor. El crecimiento de lo que somos muchas veces depende de ellos. Nadie subsume el club a los ídolos, pero si somos de los equipos más grandes del mundo es gracias a varios jugadores… Segundo: también afirmamos que en su andar institucional los ídolos hacen política siempre: en cómo se relacionan con diversos actores del mundillo futbolero -periodistas, entrenadores, dirigentes, nosotros los hinchas, empresarios- en las formas de concebir el juego, los entrenamientos… Todas estrategias que conciben y encaran lo real de alguna manera, lo cual es necesariamente político. Por eso ¿por qué es una herejía que un ídolo se meta en la vida partidaria o la que sea?

Ahora se entiende por qué la pregunta sobre el apoyo de  Carlitos a Angelici no es moral sino estratégica. Dispara el asombro que Tévez esté dando tanta cabida a un presidente que fue el más ortiva y anti Boca de la historia. Mientras el día de su presentación Carlitos se postraba ante la Doce y besaba el suelo de la Bombonera como un manto sagrado, Angelici en plena campaña prometía una cancha nueva y que la Bombo quedaría para recitales y partidos de tenis…

Carlitos es pura pertenencia que queda plasmada en su renuncia al dinero y los huevos que mete -sabe que es recontra bancado y es el que más corre-. Pero contribuye  a que todo el sentimiento que genera se proyecte en un símbolo de exclusión como Angelici. Un tipo que en la despedida de Battaglia era puteado por todos lados, a los pocos meses gana cómodo las elecciones. El Tano como símbolo de un gobierno anti popular genera una fuerte identificación popular. Macrismo puro.

Algo importante: Tévez es símbolo por que antes es deseo. Representa algo importante porque antes hay parámetros afectivos que valorizan la vida de una manera especial. Para que ese amor surge se dieron miles de acontecimientos que hacen masa con su figura y permite activar semejante idolatría. Tévez es Tévez porque nuestra vida está futbolizada bajo determinados principios de lo popular, la simpatía, el sacrificio, el talento, el dinero, la política, el éxito…. Por eso ese amor es producto de nosotros también. Los ídolos y nosotros los hinchas somos lo que somos por consecuencia de una complicidad afectiva; somos parte de ellos, ellos son parte nuestra. Circulación sensible que es siempre terreno en disputa. En esa lucha perdimos. Si negamos esto, estamos llorando.


 2- Llorar y Poner huevo 

"Es sorprendente que un club de fútbol te lleve a ser presidente, más allá de que, después de haberse ido, debe de haber hecho las cosas bien. Creo que Boca lo ha ayudado mucho y nosotros contribuimos bastante, así que lo menos que puede hacer es pagar un asado". (Román)


La pregunta  ¿por qué Carlitos apoyas a Angelici? está equivocada. No va. ¿El triunfo del tano depende exclusivamente de lo que haga Carlitos? ¿Lo que hacemos nosotros, depende exclusivamente de lo que haga Carlitos? Si encaramos la cosa así estamos mal. No hay tiempo de lamentos por lo que haga o no un ídolo. Es una pregunta de llorón.

Ser llorón es un enunciado futbolero imprescindible. Definimos llorar como un tipo de crítica que se entiende a partir de un tridente conceptual: padecer un  malestar negativo, sea tristeza, bronca; ser tomado de sorpresa por la situación, no verla venir; proyectar las causas del hecho en cualquier factor sin percibir el rol que cumple la propia existencia.  

Desde la lógica del juego, se llora cuando un equipo pierde y se queja por la táctica del rival que cubrió el arco con dos micros, del árbitro que fue un desastre, del mal estado de la cancha, o putea a la mala suerte.

