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martes, 30 de enero de 2018



Investigar la belleza: una lectura sobre “El Peregrino” de J. Baker





1-  Buscando la belleza

"Aquel fue mi primer peregrino. Desde entonces he visto muchos, pero ninguno que lo superase en velocidad y fuego. Durante diez años pasé todos mis inviernos buscando esa brillantez efusiva, la pasión y la violencia súbitas que los peregrinos arrebatan al cielo. Diez años me he pasado con la vista en lo alto esperando esa ancla que muerde las nubes, la ballesta que surca el aire."

Baker nos cuenta un acontecimiento: ver un halcón. Hay una aparición que resuena y que moviliza pasiones en su cuerpo. El vuelo del ave fue un martillazo que lo despertó de una vigilia desangelada para embriagarlo de una energía y una fuerza brutal.

A Baker lo activa la fascinación por lo bello. Belleza que no se define por un esquema invariable de rasgos estereotipados como una serie de propiedades estandarizadas a degustar. La belleza es una experiencia. Es un incendio de lo sensible y un viraje rotundo de nuestra constelación de emociones por el advenimiento de un poder desconocido. “El Peregrino” como investigación no nace de un plan ni de una voluntad: es la consecuencia de verse arrebatado por la presencia y el impacto de una energía conmovedora. En Baker la irrupción de una fuerza es el catalizador que enciende toda una máquina de pensamiento; sobre esta empatía se monta toda su investigación.

Hay algo de enamoramiento en el relato: un encuentro fugaz como una carambola que captura la sensibilidad más profunda de un cuerpo. Un cuerpo que si es poseído, si es conquistado en sus profundidades más íntimas, lo estaba esperando. Ya había algo en él que necesitaba de ese encuentro; palpitaba en secreto la invocación de aquello por venir. Moraleja: cuanto más convulsionantes sean nuestros encuentros, más los estábamos esperando.

Algo interesante: a Baker no lo mueve el sufrimiento como afección. El dolor tiene buena fama como fuente de conocimiento, como información que nos susurra que algo no anda bien y nos activa para reorganizarnos y salir para delante otra vez. La fascinación y la exaltación afectiva es un espectro para estas posturas. No las reconocen. Quedan limitadas a lo más oscuro de nuestra afectividad. Acá es diferente: se explora una conexión extática para expandirla, hacerla más grande y poderosa.

Todo cuerpo necesita investigar el estado de su fuerza; preguntarse por las afecciones que padece y por su capacidad de afectar aquello que lo afecta. Investigar no es un cúmulo de procedimientos y saberes especializados que pertenecen a un campo profesional en exclusiva. Para nada. Baker no es nadie: no es una estrella académica ni un best seller periodístico. Pero si desde la mirada oficial no es nadie, no deja de ser alguien. Un alguien que es todo; la expresión de una potencia común al resto: la de registrar, pensar y escribir. Cada página de "El peregrino" se justifica por la necesidad de investigar lo que embelesa los sentidos. Ese es su único respaldo. Nada más.


2-  Territorio

 "En mi diario de un solo invierno he intentado mantener la unidad, ligando el ave, el observador y el lugar que sostiene a ambos. Aunque todo lo que describo sucedió mientras lo observaba, no creo que con la observación honrada baste. Las emociones y el comportamiento del observador también son hechos y hay que registrarlos con fidelidad."

¿Qué investiga Baker? Un territorio. Un territorio como la conjunción de tres elementos: la naturaleza, los halcones y él. ¿Dónde se reúnen estos tres componentes? En la afectividad. Baker sigue el rastro de sus propios afectos. Ahí está la clave: no en los halcones, no en el bosque y el cielo, ni siquiera en él mismo. Sino en la mezcla que se percibe en el registro sensible de su cuerpo. Su propio cuerpo es el reservorio de una información que brota de la naturaleza, el halcón y su ser.

Al poner la afectividad como el alma del territorio, se hace todo vivo. El mundo es una interacción constante y cambiante. Cada parte es componente de un todo que sus partes lo hacen; partes que mutan y muta el todo. Se desmoronan las fronteras de lo que existe para vislumbrarlo como un continuo. Continuo con diferentes paisajes, pero que forman parte del mismo mundo en un hacer y deshacerse perpetuo. Baker se reconoce como un cuerpo que forma parte de un cosmos en regeneración contante, que lo condiciona, pero que al ser parte de esa producción infinita también puede recrearla y recrearse.

Por eso les hablo de afectividad y no sentimientos. Los sentimientos son atributos de nuestra personalidad como cosa ya pulida y terminada. La afectividad son emociones que desbordan el perímetro de la fortaleza del yo. Esto es importante: Baker no busca tanto investigar los halcones en su entorno natural en sí mismo. Lo que busca es investigar su belleza, la energía que despliegan y como esa fuerza incide en él y lo transforma, lo hacen alguien distinto al que era. Por eso es afectividad. Si fuera sentimiento no habría cambio alguno; habría una satisfacción gris por estar midiendo correctamente lo que es, mas allá de lo que a él le suceda en esa observación.


3-  Escucha y mutación sensorial 

“Yo oteaba el cielo sin cesar buscando los círculos de un halcón, escudriñaba cada árbol y cada mata, recorría todos los cuadrantes de un cielo al parecer vacío. Es así como el halcón encuentra la presa y elude a los enemigos, y solo así es como uno puede esperar descubrirlo y compartir su caza. Los prismáticos y una vigilancia de halcón reducen la desventaja de la miope visión humana”.

“El Peregrino” es un libro descriptivo. Exuberante en comparaciones, metáforas e imágenes visuales, la prosa de Baker relata la caza de los halcones como una experiencia casi mística. 

Pero hay pasajes donde notamos que el relato pega unos saltos y su registro ingresa en otra zona. Baker es testigo de cómo mutan sus sentidos y cobran una mayor potencia: aprende a volverse solitario, a camuflarse de las demás aves, y agudiza su vista y la percepción de su entorno.  Al salir a la caza de los halcones, se mimetiza con ellos. Cazar al cazador lo asemeja. Y en ese semejarse hay una reconfiguración de sus coordenadas vitales. Se trata de algo involuntario; algo que va pasando sin buscarlo. Ocurre. Y su transcurrir es registrado porque es parte de la investigación. Nunca olvidemos que Baker investiga un entre; lo que pasa en la sinergia entre la naturaleza, las aves y su propio cuerpo.

