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domingo, 26 de marzo de 2017

¿Cómo nos va en estos días?



(Pequeño pogo desatado por Leandro Barttolotta, Ignacio Gago, Gonzalo Sarrais Alier, Andrés Fuentes, Analía Conca, Ezequiel Castro).

Volver de las grandes ranchadas es siempre insoportable. Y lo es porque el cuerpo de la resaca no se reconoce del todo –no puede hacerse cargo– de su versión desbordada y colectiva. En la vuelta convive el recuerdo de las intensidades desatadas con el impacto por el retorno a la sociabilidad cotidiana y la nostalgia por un mundo que ya empieza a ser pasado (aunque su sombra siga haciéndonos bailar).

Luego de cada recital del Indio –una saga que acompañó las mutaciones sensibles y económicas de la lejana década ganada– nos preguntamos cómo hacer para derramar esas intensidades en nuestra vida cotidiana, cómo –y si es posible– traducir lo que pasa ahí, ahí donde nos asaltan las inquietudes sobre la potencia de nuestros cuerpos cuando están juntos, donde nos contamos una historia común que ya es memoria y legado. Años de educación sensible roquera sobre nuestros cuerpos muestran que movidas como estas son nuestras fugas, pero también momentos de intensidad, momentos y lugares donde “somos más nosotros que nunca”.

Pero esta vez la nausea se envenenó y jugó en el terreno de las pasiones tristes; se conectó con lo peor de Nosotros mismos mostrando que somos portadores de fuerzas sociales reactivas que creíamos lejanas y externas. La nausea envenenada mostró una compulsiva apelación al securitismo (“Estoy bien. Estoy vivo”… sí, por la circulación de la sangre y la respiración podemos aseverar que vivís, ¿pero estar vivo no es otra cosa?, al menos eso nos enseñó Patricio Rey) y a la mala conciencia: inmediatamente luego de las noticias de las muertes se escucharon en muchos amigos y amigas críticas a “la organización” del recital, impugnación de la fiesta desmesurada que hace horas habíamos protagonizado, culpa por habernos ido al carajo y por no poder soportar esas intensidades conquistadas –o rapiñadas– cuando toca regresar a casa. La fiesta que creamos entre todos los que venimos participando de las misas –y quienes arrancaron por primera vez– para perdernos en otra temporalidad, donde aparecen otros modo de estar juntos y donde se habilitaba otro modo de experimentar una precariedad que siempre tenemos de suelo… dejó paso a un sabor agrio, se tiñó de infantilización mercantil –de pedidos de efectividad empresarial o de demandas al estado–… No, amigos, estos son nuestros espacios; los pocos modos de habitar la ciudad donde se habilitan cuidados entre nosotros no los podemos envenenar con falsas imágenes securitistas. ¿Por qué ese cuidado no se pide en los laburos, en nuestros viajes, para adentro de nuestras casas?

Leer Olavarria desde el plano de la seguridad es tener muy adentro la derechización vital –ese recoveco donde anida el macrismo–; es bajar la puerta a las pocas experiencias donde el riesgo de vivir en precariedad puede no ser pasado por el eje control-cuidado-engorrarse, sino por la posibilidad de desatar nuestras creaciones generacionales. Si allá –como en cada viaje y en cada fiesta– fuimos nuestra mejor versión, acá y desde una posición fija arrugamos. Las mismas intensidades con las que nos armamos una vida se impugnan ante cualquier amague de peligro para esa misma Vida. Una gran parte de ese Nosotros mostró que las preguntas que salieron al aire en cada uno de los acontecimientos pasados no se soportan cuando regresamos solitos a la cotidianidad. Y ese desfasaje se envidenció en el contraste entre lo que vivimos y no supimos defender y las miradas que llegaban de “afuera” interpelándonos como si volviésemos de un campo de batalla.

El peligro es justamente quedar detenido en la elaboración de lo que pasó en Olavarría hecha por las fuerzas externas a la movida (las “mediáticas” pero también las que portamos dentro de Nosotros mismos, por esos hábitos y afectos tristes... fuerzas “externas” a nuestra sensibilidad más potente pero que nos toman). No pudimos gritar colectivamente lo único que había que decir: las alegrías más intensas fueron siempre para Nosotros huesos tironeados a la muerte y a los peligros, eso enseña la precariedad. Si hubiesemos podido colgar y bancar este enunciado podríamos pensar lo necesario: la tradición de muertes silenciadas en nuestro rock, la brutal indiferencia de nuestros pares, las secuencias feas que se vivieron en el microricoterismo.