Lo potente de llorar: es un tipo de crítica. No banca agilado ni tampoco reniega pero en silencio, chupando amargura. Tiene algo de agite. ¿Lo reactivo? Que llorar nace de una  percepción embotada, de una impotencia para elaborar malestares, y una negación de las fuerzas propias. Esto último es lo que más nos interesa: criticar la exterioridad que impone el llorón entre su ser y el escenario que lo afecta. Nosotros pensamos que todo lo que ocurre es un emergente. La combustión de la mezcla de una multiplicidad de fuerzas que según como se combinen, así irrumpen. Y nosotros somos parte de esa mezcla. A veces más condicionados, otras más activos. Pero siempre presentes.

Der ahí que patalear que el Tano ganó por el apoyo de Carlitos, es de llorón. ¿Qué hicimos y que no hicimos nosotros para que gane Angelici? ¿Qué hicimos nosotros para apropiarnos de Tévez, más allá de las operaciones de Angelici, e incluso, del propio Tévez? Se abre el desafío de pensar como intervenir en el símbolo Tevéz como ídolo, pero también como accionar sobre ese terreno futbolizado que genera valoraciones afectivas sobre la guita, el éxito, el juego, agitar, y entre otras cosas más, las idolatrías (entenderlos como una institución en sí mismos y que son siempre políticos, es parte del asunto).

Reflexiones sobre los ídolos que se esparcen por otros ámbitos de nuestra vida social: Carlitos haciendo publicidades para Danonino contribuyendo a  la medicalización del cansancio sin problematizar el muleo cotidiano.

Y olvidándonos de Carlitos, la futbolización y la mística xeneize repercuten en la rosada. Macri se junta con Evo Morales a jugar un picadito. Mauri con la azul y oro. Le regala una a Evo, que chocho se la lleva. Dos matrices políticas antagónicas pero unidos por la futbolización.  Desde ahí arman una imagen para los demás en términos de diálogo y encuentro. Imagen que expresa una sincera filiación común en medio de tantas diferencias; el racismo macrista, el Indomaricano y la inmigración descontrolada con sus muertos, quedan fuera de plano y copa la futbolización.

¿Nosotros que hacemos desde la misma futbolización? Uno de los principales mandamientos de la mística bostera es poner huevo. Poner huevo como lo opuesto a llorar. Poner huevo no como un voluntarismo cabeza de tacho que piensa que con la simple intención se modifican nuestras condiciones de vida. Poner huevo como intensidad para percibir nuestras situaciones, investigar y hacernos preguntas, generar vínculos y ganar en poder. En este sentido Carlitos es una inspiración de agite: meter a fondo en cada jugada, con bocha de partidos en el lomo y bastante machacado. Eso es poner huevo: fuerza e inteligencia para organizarnos en las coyunturas jodidas y expandirnos para delante.


Repetimos: nadie niega de una el llorar.  Es una forma de critica que ayuda a no estar sedados o indiferentes; menos brindando legitimidad. Pero si no reconocemos nuestra propia existencia como presencia activa permitimos que las fuerzas que nos afectan ganen en espacio y avancen. Si hay umbrales afectivos que se calcifican y ganan relevancia por estos días tanto en Boca como en la coyuntura nacional –exitismo, culto a la eficiencia económica, chetaje,- es porque otras luchas fueron congelándose y poniéndose rancias. Por eso bancamos las críticas que intensifican nuestra potencia de actuar, el poner huevo; si merecemos lo que tenemos es porque lo conquistamos y cuando está en riesgo lo podemos defender. Nada más.

lunes, 21 de septiembre de 2015

Juego y lenguaje

Una aproximación al concepto de Vendehumo




1-  Estrategia

Vender humo es estrategia pura. Se sabe lo que se hace; se sabe lo que se busca.  El vende humo no es el bipolar o el colgado: dice una cosa y hace otra pero no porque cambió de opinión o se olvidó; sabe desde un principio que no dice la verdad. Se vende humo por que según las malas lenguas, jugar no es bueno; nadie va a dar crédito a un jugador. Hasta muchos de ustedes los jugadores ven mal, por ejemplo, pedir plata para jugar (“los vicios se los banca uno”).