Si la belleza es oriunda de lo fuerte y nos magnetiza con su poder desatando energía, Baker indaga el impacto de lo bello al observar sus mutaciones sensoriales. La belleza se puede explicar: no de manera intelectualizada abstrayendo sus formas como esquemas que miramos a distancia, sino como un registro de la constatación de la incidencia de un ave y su entorno natural en un cuerpo que entra en un viaje profundo y radical.

"El Peregrino" demuestra que las emociones no interrumpen el pensar. Las pasiones no son un obstáculo para el despliegue de un análisis. Todo lo contrario. Son su materia prima, la fibra que le da su espesor. Desde la certeza de la atracción afectiva por las aves se enciende una indagación que se dota de los mejores insumos para pesquisar los efectos de la combustión generada. Baker demuestra cómo hay inteligencia en la pasión, y emoción al enhebrar ideas.

Es notoria en esta investigación la alianza entre el análisis y la imaginación. Aparecen transformaciones sensibles que necesitan interrogarse, registrarse, plasmarse en la escritura; acciones que para tomar forma necesitan de una imaginación lúcida e inspirada. Ante la novedad de los términos de la indagación a efectuar, se necesita de una inventiva intensa para estar a la altura de este proyecto.  Imaginación que fluye por la pasión que Baker le pone a su trabajo. ¿Para qué hace todo esto? No hay una búsqueda exterior a su deseo. No hay un para, sea el mandato del laburo o alguna autoridad a complacer. Es un hacer que en su propio hacerse está el gusto. Condición que permite que corra la imaginación y haya un alto vuelo en su pensar. 


4-  El sentido

"Seguí al peregrino durante 10 años. Me había poseído. Para mí era el grial. Ahora ya está. La larga persecución se acabo. Quedan pocos peregrinos, habrá cada vez menos y quizá no sobrevivan. Muchos mueren de espaldas, insanamente aferrados al cielo en las timas convulsiones, mustios y consumidos por el polen sucio, insidioso de los pesticidas. Antes que sea tarde, he procurado recapturar la belleza extraordinaria d esa ave y transmitir la maravilla de la tierra donde vivían, una tierra para mi tan profusa y gloriosa como África. Es un mundo que agoniza, como Marte, pero aun resplandece."

En "El Peregrino" no hay un sentido como premisa de la investigación. No hay un plan de arranque a plasmar en lo sucesivo gambeteando los obstáculos que haya que gambetear. Pero si hay un sentido como efecto de lo que se hace, que se descubre ahí, mientras se cocina. Los efectos de la investigación son mientras, no en su culminación. No es un darse cuenta que lo que buscamos lo encontramos, sino que desde el hacer mismo extraemos sentidos. 

Un sentido está dado por la mutación sensorial del cuerpo y su capacidad sensible de recibir y afectar al mundo. De esto ya hablamos. Pero también hay reflexiones. Además de registrar los estados de su cuerpo, Baker indaga un poco más: se pregunta qué conexiones arma ese estado, qué consecuencias están provocando, con qué otras fuerzas debe batallar... Diferentes retazos filosóficos que Baker deja caer en los aleteos de su escritura: el pensamiento de los animales, el papel del miedo en la experiencia humana, el concepto de muerte en la naturaleza…

La investigación descubre sus sentidos en el mientras de su mismo hacerse. Pero una vez terminada puede vislumbrar otro sentido global. Así es: una vez concluida hay un veredicto. Que no deja de ser un mientras: ya no al interior de la investigación sino dentro de la vida de quien la hace. Por eso el sentido no se define por un decir "hice lo que hice por tal motivo" sino por un "lo que hice podría convertirse en..." Baker habla de un réquiem. Testimonio-homenaje de algo que existió y está por desparecer. Los halcones caen y se revuelcan en la tierra mirando hacia el cielo como un rey que agoniza y ve su trono vacío.

Para Baker el pensamiento es una potencia del cuerpo.  Pensar es una acción entre otras. Una acción que busca potenciar a las otras siempre desde un cuerpo que está cambiando al fascinarse con la belleza de las aves y toda la energía que irradian. El pensamiento no se autonomiza de lo sensible. Cuando el pensamiento piensa ideas olvidando su raíz corporal, genera ideas como un ideal a seguir a rajatabla que niega otros afectos que no sean los que se acoplan a ese ideal. Es la garantía de cualquier dominación social. Suprimir el cuerpo como núcleo de verificación de nuestras vivencias. Supresión mentirosa porque en la mistificación idealista que organiza nuestro cuerpo no desaparece nuestra sensibilidad. Todo lo contrario: el cuerpo piensa ideas que lo niegan por causas corporales. Aferrados al placer prometido por el ideal interiorizado, y el miedo a despegarnos de él y padecer la coerción del rebaño, se nos mantiene a raya.



5-  Tiempo y manijeo

"El tiempo se mide por un reloj de sangre. Cuando uno está activo, cerca del halcón persiguiendo, el pulso se precipita y el tiempo se acelera; cuando uno espera sin moverse el pulso se aquieta, el tiempo es lento. Siempre que uno acecha al halcón tiene a sensación opresiva de que el tiempo entra en tensión como un resorte contraído. Si uno dice las diez, o las tres no habla del tiempo gris y encogido de las ciudades; habla del recuerdo de cierta fulminación o declinación de la luz que fue única para un momento y un lugar precisos ese día, un recuerdo tan nítido para el cazador como un fogonazo de magnesio."

Cualquier investigación implica su propia temporalidad. Arma su propio ritmo. Un pentagrama de sintonías definido por el tipo de encuentro que hay entre los cuerpos en un ambiente especifico. El tiempo para Baker se define por el avistaje o no de las aves, no por una planilla con horarios planificados de antemano. Se queda lo que hay que quedarse hasta que ocurra... Hay una espera. Espera definida por la sinergia entre cuerpos. Un tiempo rápido el del encuentro, un tiempo apelotonado el de la espera. Los cortes entre estas secuencias definen los lapsos, que quedan en la memoria no por un indicador abstracto -las agujas de un reloj- sino por las características del lugar que permitieron o bloquearon el encuentro.

¿Cómo se transita cada uno de estos compases, el del encuentro y el de la espera? La espera de dar con el tiempo justo. Dar con el momento adecuado en el lugar propicio nos obliga a prestar mucha atención al flujo de las cosas. Por eso dice Baker que cazar al halcón agudiza la vista al punto de la pericia de un Peregrino. Es la necesidad de percibir el detalle. Un pequeño movimiento, un susurro, un reflejo en el cielo, pueden vaticinar algo... No hay escenarios fijos y ya sabidos de antemano. Hay que buscar y buscar; los peregrinos no desfilan ante los ojos de Baker bajo el pulso de un cronometro de oficina. Él debe estar despierto para olfatear los ritmos que hay dando vuelta y así saber cuando puede irrumpir la fuerza que busca y lo maravilla. Belleza que cuando acontece hay que contemplarla tal cual es. Dejarse sorprender. No ver lo que se quiere ver. El deslumbrarse ante lo bello es un dejarse atravesar; una sensibilidad abierta a las afecciones y a lo que nos despierten. 