Escenas de microricoterismo indiferente o dócil se vieron varias en Olavarría (micros y combis que dejaron tirados a pibes y pibas a la vuelta del recital: derrota de los que coordinaban los transportes y se cagaron en los pasajeros, pero más aún de la mayoría de pibes y pibas que vieron asientos vacíos a su alrededor y en su desesperación por volver –ay! más ganas de volver que de seguir rajando– o por profunda docilidad y temor, no saltaron para esperar a los cumpas... Indiferencia de los que no levantaban ni cuidaban al que se caía en el pogo, o los que puteaban al Indio pidiendo que el recital siga a pesar de los caídos...).

Pero la peor derrota –y traición al Nosotros– fue lorearla. Hablar y mostrar. Exponernos. En los trabajos, con las familias, en las redes sociales. Mostrar la gran fiesta clandestina y “explicarla”. ¿Qué le importa a tu vecina o a tu jefe un recital del Indio? ¿Porque traicionamos la omertá roquera? Esta vez no fueron solo las pantallas; fuimos Nosotros que hablamos de más. Las operaciones y lo mediático pasan si hay una sensibilidad que las acepta y no las rechaza profundamente. Nos sometieron a una gran prueba de reflejos y salimos jodidos. No nos merecemos los milagros que no podemos bancar.


Sean bienvenidos todos

Nuestras fiestas (los Redondos, el Indio, los “viejos” congresos de esquina del rock barrial) fueron siempre un dispositivo de hospedaje para los heridos y los damnificados. Nunca se le negó un pequeño afecto de reconocimiento –un escabio o una puteada, nunca nada desde la piedad– a los cachivaches de todo tipo, a los socialmente indeseables, a nadie… En Olavarría –como en cada fiesta– algo se habilitó, las fuerzas rapaces del Nosotros parecieron abrir las puertas de todas las cárceles y psiquiátricos (como si la multitud festiva permitiera ocultar y perderse en ella a todos los cuerpos “escondidos” en los márgenes de la sociedad), desfilaban todos los sonados cantando juntos, los locos y desamparados, los peligrosos y perseguidos por los vecinos y la policía, los rechazados por sus familias, los que sufren discapacidades físicas, los cuerpos y rostros deformes cantando y emborrachándose. Todos moviéndose sin que ninguna mirada los criminalice y los juzgue. Como dijimos en alguna vieja crónica, “acá hay hospitalidad espontánea para la marginalidad: económica, de modos de vida, ‘biológica’. Acá estamos todos. Régimen abierto: siempre pernoctó el que quiso”.

Pero el sean bienvenidos todos sin un Nosotros robusto se vuelve un peligro. Si por un lado permite armar un mundo, una experiencia colectiva que funciona de modo concreto (armando lazos, “comunidad”, logística, organizando el viaje, bancando la movida…) en su ambigüedad permite que ingresen también los que invitados desinteresadamente –y sin pagar peaje– terminan arruinando la fiesta, atentando contra su núcleo sensible. En el “entran todos” entraron también las fuerzas sociales que hirieron de muerte a ese dispositivo hospitalario (inexistente en cualquier movimiento social o político; ninguna sensibilidad pudo soportar las fuerzas de la multitud ricotera).

Entró el extractivismo (los caza-intesidades, que les cabe la previa, sacarse un par de selfis para decorar su plataforma virtual, pero que después te dejan tirado cuando pinta el peligro), y entraron los turistas ricoteros. Un entrar entonces que ya no es conquista: y lo que no cuesta no se defiende, ahora todos los recién llegados –o los veteranos recién agilados– se sienten descuidados y desorganizados. Y nada de lo que pasó en Olavarria es secundario de cara a la disputa política con el “macrismo”. Un testeo sensible de varios días evidenció cómo nos va por estos días. Y quedamos mal parados. Pero lejos de pensar de forma pesimista, lo que pasó tiene que servirnos para hacer un sinceramiento y saber realmente con qué cuerpos, sensibilidades y alianzas contamos (es muy gratuito boquear “Macri gato” y hablar de tomar la calle, del agite político o lo que sea…).


Prudente con los gatos

En Olavarría hubo infiltrados, pero también en los recitales anteriores. Los infiltrados son los turistas ricoteros. Un turista –a diferencia de un patético viajante– no puede hacerse cargo de sus propias condiciones en el viaje y en la fiesta. El turista va a consumir una experiencia y a que nada salga mal –el mal viaje se banca solo, el mal tour indigna y reclama un 0800–. Pero los infiltrados no son solo sujetos; son fuerzas sociales que se colaron en Nosotros. Entonces necesitamos que nos organicen la fiesta y nos garanticen seguridad.