Los jugadores venden humo para dotarse de toda una serie de posibilidades que su rutina inmediata no se los brinda. Jugadores a los cuales le quedaron flacos los bolsillos este mes y tiene que salir a vender humo para conseguir recursos y seguir jugando; jugadores que tienen que rendir cuentas por los horarios en diversos ámbitos de su vida –su casa, un trabajo- y venden humo para estirar el tiempo; jugadores que necesitan aplazar la entrega de dinero adeudado a una persona de confianza que lo reclama–familiar, amigo, compañero de trabajo, vecino- o eventualmente de un grupo de prestamistas que lo vienen acosando, requiere vender humo; en algunos casos, donde ya el jugador no es de fiar, terciariza la venta de humo en otras personas que supuestamente están en condiciones de trasferir una dosis de confianza a los demás.

En conclusión: vender humo permite una capitalización de la potencia del jugador en recursos económicos, tiempo; bancar las condiciones de acceso y permanencia al bingo; por último, una fuga para delante de situaciones complicadas.


 2-  El signo como entidad humeante

¿Qué significa que la palabra sea humeante? Que se habla de algo que no existe. No hay correspondencia entre lo que se dice y lo que pasa. El humo no existe: es algo que está ahí, se ve, pero si te acercás y lo tocás un poco, se esfuma. Pura forma, nada de contenido.

En verdad, no es que no exista, porque si no, no convencería a nadie. Algo es. ¿Qué es? En primer lugar, puede que el humo tome elementos de la realidad, pero exagerados y distribuidos astutamente (cuando digo realidad, hablo de la consonancia entre el conjunto de casilleros perceptivos y las cosas que se adaptan a ellos ya previamente etiquetadas performativamente por los mismos).

Pero apunto a otra cosa. Cuando decimos humo hablamos de la potencia de las palabras. La hibridez del humo es la capacidad creadora de la lengua puesto en acción. La palabra no es solo estado sino proceso que hace nuevas formas. Desde la rutina concreta del jugador, gracias al accionar humeante de las palabras, se desplaza su existencia hacia otra coyuntura.

Una última cuestión: la relación que entabla el vende humo con la tecnología. La tecnología permite desligar la relación en vivo, de un territorio compartido cara a cara, reemplazándolo por un terreno virtual. ¿Quién sabe si lo que expone el montaje es lo que da cuenta ser? Me comentaba un laburante de un bingo que con los compañeros de la caja se reían de cómo había gente que llamaba a la casa por teléfono y decía que estaba complicado con el tránsito, de que le habían robado y estaba en retrasado en la comisaria, que había quedado en medio de un accidente y estaba ayudando… Esta multiplicación de la presencia y lo incomprobable de su enunciado, beneficia la estrategia humeante. No hay dudas. Pero todo expresa sus límites: exceptuando el timbre de la voz en un llamado, la redacción de un mensaje, el vende humo pierde la referencia de la gestualidad de sui interlocutor, nublando la chance de saber cómo se recibe su creación: si es creída o no, si hay que ajustar alguna pieza de su humeante discurso o dejar todo tal cual… 

El acto de vender humo deja en evidencia que el lenguaje es un medio para fabricar sentido en el marco de una estrategia. Se desborda cualquier dualismo o centralidad totalizante que proyecte valoraciones linealmente; sentimientos o ideas, presencia virtual o real, formato lingüístico o imaginal; todo es parte del mismo continente: vender humo.


 3-  Los dotes del vende humo

La eficacia de la palabra no depende de ella misma exclusivamente. Vender humo necesita de ciertos dotes. Acá van algunos…

Carisma y seducción. El vende humo es simpatía pura. Gran facilidad para llamar la atención e ir tejiendo una buena onda que le permita caer bien. Si cae bien, la repercusión de sus palabras ganan en su valor de veracidad.