El observar detalles y estar atento a los diferentes movimientos liberan la mente como un mantra; concentran para no congelarnos en las imágenes de lo ya conocido sino para dejarnos sorprender por lo extraordinario. Baker no es un espectador absorto en la transparencia de las imágenes que le llegan; contemplador activo, un artesano de las condiciones del percibir, sale renovado, experimenta una transformación profunda ante el evento de la belleza.

En nuestros tiempos precarios nuestra rutina no es una regularidad hecha de repeticiones anquilosadas. Nuestro mañana no será como hoy; hoy no fue igual que ayer. O capaz que sí. No sabemos. Y esa es la cuestión: la indefinición del correr del tiempo. Lo invariable de su sucesión. Instantes que no quiebran un bloque de cemento de continuidades lineales sino que gravitan en el centro de la duración desbaratando continuidades de manera frecuente. Es una diferencia.   

Una precariedad que nos hace ansiosos y nos manijea. El manijeo es una atención casi obsesiva a la éspera de los instantes explosivos que trituran las series temporales que sostienen nuestros pies. Una percepción desesperada hasta la paranoia por vigilar que no se desintegre aquello que necesitamos. Un tipo de experiencia muy diferente a la del agobio de lo repetitivo del tiempo lineal. El instante ya no es salvador; es maldito. La pregunta que se abre es por un manija de lo maravilloso. Por una belleza que nos dé un envión que abra una duración de lo inesperado que nos saque de la intemperie pero sin rearmar un escenario existencial cargado de moral, programado para defender un tipo de existencia ya diseñada como absoluta y eterna. El desafío no es que las relaciones continúen o se terminen, que sean cortas o largas, sino que pase lo que pase siempre aumente nuestra potencia, que nuestro cuerpo gane en fuerza y energía.


6-  Muerte al humanismo

“La matanza que sigue al vuelo de caza de un halcón sobrevienen con una fuerza chocante, como si en un súbito rapto de locura el halcón matase lo que ama. La lucha de las aves por matar, o por salvarse de la muerte, es hermosa de ver. Cuanto mayor la belleza, más terrible la muerte”.


La belleza no es algo inmaculado. No es una energía pura sin restos de haber forzado a otros cuerpos. Es una fuerza que se hace lugar y tiempo conquistando otras fuerzas. Y así sigue: manteniéndose a flote apropiándose de otras porciones vitales. Es así con todos nosotros. Olvidar las muertes que nos sustentan es negar lo que somos.

Es la perspectiva herzobiana de la naturaleza: una orgía de luchas por crecer y sobrevivir. Es “la armonía del asesinato colectivo y arrollador”, como el propio Herzog nos dice. En su documental “Grizzly Man”, el protagonista Timothy Treadwell se hace amigo de los osos grises en un parque temático. Copia sus gestos, movimientos, aromas. Se gana su confianza. La convivencia parece pacifica. Hasta que un día todo cambia: Treadwell es atacado por un oso y es devorado. La naturaleza reacciona siguiendo su esencia; amistosa y beligerante, compañera y peligrosa. Como los halcones de Baker: vuelan, cazan y destripan sin piedad ni alevosía. Lo hacen porque lo hacen. Son así.

El mundo es. Punto. Las cosas pasan y en su pasar cualquier adjetivo que agreguemos -bello, feo, justo, injusto- proyectamos un querer propio. Error: la vida está hecha de una infinidad de cuerpos con sus múltiples sentidos donde no hay ninguno más verdadero que otro. Todos son y la suerte de su ser se dirime en un complejo equilibrio de  guerras y armisticios. De ahí que la compasión y las miradas inocentes que añoran de una utopía fraterna para todos se pudren en una inocencia insoportable.

Por eso es tan importante el enunciado de Baker “el miedo libera poder”. El miedo nos informa que una afección que nos lastimará es probable. Nos señala un eventual peligro. El miedo es una pasión que es imposible que en algún momento no experimentemos. Seriamos todopoderosos e inmortales. Seres infalibles. Lo cual no es cierto. Ya lo dije: la muerte acecha.

La pregunta es qué hacemos desde el temor. Una posibilidad es aferramos a posturas pasivas. Sea esperando ya entregados a que pase lo que tenga que pasar, o en todo caso nos deja reaccionando desde una lógica de la prevención empaquetamos los acontecimientos con etiquetas morales del estilo correctivo, buscando normalizar lo insólito a una matriz ya conocida, o reprimiendo y purgando lo que nos resulta peligroso. O en cambio encaramos lo que acontece desde un lugar más activo. Comprender que el sufrimiento es parte de la vida. Siempre vamos a sufrir alguna mutilación. Es así. Como pérdida, como descenso de nuestras facultades de actuar, pero también, como el quiebre de una atadura que nos arranca de una comodidad para ganar en fuerza y ser más potentes. Si es cierto aquello de que el problema no es el sufrimiento sino que el sufrimiento no tenga sentido, hay dolores que nos hacen bien. Uno de esos dolores son los de la belleza; el encantamiento que nos provoca un acontecimiento que se afirma con violencia sacudiéndonos de la órbita en la cual andábamos.

Una vida sin dolor es una vida sin belleza. Y una vida sin belleza es una vida moribunda. Eso Baker lo sabía bien. Por eso se lamenta de la extinción lenta pero sostenida de los peregrinos. Nunca extrañamos a una persona o a un lugar. Extrañamos como era nuestra existencia cuando en ella estaban presentes esa persona y ese lugar. Es distinto. Baker extraña a los halcones porque él mismo se resulta extraño; sin la magia de su belleza es un extranjero en su propio cuerpo. Antes mitad hombre-mitad halcón, ahora sabe del único miedo que debe preocuparnos: el de ser humanos, demasiado humanos.


domingo, 14 de febrero de 2016

¿Qué es la vitalidad?



Cómo se mueven. La muestra de la eterna juventud. No se puede creer cómo está Jagger físicamente. Están intactos.

De todos estos enunciados que apuntan a celebrar una vitalidad abstracta ligada a aspectos físicos, hay una palabra que quiero discutir más que ninguna: intactos. Como si el tiempo no les pasara, dicen. Mentira: el mérito es que el tiempo les pasó; pero ellos lo pasaron a él.