Las fuerzas que se infiltran son hipócritas: quieren el exceso festivo (van a buscarlo, quieren registrarlo, quieren “vivirlo”, buscan adrenalina y anécdota para la próxima reunión con amigos, posteos para encarar la semana laboral y recordar las mini-vacaciones del fin de semana ricotero sumergidos en la vida mula), pero después no se la bancan. Porque en el fondo fueron movidos por alegrías tristes, quedando regalados para la operación mediática posterior. Las fuerzas infiltradas son difíciles de detectar: las portan clones de Nosotros mismos, son casi iguales, pero... Pero cuando se pudre salen corriendo.

Si esas fuerzas nos infiltran y nos operan desde “adentro” (lo de Olavarría tuvo mucho de auto-sabotaje), es porque una mayoría del Nosotros condensa en los recitales la gran intensidad del año –o de cada dos años– y antes o después vive la serie incuestionable del trabajo, el parejismo, la familia y los hijos, el auto en cuotas o los ladrillos para la habitación del fondo, y los quilombos cotidianos y la amargura por la vida que se queda en el molde. Se condensa todo en el recital y después queda la anécdota eterna en el asado o las selfies o la repetición infinita del videito mal grabado y colgado en youtube. Ir a ver al Indio no es, en ese continuum, curtir un modo de vida disidente y marginal. Las formas de vida se prueban y sostienen en la materialidad de todos los días (cómo te ganas el billete y dónde lo pones, a qué te endeudas, qué haces de tu tiempo, cómo son tus días y tus noches, en dónde invertís tus riesgos y tus seguridades, qué cosas no tolera tu sensibilidad, qué hacés con tus derrotas y con tus alegrías, cuándo rajás y de qué te cagás…).

Pero sí es cierto que estas fiestas son –¿eran?– una muestra a gran escala de la mejor versión de Nosotros mismos y un tesoro sensible siempre listo si en algún momento queremos desaconstumbrarnos de la tristeza que nos rodea. Nuestras fiestas también como plenarios íntimos para plantearnos las preguntas olvidadas y silenciadas por la sociedad, aquellas que tocan las fibras sensibles, aquellas que se elaboran al calor de los agites más recordados (donde la soledad y las derrotas se vuelven agitables y politizables). Y esta intervención como continuación de esos plenarios, invitación para continuar esas preguntas en momentos en donde la fiesta ricotera parece terminarse y las preguntas se vuelven más difíciles de pronunciar.


Nos quieren muertos

Luego de las conmovedoras palabras del Indio en el recital de Tandil empezamos a velar nuestras fiestas. Aún en medio del desborde alegre del viaje y la previa, era imposible olvidarse de la enfermedad del viejo. Pero ese final cercano parece haberse acelerado y de la peor manera. A lo largo de todos estos años fue común ver las réplicas de los recitales en la pantalla (678 musicalizado, duro de domar, programas de TN) pero si en esos casos se trataba de captura Política o de mera estetización, esta vez el manoseo en la pantalla vino desde peores lugares.

Pero una vez más, más acá de la criminalización mediática y la movilización total de odio sobre nuestros cuerpos, estuvo nuestro autoboicot. Un sabotaje no planificado contra Nosotros mismos, sumado a la indiferencia frente a lo que pasó (lo que también constituye un modo reactivo de habitarlo) y la impotencia de los miles de Nosotros que quisieron o quieren expresar otra perspectiva (pero cuyas voces no se oyeron en el atolladero de palabras y textos y testimonios de los días posteriores al recital).

Si en algo se asemejan Olavarría y Cromañon es en los odios posteriores que desataron. Nos quieren ver muertos. Quieren que nos salga muy caro haber rajado lejos de acá. Las fuerzas anti-todo hicieron máquina con nustro lado oscuro (aquel que se arrepiente en la vuelta, aquél que pide seguridad y se muestra disponible para ser “operado”). Una alianza negra entra esas fuerzas sociales que rechazan la fiesta (las mismas que en gran medida colocaron al Gato blanco en el palacio) y lo que somos cuando recuperamos la forma humana y no bancamos los recuerdos del agite.