Ser astuto. Saber que piensa el otro y por donde hay que entrarle; entender qué decir en el momento justo y dar un golpe si es necesario pero sin exagerar; estar atento al mínimo pliegue de una arruga y todo aquello que pueda indicar la más mínima desconfianza. El vende humo: un maestro en la traducción anímica de un rostro.

Imaginación. Vender humo requiere de una gran capacidad narrativa. El concepto maradoniano de “Tocuen” -cuento- viene en cuestión. Crear personajes, tramas, desenlaces de una historia, no es nada fácil. Mucho menos replantear los términos de la historia ante bruscos cambios de panorama o lo irrupción de reproches inesperados.   

Audacia. No tener vergüenza –como muchas veces le achacan-. Ser lanzado y mandarse a tocar el timbre de un vecino, encarar a un jefe o amigos de la pareja… Seamos sinceros, son movidas que apichonan a cualquiera. Pero el ansia de jugar lo puede todo. Por eso, vender humo en muchas ocasiones expresa un coraje casi heroico, un triunfo contra las inhibiciones de la culpa provocadas por la coerción social.

Los dotes del vende humo hacen al juego; al vender humo, ya se juega. Enfrentarse a obstáculos, imaginar posibles fantasías, tonos de voz y gestos, quienes serán las víctimas de turno, victimas factibles de convencer… Ya hay todo un mundo de sensaciones y habilidades puestas en marcha que es imposible que la pensemos por fuera del acto de jugar. Para el jugador vicioso, donde ser vende humo se transforma en una máscara indispensable, toda la ciudad se trasforma en un bingo. El bingo para el vicioso es una sala dentro de ese gran casino que es ahora todo su mundo.


 4-  Intercambio y reglas de eficacia

Las palabras humeantes expresan un valor. Mejor dicho, un doble valor: por un lado son pura potencia, cosas con las cuales se hacen otras cosas –capitalizarse en tiempo, billetes-. Por otro lado, las palabras valen si son confiables. Si no son de fiar no sirven porque no permiten que fluya su otro valor: crear nuevas dimensiones prácticas.

Explotar la potencia productiva y la confianza de las palabras es multiplicar otros capitales del jugador. Esta explotación se da en el marco de un intercambio. Intercambio que arma sus posiciones y sus tasas de beneficio correspondientes en el marco de la arena social. Cada persona que vende humo ocupa una trinchera en la lucha de clases, géneros, y generaciones. Sus estrategias debemos valorarlas y entenderlas en este contexto. Sabemos que  para el vende humo el otro es un medio para conseguir lo que necesita, indiferente por su devenir mientras él consiga lo que busca. Indiferencia que se juega en dos planos. El primero: un extractivismo que esconde los términos del pacto; la guita nunca va a volver y se usa para jugar. El segundo: un desplazamiento de un agobio producto de una relación opresiva; el caso de muchas mujeres adultas sin dinero y/o tiempos que deben marcar tarjeta con sus parejas. No quedan dudas: toda venta de humo se juega valorativamente en clave estratégica, irradiando diferentes sentidos según corresponda.

Vender humo es una práctica que se rige por reglas de eficacia muy claras. La palabra como humo es un capital donde su valor radica en que multiplica otros capitales; que no merme su valor como creencia se torna un objetivo imprescindible.

Algunas leyes rigen los principios de la estrategia humeante.

Serán más bajas sus posibilidades de éxito cuanto menos creíble suene y cuando su situación sea más complicada y más sacrificios se demande al que se busca engatusar. Será más favorecido en cambio cuando su confianza esté en alza y el escenario lo beneficie y no perjudique tanto a quien es demandado.

El vende humo debe luchar contra las exceptivas de los demás, muchas de ellas estereotipadas. No es lo mismo un flaco que laburó todo el día en un taller que se manda a jugar con las manos y la ropa llena de aceite, que un médico; no es lo mismo una mujer grande con aires de señora, que una con pinta de gato. Básicamente cuando se busca vender humo a personas que no forman parte de los anillos de conocimiento cotidiano, esta lucha contra las clasificaciones establecidas es un punto a considerar sobre el capital de confianza que posee cada uno.