Es la diferencia entre lo intacto y la duración. Lo intacto deja incólume a un cuerpo del roce de la experiencia. Las cosas pasan, pero no lo tocan. La duración expone las diferentes fluctuaciones por las que pasa una vida en función de los hechos que la van afectando y los ciclos que emergen a raíz de esa dinámica.

Los Stone fueron contemporáneos. Contemporáneos en tanto ser una fuerza social que no se acomodaba al presente establecido. No se sentaban cómodos en los lugares que les esperaban. Eran un presente puro que reclamaba una vida propia. En una entrevista le preguntan a Brain que hacía antes de la banda y decía: “estaba esperando que ocurra algo”. Ese algo fue el rock y los Stone.

Durar es una permanencia que exige un trabajo: ensayar, pensar los shows, componer, viajar, superar los quilombos internos y personales, reponerse del tiempo biológico y las facturas que hace llegar. Luego de tantos años y tantas marcas en sus cuerpos, siguen. Continuar durando, eso es vigencia.

Esa vigencia de lo contemporáneo para los Stone –durar hasta hoy- es lo más bancable de ellos como vitalidad. Vitalidad que permite una vigencia que no es monopolio de la banda. Para que la banda dure se nutre de nuestra energía. Ellos lo dicen siempre: les gusta hacer lo que hacen, no imaginan su vida sin la banda. Es cierto. Pero para activarse necesitan de un combustible. Y esa fuerza que le da vigencia a los Stone proviene de nuestros cuerpos. Richard lo explico varias veces: siguen porque saben lo que nos generan. Circularidad que apreciamos en los recitales: de la banda se reían todo el tiempo, se miraban sorprendidos, Jagger agitando con cualquier cosa que le tiren, y nosotros ahí abajo, disfrutando de todo.

Leer a los Stone como algo intacto, simple formalidad joven, dando valor de por si a estar flaco, moverse, no es el balance que queremos hacer. Menos todavía negar nuestra parte en la banda. Si llegaron hasta acá, es porque algo nosotros también les provocamos para que arranquen otra vez y sigan durando.

Pos recitales, con este cosquilleo que nos quedo en los nervios, pedimos que vuelvan. Que sigan tocando. 200 años más. Pero también los Stone son una imagen de vida. La postura de cómo morir implica una postura de cómo vivir. Una de las imágenes que dio el rock fue la de vida intensa y muerte joven. Que importa vivir mucho si se vive muerto. Fue una opción. Los Stone proponen durar en lo contemporáneo. Trabajar por ser nosotros mismos. Subsumir la existencia en hacerse vigentes. Nos pregunto: ¿cómo ser hoy contemporáneos de nosotros mismos? ¿Aceptamos de una el mandato de que hay que vivir para generar guita, de entregar casi todo el tiempo y la energía al laburo? ¿Cómo construir una duración propia y darle vigencia? Preguntas que se van armando en esta nausea del pos La Plata. Legado pedagógico de sus majestades en esta visita.

lunes, 8 de febrero de 2016

Ovación



No me acuerdo porque número de tema iban -me parece que un poco antes de la mitad-. Jagger se dispone a conducir uno de los tradicionales ritos del recital: las presentaciones de los integrantes de la banda. Van pasando, uno por uno. Arranca con Woods. Termina con Richards.

Y ahí el estadio explota: “oleeeee, olee, olee, olee, Riiichaaaard, Riiichaaaard…”.Una vez y otra vez. El tipo emocionado dice “tankiu, tankiu”. Una segunda ola de voces: “oleeeee, olee, olee, olee, Riiichaaaard, Riiichaaaard…”.

Ahí Keith dice algo que no lo entiendo porque no sé inglés, pero también mueve los brazos, se tira para atrás con todo el cuerpo; queda claro que una electricidad lo desestabiliza y afirma un “no sé qué decirles… esto es demasiado”.

La de Richard fue la ovación mas intensa, pero ya de por si la ovación es una intensidad del lenguaje. Una ovación no es una aprobación, por más fervorosa que sea.

Que nosotros estiremos el cántico por Richard, que lo hagamos cada vez más fuerte quemando la garganta, rebotando a full y rompiéndose las manos con aplausos, dio lugar a una avalancha musical sobre el escenario con un cuerpo cada vez más fibroso que abrazaba fuerte a Richard –cada vez más fuerte- y le decía que lo quería.

Si el silencio profundo, poblado de sensibilidad, es un recalcular minucioso de nuestra existencia; si el grito como desesperación es la expresión de un rechazo salvaje a lo que nos resulta insoportable, la ovación es un agradecimiento que evidencia un estado de nuestras fuerzas y cuerpos de alegría extrema.

¿Qué se agradece? ¿Por qué? Difícil saberlo sin una arquelogía de nuestras vidas. Pero por ahora algo ya sabemos: no se trata de una aprobación mundana. A partir de lo que ya somos, algo nos generó esa figura al nivel de nuestra anatomía existencial, que nos empuja a una afectividad inmensa como agradecimiento que se plasmó en la conformación de un gran cuerpo en el campo que generaba un mensaje al calor de una pasión multitudinaria. 

Lo cual fue recíproco: Richard no respondió con gestos y palabras extraídas de un repertorio ya definido por una cortesía de costumbre, sino que no sabe qué decir, se le quiebra la voz… está superado. Hizo masa y se conecto a full con la ovación. Situación que no lo idolatra sino que lo deja a la estatura de cualquier mortal: desarmado en su desnudez emotiva.  


Mensajes que no se miden por su complejidad discursiva. Para nada. No importa que parezcan simples -sabemos nunca faltaron los que denigraron el “ole” por cavernoso…-. Ya lo dijimos: en la ovación encontramos su lógica en hacer temblar nuestros cuerpos dejando salir en nombre de los detalles más íntimos de nuestro devenir histórico, de lo más verdadero de nuestra existencia, un gracias eterno. 

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Entre llorar y poner huevo
Balance político del triunfo de Angelici



















1- idolatrías

“¡Oh gran astro! ¡Qué sería de tu felicidad si no tuvieras aquellos a quienes iluminas!” (Nietzsche)


Hace una semana que Daniel Angelici fue reelegido presi de Boca.
Cuando quedamos eliminados por la copa escritorio mediante, las chances de que el Tano siga en el club eran remotas. Algunos decían “le queda la de Tévez”. El plan era que vuelva Carlitos y ganar el campeonato –donde veníamos bien arriba-. Era la última jugada, el tiro al pichón.