Ahí nos cogío la normalidad y el securitismo y el juicio de la mala conciencia (“pero no andaban los celulares eh”, se queja el mismo que conquistó esa inmensa y necesaria desconexión...). Y ahí le hicimos el juego a la derecha afectiva y libidinal, nos mostramos también enfriados. Nos autosancionamos y no nos bancamos lo que teníamos que afirmar. En esta sensibilidad surfearon los que siempre nos van a esperar muertos. Los que experimentan el goce y el morbo cuando nos pueden buscar en una lista de hospital. 

Porque no se bancan lo que agitamos y sólo nos pueden alojar quietos. Una sensibilidad colectiva que hace años se viene moldeando, donde la muerte o el control son los modos de enfriamiento de cualquier imágen de intensidad que la puede poner en duda y desbaratar sus pequeños mundos. Y muchos de los que expresaron públicamente sus odios son los que se dicen de “izquierda” o “progres” o “militantes”, no nos olvidemos de los que nos odian, por favor (ahí está el que pone una foto de Spinetta con un cartel de apoyo a los docentes en la época de la carpa blanca y olvida que es el mismo que dijo que Cromañon es producto de “cerebros infraalimentados” y ahora repite la farsa y habla de “mala organización” y de la imprudencia de los que van a los recitales cuando se dice militante y no puede organizar y controlar un barrio, un aula o un espacio de trabajo o, peor, cuando habla de militancia juvenil… Son los mismos que permanentemente administran cuáles son las muertes políticas y cuáles no, si murió de sobredosis no garpa como muerto querido...).

Pocos parecen dispuestos a bancarse esas intensidades y agites, pocos parecen querer moverse para aliarse con fuerzas rapaces y marginales. Por eso nos quieren ver muertos. Es la única manera de alojarnos: como víctimas (porque esas mismas vidas en vida importan una mierda).

Olavarria dejo un registro de las sensibilidades y fuerzas con las que contamos. La derechización vital esparciéndose y haciendo combustión por toda la ciudad, como necesidad de congelar la fiesta y las fuerzas que pueden desbaratar los equilibrios diarios. Nadie dudaba de lo que dijeron los medios: porque lo mediático no es pescado podrido de un par de empresas, son las fuerzas que necesitan fijar las intensidades que nos recorren y leerlas bien lejanas a nuestra vida. Los medios surfean esas pasiones tristes, no las construye… sino a todos los cuerpos de roqueros o ex-roqueros no les hubiesen entrado tan ingenuamente las noticias.


Me acordaré toda la vida de vos

En la histórica conferencia de prensa del año 97´ el Indio saltó por Nosotros. Gafas negras, cigarrillo en mano, rodeado de la banda apunta al sótano oscuro de la sociedad y dispara. Ahora, veinte años después, nos toca a Nosotros salir a defenderlo. Dejarlo sólo sería traicionarnos de la peor manera. Lo dicho, “Indio fue el médium privilegiado de Patricio Rey; y gracias a ese encarnizamiento en el pelado tuvimos años de excusas de masas, años en donde la mejor versión de nosotros mismos se pudo mirar a la cara, años de más para pensarnos embriagados en acontecimientos multitudinarios. Esta fiesta, esta magnitud a escala no humana –hipódromos, autódromos– fue nuestra por invocación pero tuya, querido Indio, por ganas vitales de querer ‘todavía’ mover el culito arriba del escenario”.

Axioma trascendente II: Se sumerge a un redondito en agua; si el redondito no es brujo, se ahoga. Si no se ahoga queda probado que es brujo y es condenado a la hoguera y a renacer de las cenizas...”, disparaba Patricio Rey allá por 1986. Y algo de eso sigue insistiendo. Siempre hay alianzas posibles para inyectar de vitalidad el Nosotros y hacerlo perdurar en el tiempo, o hacerlo renacer. También llevamos las marcas de esos segundos nacimientos, la historia de las complicidades que dan aire y amplían el margen.

El ricoterismo –que son los redondos pero también las giras del Indio, que se llenaron de pibes que nunca habían visto a los redondos– específicamente sabe de complicidades y encuentros capaces de neutralizar la alianza oscura de las mayorías antifiesta y también, como se dijo, la alianza sutil entre esas fuerzas y partes de nosotros mismos. Sabe porque ese ricoterismo lleva tatuada –mal que les pese a muchos– la memoria sensible del aguante que supimos parir en los momentos más oscuros de nuestra generación.
Aguante que siempre fue para Nosotros invención en la precariedad –y allí el rock fue la gran alianza– y no solo testimonio de agites pasados o entradas de viejos recitales enmarcadas en el living adulto. Aguante nunca fue el nombre del saber de ex combatientes, sino la destreza –y todo el tesoro– de una generación condenada –y habilitada– para moverse en la precariedad.