Pero las estrategias del vende humo son tan plásticas que son capaces de traficar como positivo un prejuicio negativo. Una mujer bien puesta que se presenta en un kiosco llorando porque le robaron y no tiene plata para pagarse un remís, o que va a tocarle el timbre a un vecino para pedir por un remedio carísimo que es imprescindible para su hijo, aprovecha su imagen y la explota hábilmente. Ante la representación de que una mujer es buena y honesta, la jugadora se aprovecha de esa confianza y la traduce en dinero para jugar o volverse a su casa después del bingo porque efectivamente se quedo sin nada y puso todo en las máquinas.

La creencia en las palabras se expresa en intereses: si es baja más esfuerzas tendrá que hace el vende humo, y si es alta, menos intensidad tendrá que ponerle. De ahí que el humo exprese una densidad; en algunos casos la mentira es más gruesa, en otros no tanta; en algunas casos se necesita tirar con todo y golpear fuerte la sensibilidad del posible comprador ante su evidente indiferencia, como en otras situaciones, se confía ciegamente. El vende humo sabe cómo moverse: es un artista inspirado, un artesano de mitologías; pero también es un cirujano, un mariscal de la palabra.

Además de los vaivenes de la confianza y cómo el vende humo retuerce su imagen pública en diferentes coyunturas, es importante considerar qué tipo de sacrificios pide el jugador humeante; podrá haber mucha confianza de antemano, pero si se pide en cantidad difícil que se lo den. La magnitud del monto luckeado es una variable fundamental. A un vendehumo capaz que ya nadie le cree, su humo ya no es vendible, pero le tiran una limosna. Se sabe que la moneda que pide no es para la que dice, ya varios lo junan, pero igual se la dan –para sacarse un denso de encima o por que le tienen lástima-. Pero al momento que se manguee demasiado, difícil que se le suelte chirola alguna.


5-  Fantasmas: entre la potencia y el estado
Al vender humo somos nuestra obra. Y cuanto más ocupe un lugar central en nuestra existencia el acto de vender humo, más todavía nuestra vida será nuestra obra. Vender humo: un acto de pura autoreflexibidad. Cálculo de qué somos y qué necesitamos, cómo nos mostramos e interpelamos a los demás. Hay una distancia donde el vende humo sabe que lo que dice no es cierto. Requiere de múltiples memorias para recordar qué dijo en qué momento, a quien, por qué motivo, que prometió… El recuerdo es un gran barullo si no se sabe ordenar. Clasificación que es bastante cansadora por cierto. A propósito, se abre una pregunta ¿Habrá veces que nos vendemos humo a nosotros mismos? ¿Hasta qué punto estos mundos imaginarios que abrimos no nos terminamos creyendo que somos eso que decimos que somos?

Pero además de la mentira como falsificación hay algo más importante que les pido tengamos en cuenta: no podemos naturalizar las condiciones de emergencia del vender humo. Quiero decir que no alcanza con saber que lo que decimos no es cierto, sino que las propias condiciones de veracidad de lo que expresamos y hacemos ya de por si se edifican en una ficción.  La crítica del vende humo no radica en soplar la espuma de sus palabras para que surja la verdad de lo que somos. Mas allá de que nos envuelva o no el humo que vendemos, nuestra constitución como deseo y devenir desbordan ser vendedores de humo. Vender humo es una forma de ser y estar en las ciudades que según la hipótesis que sostenemos en estas líneas, hoy se torna indispensable. Una forma que fue constituida y que puede desaparecer si mutan sus condiciones de posibilidad.