Y le salió: volvió Carlitos, ganamos dos torneos, y Angelici fue el dueño de las elecciones por más de diez puntos en una votación récord para nosotros los bosteros y todo el fútbol argentino.

Es cierto que hubo mucho rosqueo con peñas, denuncias de carnet truchos, padrones adulterados, aprietes durante la jornada electoral, que si los opositores iban juntos ganaban porque sacaron más votos que Angelici, pero hay algo que es innegable: el triunfo del tano es legítimo. Y mucha de la fibra de esa legitimidad radica en la figura de Tévez. Capaz más que el campeonato. La cuestión es esta: ¿Por qué Carlitos apoyás a Angelici?

Tévez intervino en su propia imagen. Sabe lo que representa y lo hizo jugar estratégicamente. El mismo Tévez ubicó a Angelici como el motivo de su vuelta. Desde que bajo del avión, puso al Tano en un altar. Que “quiero que siga”; que “fue él que me trajo”, todos berretines que dispararon las acciones emotivas del presi.

El carisma no se transmite, afirma una ley sociológica. Tévez por voluntad no puede donar a otra persona todo el amor que le tenemos. Pero sí puede compartirlo. Ser causa de la presencia de lo que amamos nos hace querer esa causa. Esa es la mecánica. Si estamos contentos por la vuelta de Tévez y el propio ídolo nos dice que lo trajo Angelici, ¿Cómo no quererlo al presi? O al menos ¿Cómo no putearlo tanto…?

Hay una dicotomía que buscamos erradicar del imaginario futbolero. La que por un lado sentencia que los ídolos son importantes pero que exceden lo institucional. Nadie los deja de reconocer, pero el club y sus diferentes símbolos como la camiseta, el escudo, la cancha, son siempre más importantes. La otra es que los ídolos no pueden participar en política, que son algo sagrado y que no deben ensuciarse en el fragor partidario.

Primero: nosotros decimos que los ídolos son tanto una institución en sí misma, como parte de la institución Mundo-Boca, colaborando a su expansión. No se puede negar: expresan un valor. El crecimiento de lo que somos muchas veces depende de ellos. Nadie subsume el club a los ídolos, pero si somos de los equipos más grandes del mundo es gracias a varios jugadores… Segundo: también afirmamos que en su andar institucional los ídolos hacen política siempre: en cómo se relacionan con diversos actores del mundillo futbolero -periodistas, entrenadores, dirigentes, nosotros los hinchas, empresarios- en las formas de concebir el juego, los entrenamientos… Todas estrategias que conciben y encaran lo real de alguna manera, lo cual es necesariamente político. Por eso ¿por qué es una herejía que un ídolo se meta en la vida partidaria o la que sea?

Ahora se entiende por qué la pregunta sobre el apoyo de  Carlitos a Angelici no es moral sino estratégica. Dispara el asombro que Tévez esté dando tanta cabida a un presidente que fue el más ortiva y anti Boca de la historia. Mientras el día de su presentación Carlitos se postraba ante la Doce y besaba el suelo de la Bombonera como un manto sagrado, Angelici en plena campaña prometía una cancha nueva y que la Bombo quedaría para recitales y partidos de tenis…

Carlitos es pura pertenencia que queda plasmada en su renuncia al dinero y los huevos que mete -sabe que es recontra bancado y es el que más corre-. Pero contribuye  a que todo el sentimiento que genera se proyecte en un símbolo de exclusión como Angelici. Un tipo que en la despedida de Battaglia era puteado por todos lados, a los pocos meses gana cómodo las elecciones. El Tano como símbolo de un gobierno anti popular genera una fuerte identificación popular. Macrismo puro.

Algo importante: Tévez es símbolo por que antes es deseo. Representa algo importante porque antes hay parámetros afectivos que valorizan la vida de una manera especial. Para que ese amor surge se dieron miles de acontecimientos que hacen masa con su figura y permite activar semejante idolatría. Tévez es Tévez porque nuestra vida está futbolizada bajo determinados principios de lo popular, la simpatía, el sacrificio, el talento, el dinero, la política, el éxito…. Por eso ese amor es producto de nosotros también. Los ídolos y nosotros los hinchas somos lo que somos por consecuencia de una complicidad afectiva; somos parte de ellos, ellos son parte nuestra. Circulación sensible que es siempre terreno en disputa. En esa lucha perdimos. Si negamos esto, estamos llorando.


 2- Llorar y Poner huevo 

"Es sorprendente que un club de fútbol te lleve a ser presidente, más allá de que, después de haberse ido, debe de haber hecho las cosas bien. Creo que Boca lo ha ayudado mucho y nosotros contribuimos bastante, así que lo menos que puede hacer es pagar un asado". (Román)


La pregunta  ¿por qué Carlitos apoyas a Angelici? está equivocada. No va. ¿El triunfo del tano depende exclusivamente de lo que haga Carlitos? ¿Lo que hacemos nosotros, depende exclusivamente de lo que haga Carlitos? Si encaramos la cosa así estamos mal. No hay tiempo de lamentos por lo que haga o no un ídolo. Es una pregunta de llorón.

Ser llorón es un enunciado futbolero imprescindible. Definimos llorar como un tipo de crítica que se entiende a partir de un tridente conceptual: padecer un  malestar negativo, sea tristeza, bronca; ser tomado de sorpresa por la situación, no verla venir; proyectar las causas del hecho en cualquier factor sin percibir el rol que cumple la propia existencia.  

Desde la lógica del juego, se llora cuando un equipo pierde y se queja por la táctica del rival que cubrió el arco con dos micros, del árbitro que fue un desastre, del mal estado de la cancha, o putea a la mala suerte.

Lo potente de llorar: es un tipo de crítica. No banca agilado ni tampoco reniega pero en silencio, chupando amargura. Tiene algo de agite. ¿Lo reactivo? Que llorar nace de una  percepción embotada, de una impotencia para elaborar malestares, y una negación de las fuerzas propias. Esto último es lo que más nos interesa: criticar la exterioridad que impone el llorón entre su ser y el escenario que lo afecta. Nosotros pensamos que todo lo que ocurre es un emergente. La combustión de la mezcla de una multiplicidad de fuerzas que según como se combinen, así irrumpen. Y nosotros somos parte de esa mezcla. A veces más condicionados, otras más activos. Pero siempre presentes.

Der ahí que patalear que el Tano ganó por el apoyo de Carlitos, es de llorón. ¿Qué hicimos y que no hicimos nosotros para que gane Angelici? ¿Qué hicimos nosotros para apropiarnos de Tévez, más allá de las operaciones de Angelici, e incluso, del propio Tévez? Se abre el desafío de pensar como intervenir en el símbolo Tevéz como ídolo, pero también como accionar sobre ese terreno futbolizado que genera valoraciones afectivas sobre la guita, el éxito, el juego, agitar, y entre otras cosas más, las idolatrías (entenderlos como una institución en sí mismos y que son siempre políticos, es parte del asunto).