Tesoro que se invoca en la complicidad entre los viejos cuerpos roqueros, los que se la siguen aguantando -los que seguimos afirmando nuestros berretines- y los hermanos menores, los pibitos y pibitas que se suman a la movida desde sus pliegues más intensos, aplicando mística y también autoorganización.

Desde este escenario actual, vuelve de aquella conferencia de Olavarria del 97 una reflexión del indio donde pedía que era hora de “recuperar el ánimo y reencontrarse con los afectos más íntimos”. Ese también puede ser el llamado de hoy: el reencuentro con los afectos alegres, con la vitalidad y el agite que siempre está a mano y al mismo tiempo siempre por inventarse, esta vez con coordenadas más cifradas, con nuevas clandestinidades por conquistar, y nuevos misterios, apostando siempre por el cuerpo a cuerpo y por esos pogos masivos que aún restan por bailar.


sábado, 23 de enero de 2016

Mercados afectivos: contra la crítica ortiba y el peligro del vicio en el juego

















 1-               La crítica ortiba

Las multitudes que juegan en Argentina se explican por mutaciones en las posibilidades de ingresos de los últimos años: bolsillos suculentos bancan la joda. Dinero líquido, porque a los bingos se va con efectivo; ahí no hay tarjeta que valga. Hay miles de estrategias para capitalizarse, pero todas terminan con el mismo final: papeles de colores en las manos.

Primera mutación entonces: mayor flujo de guita. Pero hay otro cambio que hay que atender: el derrumbe del ascetismo. No importa gastar plata para jugar. No hay culpa. Apostar en las salas es la caída del último bastión de una cultura del ahorro y canuta para los gastos. Porque se puede gastar en diferentes tipos de consumo, pero jugar… es casi como tirar la plata. Más todavía si las salas están diseminadas por todos los centros urbanos y ya no se limitan a enclaves turísticos. Se potencia la frecuencia del juego; en Argentina son muchos los que juegan, y varias veces (ver: http://www.losutil.blogspot.com.ar/2015/02/tranquilossolos-y-entretenidos-un.html)

Más allá de estos cambios éticos que mencionamos, ante la mirada negativa que recae sobre la timba generalmente, se entiende que muchos jugadores sientan algo de vergüenza. Jugar todavía tiene algo de tabú. Vemos según los días y horarios –en la semana por las mañanas y las tardes por ejemplo- a la gente entrar y salir rápido de las salas, o cuando fuman en la calle se ponen de espaldas por si alguien que pasa les ficha las caras. Un culto a la intimidad y lo clandestino.

El rechazo al juego se dibuja en diferentes direcciones. Por un lado, una crítica a la racionalidad y capacidad operativa de la gente en el manejo de sus presupuestos: se malgastan los ingresos en vez de cubrir otras necesidades de primer orden. Otro punto es la crítica a la desintegración social: la timba empuja a las peleas familiares, desinterés por el trabajo, enfermedades mentales. Por último, la critica moral: las recaudaciones de las apuestas en las salas son parte de un financiamiento espurio de la política.

Discursos que emanan de iglesias y doctrinas diversas, funcionarios y organizaciones sociales, intelectuales ilustrados, y muchos laburantes también.  Se busca un bloqueo del deseo por jugar. O al menos una merma: muchos no reniegan de la timba binguera, pero sí de su intensidad; disponible a todo momento y lugar, se convierte en una tentación difícil de escapar.


 2-               El peligro del vicio

Ante esta mirada bardera muchos jugadores nos explican que su gasto es igual que cualquier otro: comprarse un pantalón o ir a comer afuera. No hay culpa. Pero sí una responsabilidad estratégica: no gastar de más. Jugar es una pérdida de dinero controlada en el marco de un presupuesto ya establecido como posibilidad de entretenimiento.

Pero cuando esta responsabilidad falla hay una culpa muy fuerte. No por gastar, sino por no controlarse. Gastar de más es a lo sumo un problema de gestión, pero gastar sin pensarlo es un drama que pone en jaque la estructura personal de quien juega. Los jugadores –no los que van a jugar de vez en cuando, sino los apasionados por la timba- reivindican ir a las salas pero siempre sobrevuela sobre sus cabezas un miedo crónico, casi un terror: el vicio.