Se abre una paradoja: más encerrado en la ficción de ser un vende humo, más se petrifica en el estado en el cual nos fijamos actualmente. La situación extrema de lo que les comento es una persona carcomida por el vicio de jugar y que hace del acto de vender humo un dispositivo central de su vida. Vender humo como estrategia queda por fuera de toda moral, en especial en una situación de vicio. Se devora lo que sea, no importa nada. Pero hay un mandamiento que queda en pie a rajatabla, imposible transgredir: jugar. Convertido en una aspiradora de recursos y buscando sostener un mundo ficticio cada vez más evidente, ya nadie les cree. Explota lealtades y confianzas de relaciones cercanas, sea familiares, amistosas, laborales. Detona relaciones en mil pedazos, implosiona todo. Su palabra pierde todo valor. Y una persona a la cual no se le puede dar ningún valor a lo que dice, es un paria. Al evaporarse la confianza, ya nadie le da ninguna entidad. Alguien arrojado a la descreencia total se trasforma en un fantasma. Ser fantasma es un estado de latencia, puro proyecto que no se proyecta en multiplicidad de vida sino en un estado fijo, de jugador, lo que casualmente lo hace fantasma. Es pero no es. Una presencia sin ser.

Este estado fantasmático es una potencia encerrada en lo mismo. En lo mismo es una aspiradora de dinero y fijación en una autogestión frenética donde el jugador es jugador y nada más. Todas sus actividades vitales se encolumnan tras el acto de jugar. Pero es potencia. La fuerza de armar mediante la palabra humeante mundos ficticios rozando el delirio total, es una intensidad imposible de desconocer. Desde esta ambivalencia me pregunto por una liberación de esta potencia de su encierro en lo dado y por el desafío de armar otras experiencias: ¿Cómo liberar la energía humeante de la petrificación que la orienta una y otra vez al mismo lugar? Preguntas importantes porque pensar cómo opera la venta de humo en el juego nos permite obtener una radiografía que excede ese ámbito. Hoy por hoy, sin venta de humo, no hay economía ni vida urbana posible.




miércoles, 2 de septiembre de 2015

Salvarse

Algunas hipótesis sobre la guita, el laburo, y las utopías



Salvarse. Una palabra típica en nuestro léxico urbano. ¿Qué quiere decir salvarse? Salvarse es dar un golpe; algo que cae del cielo y no esperábamos. Salvarse es hacerla bien: abrazarse fuerte al acontecimiento y aprovechar el momento para dar con una buena moneda y pasarla bien. El estar bien es huir de obligaciones, responsabilidades-garrón, y permitir un gasto de bacán: autos, pilcha, casas, tecnología, viajes zarpados y giras suculentas… Salvarse, hacerla bien, estar bien: conceptos de una nueva teología contemporánea. Salvarse como una redención terrenal: aquí y ahora damos con el premio.

El que se salva es para toda la vida –y capaz que hasta a sus hijos y a sus nietos también les llega el derrame. O por un rato nomás; por eso hay que disfrutar del banquete ahora, a full, porque nadie sabe que depara lo que vendrá (la gira sea corta o larga, no deja de ser gira).

El que se salva la hace bien. Hacerla bien es aprovechar la pura suerte; estar en el lugar adecuado en el momento propicio. Pero también sabemos que para salvarse hay planificación. Sí, hay una carrera para salvarse. Andrea Rincón abandonada de pibita por la madre, se va de su casa por barullos jodidos con el viejo. Tirada por ahí, sueña con salvarse:

En cuanto a sus comienzos mostrando el cuerpo, Rincón reconoció que se inspiró en Wanda Nara: "En una de las tantas peleas que tuve con mi viejo me fui a vivir a una pensión. La pasaba como el culo. No tenía guita: para comer, revolvía los tachos de McDonald's. Un día la veo a Wanda Nara en la tele, que llega a una fábrica a hacer un strip tease para los empleados. Los negros gritaban… Estaban como locos. Y yo pensaba: '¡Qué patética es esta mina!'. Pero cuando sale de la fábrica sube a un Mini Cooper y dice: '¡Ahora les voy a mostrar mi casa!'. Y muestra un tremendo piso. Ahí me di cuenta de que tan tonta no era. Me fui a la pensión, me puse en pelotas y me miré al espejo: 'Yo soy más linda y más inteligente que esa mina'. Pero yo tenía una bicicleta playera y vivía en una pensión, mientras que ella andaba en un Mini Cooper". "Algunos se ponen un negocio, en cambio yo me pongo un cu… Ese va a ser mi kiosquito. ¡Y me voy a llenar de plata!"