Reflexiones sobre los ídolos que se esparcen por otros ámbitos de nuestra vida social: Carlitos haciendo publicidades para Danonino contribuyendo a  la medicalización del cansancio sin problematizar el muleo cotidiano.

Y olvidándonos de Carlitos, la futbolización y la mística xeneize repercuten en la rosada. Macri se junta con Evo Morales a jugar un picadito. Mauri con la azul y oro. Le regala una a Evo, que chocho se la lleva. Dos matrices políticas antagónicas pero unidos por la futbolización.  Desde ahí arman una imagen para los demás en términos de diálogo y encuentro. Imagen que expresa una sincera filiación común en medio de tantas diferencias; el racismo macrista, el Indomaricano y la inmigración descontrolada con sus muertos, quedan fuera de plano y copa la futbolización.

¿Nosotros que hacemos desde la misma futbolización? Uno de los principales mandamientos de la mística bostera es poner huevo. Poner huevo como lo opuesto a llorar. Poner huevo no como un voluntarismo cabeza de tacho que piensa que con la simple intención se modifican nuestras condiciones de vida. Poner huevo como intensidad para percibir nuestras situaciones, investigar y hacernos preguntas, generar vínculos y ganar en poder. En este sentido Carlitos es una inspiración de agite: meter a fondo en cada jugada, con bocha de partidos en el lomo y bastante machacado. Eso es poner huevo: fuerza e inteligencia para organizarnos en las coyunturas jodidas y expandirnos para delante.


Repetimos: nadie niega de una el llorar.  Es una forma de critica que ayuda a no estar sedados o indiferentes; menos brindando legitimidad. Pero si no reconocemos nuestra propia existencia como presencia activa permitimos que las fuerzas que nos afectan ganen en espacio y avancen. Si hay umbrales afectivos que se calcifican y ganan relevancia por estos días tanto en Boca como en la coyuntura nacional –exitismo, culto a la eficiencia económica, chetaje,- es porque otras luchas fueron congelándose y poniéndose rancias. Por eso bancamos las críticas que intensifican nuestra potencia de actuar, el poner huevo; si merecemos lo que tenemos es porque lo conquistamos y cuando está en riesgo lo podemos defender. Nada más.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Salvarse

Algunas hipótesis sobre la guita, el laburo, y las utopías



Salvarse. Una palabra típica en nuestro léxico urbano. ¿Qué quiere decir salvarse? Salvarse es dar un golpe; algo que cae del cielo y no esperábamos. Salvarse es hacerla bien: abrazarse fuerte al acontecimiento y aprovechar el momento para dar con una buena moneda y pasarla bien. El estar bien es huir de obligaciones, responsabilidades-garrón, y permitir un gasto de bacán: autos, pilcha, casas, tecnología, viajes zarpados y giras suculentas… Salvarse, hacerla bien, estar bien: conceptos de una nueva teología contemporánea. Salvarse como una redención terrenal: aquí y ahora damos con el premio.

El que se salva es para toda la vida –y capaz que hasta a sus hijos y a sus nietos también les llega el derrame. O por un rato nomás; por eso hay que disfrutar del banquete ahora, a full, porque nadie sabe que depara lo que vendrá (la gira sea corta o larga, no deja de ser gira).

El que se salva la hace bien. Hacerla bien es aprovechar la pura suerte; estar en el lugar adecuado en el momento propicio. Pero también sabemos que para salvarse hay planificación. Sí, hay una carrera para salvarse. Andrea Rincón abandonada de pibita por la madre, se va de su casa por barullos jodidos con el viejo. Tirada por ahí, sueña con salvarse:

En cuanto a sus comienzos mostrando el cuerpo, Rincón reconoció que se inspiró en Wanda Nara: "En una de las tantas peleas que tuve con mi viejo me fui a vivir a una pensión. La pasaba como el culo. No tenía guita: para comer, revolvía los tachos de McDonald's. Un día la veo a Wanda Nara en la tele, que llega a una fábrica a hacer un strip tease para los empleados. Los negros gritaban… Estaban como locos. Y yo pensaba: '¡Qué patética es esta mina!'. Pero cuando sale de la fábrica sube a un Mini Cooper y dice: '¡Ahora les voy a mostrar mi casa!'. Y muestra un tremendo piso. Ahí me di cuenta de que tan tonta no era. Me fui a la pensión, me puse en pelotas y me miré al espejo: 'Yo soy más linda y más inteligente que esa mina'. Pero yo tenía una bicicleta playera y vivía en una pensión, mientras que ella andaba en un Mini Cooper". "Algunos se ponen un negocio, en cambio yo me pongo un cu… Ese va a ser mi kiosquito. ¡Y me voy a llenar de plata!"

      Atender estos kioscos es cada vez más común. En una escuela donde laburo en la sala de profesores hay un recorte de la revista Pronto con la foto de una ex alumna con poca ropa y en pose. “De acá no van a salir médicos, pero lo menos tenemos esto”, tira la profe.

Ni hablar que hablamos de carreras-embudos: muchos arrancan y poquitos llegan. ¿Qué hacer si se cae en el camino? Interrumpida la utopía de salvarse ¿cómo zafarla? Hay una figura que es prima del salvarse. El estar tranqui.  No se salvo pero está conforme. Se desplazó del casillero de mulo donde estaba; ahora está mejor… tranqui. Una forma de escalar en la pirámide del ascenso social: no golpea las puertas del cielo pero ganó en umbrales de tranquilidad. No es poco.

Pibes y pibas se meten a carreras donde la van a zafar. Al voleo, se me ocurren dos: docentes y policías. Permanencia, un sueldo más o menos digno, pocas horas… No se van a salvar pero tampoco van a estar tirados, ni muleando peor que otros, y menos todavía plegándose a otros laburos que darán buen billete pero son percibidos como peligrosos… Pregunta: ¿Qué pasa pos-ingreso a estos laburos con el correr del tiempo? ¿Cómo repercute la constatación de que no son tan copados como pintaban? ¿Cómo se elabora esa nausea?

El trabajo que implica aprovechar el evento que nos permite salvarnos muchas veces es medio garrón. Ausente de vocación, como sea, hay que salvarse (“vos engánchalo, el amor viene solo”, reza el consejo preferido de las botineras). Otros trabajos son vocación y al mismo tiempo nos salvan: futbolista, getona mediática.