El jugar moviliza pasiones intensas que se definen en diferentes umbrales. De un jugar tranqui, se pasa a otro escalón de episodios momentáneos  de un rapto voraz –fugar a la casa a buscar más efectivo, mandarse a sacar guita de un cajero-. Pero llegado el caso se ingresa a un remolino donde el deseo indómito se hace costumbre. De eso hablamos: la costumbre de jugar que antes era un hábito más, ahora es la vida misma. Se vive para jugar.  Por eso es una experiencia patológica: se pierde la capacidad de reconfigurar la propia existencia viéndose arrasado por una intensidad que no se puede controlar y se padece como negativa.

Hay controles para ese secuestro anímico constante. El típico es el trípode que ofrecen las propias casas de juego y el sistema médico oficial: medicación, y atención sicológica individual y grupal. Al margen de que los jugadores acudan o no a este tridente terapéutico, existe el mecanismo de la autoexclusión. El propio apostador pide que no lo dejen ingresar a las salas. Entrega una serie de fotos personales para que las cámaras del bingo en caso de que lo registren entrando, lo echen. Pero muchos jugadores buscan evadir el sistema autoimpuesto: usan pelucas, anteojos negros, o se tapan la cara con un diario. Somos testigos de la lucha interna de querer algo que no se quiere querer, pero que sin embargo se ama.


 3- Ingresos y gastos no declarados.

¿Cómo entender las derivas del deseo sin caer en el discurso ortiba ni tampoco ser indiferentes al tema del vicio?

Hay una dimensión que no se calcula cuando se concibe el acto timbero. Jugar no se limita a gastar dinero con sus respectivas pérdidas ganancias. Hablamos de gastos e ingresos no declarados. Estos movimientos son los más importantes -y los menos visibles-. ¿Qué queremos decir? Que nuestra existencia se explica por un intercambio de experiencias con el mundo. Somos el devenir de ese intercambio. En ese comercio a veces ganamos en capacidad de acción, y otras perdemos. Las derivas de esa economía política y afectiva explican la otra, la de jugar. Las fuerzas que se despliegan y sus diversas dinámicas en el mercado existencial que nos definen, son las que brindan valor estratégico a la acción de apostar.

El discurso ortiba es miope a estas experiencias. Por ejemplo: si una mujer sale del laburo y no va para la casa sino para el bingo, además de las chirolas que ponga en la sala, hay que ver como tensiona todo un abanico de expectativas familiares que la agobian. Más allá que gane o pierda apostando, su gasto permite un ingreso que abre su autonomía como persona y le genera una bocha de ganancia en tanto fortalecimiento de sus estrategias vitales.

El vicio tapa ese intercambio también. El vicio implica un gasto de billete importante; mucho para el que tiene, mucho para el que no tiene. El gasto no es apostar banda en poco tiempo, sino hay otras pérdidas a considerar: mutar en un fantasma. El precio por jugar son los billetes que pone en la máquina, pero también las personas que ya no le creen y le tienen bronca por haberles mentido mil veces o robarles sus objetos y empeñarlos (ver http://www.losutil.blogspot.com.ar/2015/09/juego-y-lenguaje-una-aproximacion-al.html). Un paria sin dinero, propiedad, ni amistades. Incluso puede sufrir desde agresiones en su cuerpo hasta el caso de perder la vida, sea por prestamistas calientes por deudas impagas hasta suicidios producto de la desesperación de sentirse en el abismo (garpando así un precio total, la pérdida radical de su propia existencia y todas sus posibilidades de vida).

Al mismo tiempo muchas pérdidas pueden tornarse en ganancias. Momentos jodidos para el apostador devenido en vicioso donde su sensibilidad se endurece y forja un espíritu aguerrido que se banca la intemperie. Un autogerenciamiento como fuerza y capacidad de regeneración luego de quedar tirado que no despreciaría. Despliegue de una terapéutica propia, la mayoría de las veces al margen de las estrategias médicas oficiales.

No olvidemos una pérdida fatal: hay casos donde si alguien se desplaza un margen del vicio por doblegar sus pulsiones, se activa un efecto disciplinador muy fuerte que genera una repulsión al deseo de jugar. Como en la “Naranja mecánica” de Kubrik donde el protagonista luego de una serie de torturas al escuchar a Beethoven ahora enloquece cuando antes lo fascinaba, ocurre igual con el jugador: odia y siente culpa por aquello que más amaba.

En este punto se encuentra la crítica al relato ortiba y al vicio: nadie niega la explosión del deseo como estrategia que padece el jugador, pero jugar es una pasión genuina que nadie puede moralizar. Es un problema el vicio para los jugadores, es cierto; pero dejar de jugar también.