      Atender estos kioscos es cada vez más común. En una escuela donde laburo en la sala de profesores hay un recorte de la revista Pronto con la foto de una ex alumna con poca ropa y en pose. “De acá no van a salir médicos, pero lo menos tenemos esto”, tira la profe.

Ni hablar que hablamos de carreras-embudos: muchos arrancan y poquitos llegan. ¿Qué hacer si se cae en el camino? Interrumpida la utopía de salvarse ¿cómo zafarla? Hay una figura que es prima del salvarse. El estar tranqui.  No se salvo pero está conforme. Se desplazó del casillero de mulo donde estaba; ahora está mejor… tranqui. Una forma de escalar en la pirámide del ascenso social: no golpea las puertas del cielo pero ganó en umbrales de tranquilidad. No es poco.

Pibes y pibas se meten a carreras donde la van a zafar. Al voleo, se me ocurren dos: docentes y policías. Permanencia, un sueldo más o menos digno, pocas horas… No se van a salvar pero tampoco van a estar tirados, ni muleando peor que otros, y menos todavía plegándose a otros laburos que darán buen billete pero son percibidos como peligrosos… Pregunta: ¿Qué pasa pos-ingreso a estos laburos con el correr del tiempo? ¿Cómo repercute la constatación de que no son tan copados como pintaban? ¿Cómo se elabora esa nausea?

El trabajo que implica aprovechar el evento que nos permite salvarnos muchas veces es medio garrón. Ausente de vocación, como sea, hay que salvarse (“vos engánchalo, el amor viene solo”, reza el consejo preferido de las botineras). Otros trabajos son vocación y al mismo tiempo nos salvan: futbolista, getona mediática.

Se nos hace necesario diferenciar entre el mulo y el soldado. Mulo es el que el carga con el peso del displacer de un deber sentido como obligado. Otra no queda, relincha por lo bajo. El soldado le pone huevo a una causa que le infla el pecho de sentido. Se banca todo por un sueño: salvarse. Y cuando se llega se pone más que nunca para aferrarse. El cálculo es muy simple: es ahora o nunca. No se sabe cuándo termina. Hay que meterle. ¿Quien dijo que no hay más cultura del esfuerzo?

Sumemos algo: durante un tiempo yirando perdidos, desorientados, sin saber para donde arrancar, el miedo de retornar a ese contexto empuja a soportar lo que sea con tal de aprovechar el viento de cola… Incluso la ética del salvarse es indiferente a transgredir o no la ley. No importa pasar de largo la barrera de la ley con tal de salvarse. Lo cual no implica ser un gil y que se diluya cualquier cálculo. No ser cabezón, hacerla bien, es una invitación a no ser desprolijo y caer bien parado.

Salvarse es consumismo al palo, hedonismo salvaje. Salvarse es una proyección del ego hasta las multitudes más extensas vía múltiples pantallas.  Salvarse también es robar tiempo a las tareas que nos permiten amasar un billete en la ciudad. Y en este modo bancamos el salvarse. Salvarse –al menos por un rato- nos permite ganar en tiempo libre. Le soplamos una dosis de temporalidad al laburo y lo reconducimos en términos de nuestra propia duración como seres. ¿Cómo aprovechar ese momento? ¿Qué se despliega en ese hueco que abrimos? ¿Con qué preguntas sobre nuestras condiciones de existencia poblamos ese rato conquistado? Sin la quemazón de cabeza, cargados de chirolas en el bolsillo, salvarse para nosotros no es una meta como idea de felicidad, sino un escenario que nos potencia dándonos una bocanada de tiempo para recrearnos.