Se nos hace necesario diferenciar entre el mulo y el soldado. Mulo es el que el carga con el peso del displacer de un deber sentido como obligado. Otra no queda, relincha por lo bajo. El soldado le pone huevo a una causa que le infla el pecho de sentido. Se banca todo por un sueño: salvarse. Y cuando se llega se pone más que nunca para aferrarse. El cálculo es muy simple: es ahora o nunca. No se sabe cuándo termina. Hay que meterle. ¿Quien dijo que no hay más cultura del esfuerzo?

Sumemos algo: durante un tiempo yirando perdidos, desorientados, sin saber para donde arrancar, el miedo de retornar a ese contexto empuja a soportar lo que sea con tal de aprovechar el viento de cola… Incluso la ética del salvarse es indiferente a transgredir o no la ley. No importa pasar de largo la barrera de la ley con tal de salvarse. Lo cual no implica ser un gil y que se diluya cualquier cálculo. No ser cabezón, hacerla bien, es una invitación a no ser desprolijo y caer bien parado.

Salvarse es consumismo al palo, hedonismo salvaje. Salvarse es una proyección del ego hasta las multitudes más extensas vía múltiples pantallas.  Salvarse también es robar tiempo a las tareas que nos permiten amasar un billete en la ciudad. Y en este modo bancamos el salvarse. Salvarse –al menos por un rato- nos permite ganar en tiempo libre. Le soplamos una dosis de temporalidad al laburo y lo reconducimos en términos de nuestra propia duración como seres. ¿Cómo aprovechar ese momento? ¿Qué se despliega en ese hueco que abrimos? ¿Con qué preguntas sobre nuestras condiciones de existencia poblamos ese rato conquistado? Sin la quemazón de cabeza, cargados de chirolas en el bolsillo, salvarse para nosotros no es una meta como idea de felicidad, sino un escenario que nos potencia dándonos una bocanada de tiempo para recrearnos. 

domingo, 14 de junio de 2015

Hacer banda y bancar

Balance político a un año del último partido de Román en Boca
















1-          Intro

Luego de semanas turbulentas para nosotros los bosteros tras el episodio del gas pimienta y quedar eliminados de la copa escritorio mediante, en unos días se juega el partido despedida de Seba Bataglia. Además de la participación de varios de nuestros ídolos en ese partido, estará Román. Paasdo un poco más de un año de su último partido contra Lanús, otra vez vamos a ver al diez con la casaca xeneize en la Bombonera. De eso tratan estos párrafos: reflexionar un poco sobre la ida de Román del club y nuestras acciones en torno a este tema en los últimos años. Reflexión que apunta a unir tres puntos como referencias de un mismo mapa de politicidades: la forma de jugar de Román en la cancha; los banderazos como iniciativas nuestras para que siga en el club; formas de intervenir en la ciudad ante diversos conflictos, como es el hacer banda y bancar.


2-          Román y su juego

Infinitos elogios podríamos hacerle al juego de Román. Pero hoy me interesan destacar dos en especial: su uso del tiempo y el espacio. Vamos con el primero. En la vorágine de un partido el diez pone la bocha bajo el pie y maneja el juego. Arma los circuitos de circulación: cuando se tiene que ir rápido, se va rápido; cuando hay que ir lento, se va lento. Román maneja el juego por que diseña el ritmo del partido. De ahí que elogie tanto a Iniesta: cuando el Barcelona va por una autopista, él decide el momento de bajar para subir por otra y llegar más rápido. No niega nunca la velocidad: siempre va por autopista y la idea es llegar lo más rápido al arco contrario, pero en esos movimientos hay una autonomía del recorrido; no se va al barullo de los choques, como la mayoría de los partidos que vemos hoy.

Así de simple. La sabiduría del ritmo. Pero hay circunstancias donde Román no puede marcar el tempo por que el equipo va al ritmo del rival. Ahí Román se adueña de la pelota e interfiere en esa corriente que lo lleva puesto a su equipo. Agarra la bola, la protege con los brazos, pone la espalda y el culo, y sale escurridizo tocando con otro compañero o le hacen full. El espacio de dominio de la bocha se perfila como una barricada hecha con el cuerpo, donde aguanta las embestidas para que el equipo se adelante, gane espacios, y se modifique la coyuntura inmediata para otra vez orquestar el juego con el viento a su favor.

Interesante lo de los full: muchas veces Román se para, se da vuelta, mira al árbitro y abriéndose de brazos obliga a que este le cobre. No engaña al réferi tirándose, sino que este prácticamente responde a sus pedidos. La barricada fuerza a la ley para que lo sostenga.

Miles de veces aspiramos el humo mediático que sentencia que Román era un jugador frágil desde lo físico. Es cierto que los últimos años las lesiones lo fueron averiando e impidiendo exponer su fútbol en la Bombonera, pero si hay un atributo para destacar en Román es su fortaleza física. Los ejemplos sobran: el partido contra el Madrid expresa un desquicio para los merengues que no pueden sacarle la bola al diez y marchar hacia el arco de Córdoba para empatar. Tan difícil era franquear el espacio recortado por Riquelme, que un jugador de Banfield debió meterle un dedo en el culo para desarmarlo.

Me parece que esta fuerza para armar y aguantar la consistencia de un espacio propio, tiene un carácter político muy importante para nuestra época y a nivel generacional, de cómo armar espacios propios en tiempos de dispersión, de vivir a los tumbos sin saber bien que nos mueve, de cómo agujerear la rutina y diseñar algo propio y tratar de mantenerlo ante todas las coerciones epocales.



3-          Banderazos

Un espacio propio que armamos muchos hinchas de boca para romper con el ritmo que tomaban las rutina del club contra Riquelme, fueron los banderazos.

Organizado por Facebook, la red funcionó como una estrategia de contra poder en calidad de enlace. Un escenario de articulación de hinchas que sintonizamos en la misma afección: que Román se quede o vuelva. Grupos que se suman a otros grupos, como una bola de nieve digital, va conformando una masa de descontentos que pone en marcha un pensamiento que inventa y organiza.

Pero este proceso articula diferentes soportes enunciadores: redes sociales, páginas, celulares, radios, diarios, TV. A su vez esta diversidad comunicativa interconectada implica una jerarquía en la capacidad de atraer interlocutores: no es lo mismo Olé que un grupo de Facebook con un puñadito de “Me gusta”, o Fox que el boca en boca de un grupo de amigos.