 4-               Mercado erótico y las series del deseo

Decíamos: el deseo es estratégico. Para comprender esa estrategia hay que reconocer la economía erótica de sus movimientos y los diferentes balances de ingresos y gastos que se efectúan, nutriendo o dejando anémicas según el caso diferentes valoraciones de la vida. Movimientos que se dan en diversas series: por un lado la propia sala de juego; por otro los diferentes ámbitos de nuestra vida –laburo, pareja, barrio-; y el funcionamiento de la sociedad en general. Series organizadas en tendencias comunes, calcificadas en espacios y temporalidades precisas, formas de estar con los demás y con uno mismo, por las cuales no deja de haber transformaciones e impasses varios.

La hibridez de estas series y su interconexión nos imponen ambivalencias como las siguientes: un cuerpo fundido por el traqueteo diario, apuesta, pierde una buena moneda, pero pierde existencialmente en tanto se somete a todo un sistema de entretenimiento que opera como un pasaje más de su rutina sin problematizar sus condiciones de vida. Pero también al jugar puede perder una buena moneda, pero gana en una tanto absorber toda una energía indispensable para vivir, y por qué no, un posible insumo para afrontar secuencias en su barrio, laburo, o experiencias políticas vinculadas con la gestión estatal de la vida, e incluso de antagonizar con la organización del bingo y las formas de apostar.

Mas allá del escenario específico del juego y las salas, no tiene sentido bancar de una el congelamiento de los pulsos deseantes de una vida ortiba, ni el agite del derroche como vida boba. En el mapa que trazan los diferentes mercados eróticos en todos sus recovecos y vasos comunicantes, debemos sondear para descubrir nuevas valorizaciones de la vida, buscando apropiaciones copadas, mecanismos de fortalecimiento de esos estados en situación más embrionaria, y no de razonamientos formales como premisas desvitalizadas que intentan luego pasar a una acción que se presume rebelde.


lunes, 21 de septiembre de 2015

Juego y lenguaje

Una aproximación al concepto de Vendehumo




1-  Estrategia

Vender humo es estrategia pura. Se sabe lo que se hace; se sabe lo que se busca.  El vende humo no es el bipolar o el colgado: dice una cosa y hace otra pero no porque cambió de opinión o se olvidó; sabe desde un principio que no dice la verdad. Se vende humo por que según las malas lenguas, jugar no es bueno; nadie va a dar crédito a un jugador. Hasta muchos de ustedes los jugadores ven mal, por ejemplo, pedir plata para jugar (“los vicios se los banca uno”).

Los jugadores venden humo para dotarse de toda una serie de posibilidades que su rutina inmediata no se los brinda. Jugadores a los cuales le quedaron flacos los bolsillos este mes y tiene que salir a vender humo para conseguir recursos y seguir jugando; jugadores que tienen que rendir cuentas por los horarios en diversos ámbitos de su vida –su casa, un trabajo- y venden humo para estirar el tiempo; jugadores que necesitan aplazar la entrega de dinero adeudado a una persona de confianza que lo reclama–familiar, amigo, compañero de trabajo, vecino- o eventualmente de un grupo de prestamistas que lo vienen acosando, requiere vender humo; en algunos casos, donde ya el jugador no es de fiar, terciariza la venta de humo en otras personas que supuestamente están en condiciones de trasferir una dosis de confianza a los demás.

En conclusión: vender humo permite una capitalización de la potencia del jugador en recursos económicos, tiempo; bancar las condiciones de acceso y permanencia al bingo; por último, una fuga para delante de situaciones complicadas.


 2-  El signo como entidad humeante

¿Qué significa que la palabra sea humeante? Que se habla de algo que no existe. No hay correspondencia entre lo que se dice y lo que pasa. El humo no existe: es algo que está ahí, se ve, pero si te acercás y lo tocás un poco, se esfuma. Pura forma, nada de contenido.

En verdad, no es que no exista, porque si no, no convencería a nadie. Algo es. ¿Qué es? En primer lugar, puede que el humo tome elementos de la realidad, pero exagerados y distribuidos astutamente (cuando digo realidad, hablo de la consonancia entre el conjunto de casilleros perceptivos y las cosas que se adaptan a ellos ya previamente etiquetadas performativamente por los mismos).

Pero apunto a otra cosa. Cuando decimos humo hablamos de la potencia de las palabras. La hibridez del humo es la capacidad creadora de la lengua puesto en acción. La palabra no es solo estado sino proceso que hace nuevas formas. Desde la rutina concreta del jugador, gracias al accionar humeante de las palabras, se desplaza su existencia hacia otra coyuntura.