El banderazo como invención es una ruptura que parte de la elaboración colectiva de malestares. Por un lado necesita espacios para propagarse y salir del anonimato para ser más y más fuerte; como a su vez escapar clandestinamente de la inminente disputa que propone cualquier poder que se percibe amenazado. Pero más que nada, si esta singularidad difusa que estamos generando no crea nuevas preguntas y respuestas a esos interrogantes, cae por si mismo. Un tipo de organización que responda a las inquietudes que pusieron en marcha un proceso de creación político es un criterio indispensable para la libertad de esos cuerpos afectados.

Pero el banderazo responde a una forma de intervención típica de esta época, que incluye, sin duda, pero también, desborda el fútbol: el hacer banda y bancar.



4-          Hacer banda y bancar

Nuestra existencia se despliega en un ambiente precario que en muchos casos expone su virulencia en tanto amenaza de desintegración, sea de laburos, problemas de salud, de vivienda, familiares, accidentes climáticos, los que sea.

Hacer banda y bancar, es la reunión de fuerzas a las cuales apelamos para afirmarnos armando un espacio propio, el cual a su vez hay que sostenerlo, bancarlo. Hacer banda es una acción imprescindible para cortar con un ritmo que nos desarma dando lugar a uno que nos sostiene y que hay que mantener.

Se hace banda por afinidades varias. Algunas pueden ser previas  -amistad, vecinos, familia, hinchas de un club- como otras más situacionales –quienes andan por la calle y se reúnen por una secuencia particular-.  Fundamental es el papel de la tecnología: el intercambio de información, de manera constante e inmediata, permite que estos cuerpos se articulen velozmente y concreten su accionar.

  Si ponemos el ojo en su consistencia a lo largo del tiempo, diremos que es imposible armar mapas del hacer banda: pero quizá más que mapas sobre personas y sus itinerarios estables o no, haya que hacerlos por lo que sucede en los diferentes entorno territoriales, lo cual implica una gran movilidad y zig zageo de los individuos, pero que hay una regularidad tanto en los problemas como en las formas de intervención a las cuales se recurre; y si hablamos de formas de intervención, el hacer banda y bancar es uno.

Existen diferentes lógicas del hacer banda. Por ejemplo los linchamientos, con un espíritu policial, encarando diferentes situaciones urbanas con un encuadre securitario, hasta los banderazos de nosotros los xeneizes, que piden por un ídolo o cuestionan los manejos elitistas de la dirigencia actual que mercantilizan el club.

Juntar fuerzas, ocasionales o ya conocidas; actuar en contra de otra fuerza que desbarata la propia; sostener el empuje de la fuerza conquistada frente a la corriente que nos desarma; continuidad o no de las costuras que articulan la banda reunida.  Estos son algunos de los rasgos que muy al voleo presentamos ahora sobre el hacer banda y bancar. Volvamos con Román otra vez.


5-          Los ídolos: ¿fetiches o símbolos de agite?

¿Existe un hilo invisible que atraviesa el poner la pelota bajo la suela de Román, los banderazos, y el hacer banda y bancar? Si: lo común es cortar con un ritmo ajeno, hacerse de un espacio propio y sostenerlo con otros. Sea Riquelme con la pelota bajo la suela haciendo una pausa para asociarse con sus compañeros, nosotros los hinchas ocupando la cancha y haciendo fuerza para que nuestro ídolo se quede o vuelva, como el hacer banda en general, del cual el banderazo es un caso particular. Imprescindible reconocer este triple continuo de politicidades y todas sus reciprocidades: primero, lo que pasa dentro de la cancha; segundo, en las tribunas y otras órbitas de los clubes; tercero, la ciudad en toda su dimensión práctica.

A la hora de hacer balances de lo que Román significa para nosotros, más allá de su jugadas, títulos, goles, fue el motivo por el cual nosotros los hinchas activamos una movida que intervino en la dinámica del club y pudo incidir con diferentes niveles de eficacia –a veces logrando lo buscado, otras perdiendo claramente-. El legado de Román y nuestros banderazos es la conciencia de una fuerza. Que existimos y somos parte del mundo Boca. Que no somos simples espectadores, testigos de lo que hacen con nosotros, sino que nosotros también podemos incidir sobre aquello que nos define a cada momento.

Se trata de la diferencia entre un ídolo como símbolo de agite y un ídolo como fetiche. El ídolo como símbolo de agite es un jugador querido que permite que nosotros los hinchas ganemos en autonomía, que aumentemos nuestra capacidad de acción en la coyuntura del club que amamos. Un ídolo como fetiche es un jugador querido cuya afectividad circula de una manera donde nuestra autonomía decae; el jugador cuya idolatría es consecuencia de nuestro afecto, como Román por ejemplo, se transforma en un insumo de una forma de gestión donde los hinchas nos encontramos subordinados.

Los ídolos o al menos jugadores queridos, son fundamentales en la vida de los clubes. Y depende mas allá de su propia voluntad que funcionen como fetiches o símbolos de agite. Por supuesto que lo que ellos hagan es importante, pero no es determinante. Me explico: el gran tema es Tévez. ¿Qué significa la posible vuelta de Carlitos? ¿Qué un tipo nefasto como Angelici tenga su último tiro al pichón y gane las elecciones? ¿Qué Macri haga campaña para las elecciones nacionales? ¿Quién pone la abultada moneda para que vuelva? Si no nos hacemos estas preguntas, Carlitos es un fetiche. Pero si aceptamos esta situación y no hacemos nada con su figura para activar movidas propias, regalamos la imagen de nuestros ídolos, congelamos las apropiaciones actuales como definitivas. ¿Vamos a renunciar a Carlitos y a todo lo que representa para nosotros los bosteros?

Cerramos con Román: son infinitas las retroalimentaciones entre las formas de jugar de nuestro ídolo sobre el verde césped, nuestras movidas como hinchas por él como por otros motivos en este contexto de elitización de nuestro boquita, y también, de mecanismos de intervención urbana como el hacer banda y bancar. Y en este sentido hay un tema a considerar: la voluntad expresada públicamente por Riquelme de ser presi del club (se supone para el 2019). ¿Cómo sería un ídolo como Román, símbolo de agite, ocupando un cargo así? ¿Cómo es el encuentro entre ocupar un cargo institucional por nuestro ídolo y el hacer banda de los banderazos? De hecho, en estos años si bien existieron rechazos de nuestra parte a la mercantilización alevosa de nuestro club en la gestión Angelici, estas preguntas por la política electoral, el sostenimiento de un rechazo al Boca careta de estos años, son problemas fundamentales para nosotros los xeneizes. Y si dentro de esas secuencias sigue Román poniendo la bocha debajo del botín o no, lo veremos en los próximos años.