Una última cuestión: la relación que entabla el vende humo con la tecnología. La tecnología permite desligar la relación en vivo, de un territorio compartido cara a cara, reemplazándolo por un terreno virtual. ¿Quién sabe si lo que expone el montaje es lo que da cuenta ser? Me comentaba un laburante de un bingo que con los compañeros de la caja se reían de cómo había gente que llamaba a la casa por teléfono y decía que estaba complicado con el tránsito, de que le habían robado y estaba en retrasado en la comisaria, que había quedado en medio de un accidente y estaba ayudando… Esta multiplicación de la presencia y lo incomprobable de su enunciado, beneficia la estrategia humeante. No hay dudas. Pero todo expresa sus límites: exceptuando el timbre de la voz en un llamado, la redacción de un mensaje, el vende humo pierde la referencia de la gestualidad de sui interlocutor, nublando la chance de saber cómo se recibe su creación: si es creída o no, si hay que ajustar alguna pieza de su humeante discurso o dejar todo tal cual… 

El acto de vender humo deja en evidencia que el lenguaje es un medio para fabricar sentido en el marco de una estrategia. Se desborda cualquier dualismo o centralidad totalizante que proyecte valoraciones linealmente; sentimientos o ideas, presencia virtual o real, formato lingüístico o imaginal; todo es parte del mismo continente: vender humo.


 3-  Los dotes del vende humo

La eficacia de la palabra no depende de ella misma exclusivamente. Vender humo necesita de ciertos dotes. Acá van algunos…

Carisma y seducción. El vende humo es simpatía pura. Gran facilidad para llamar la atención e ir tejiendo una buena onda que le permita caer bien. Si cae bien, la repercusión de sus palabras ganan en su valor de veracidad.

Ser astuto. Saber que piensa el otro y por donde hay que entrarle; entender qué decir en el momento justo y dar un golpe si es necesario pero sin exagerar; estar atento al mínimo pliegue de una arruga y todo aquello que pueda indicar la más mínima desconfianza. El vende humo: un maestro en la traducción anímica de un rostro.

Imaginación. Vender humo requiere de una gran capacidad narrativa. El concepto maradoniano de “Tocuen” -cuento- viene en cuestión. Crear personajes, tramas, desenlaces de una historia, no es nada fácil. Mucho menos replantear los términos de la historia ante bruscos cambios de panorama o lo irrupción de reproches inesperados.   

Audacia. No tener vergüenza –como muchas veces le achacan-. Ser lanzado y mandarse a tocar el timbre de un vecino, encarar a un jefe o amigos de la pareja… Seamos sinceros, son movidas que apichonan a cualquiera. Pero el ansia de jugar lo puede todo. Por eso, vender humo en muchas ocasiones expresa un coraje casi heroico, un triunfo contra las inhibiciones de la culpa provocadas por la coerción social.

Los dotes del vende humo hacen al juego; al vender humo, ya se juega. Enfrentarse a obstáculos, imaginar posibles fantasías, tonos de voz y gestos, quienes serán las víctimas de turno, victimas factibles de convencer… Ya hay todo un mundo de sensaciones y habilidades puestas en marcha que es imposible que la pensemos por fuera del acto de jugar. Para el jugador vicioso, donde ser vende humo se transforma en una máscara indispensable, toda la ciudad se trasforma en un bingo. El bingo para el vicioso es una sala dentro de ese gran casino que es ahora todo su mundo.


 4-  Intercambio y reglas de eficacia

Las palabras humeantes expresan un valor. Mejor dicho, un doble valor: por un lado son pura potencia, cosas con las cuales se hacen otras cosas –capitalizarse en tiempo, billetes-. Por otro lado, las palabras valen si son confiables. Si no son de fiar no sirven porque no permiten que fluya su otro valor: crear nuevas dimensiones prácticas.

Explotar la potencia productiva y la confianza de las palabras es multiplicar otros capitales del jugador. Esta explotación se da en el marco de un intercambio. Intercambio que arma sus posiciones y sus tasas de beneficio correspondientes en el marco de la arena social. Cada persona que vende humo ocupa una trinchera en la lucha de clases, géneros, y generaciones. Sus estrategias debemos valorarlas y entenderlas en este contexto. Sabemos que  para el vende humo el otro es un medio para conseguir lo que necesita, indiferente por su devenir mientras él consiga lo que busca. Indiferencia que se juega en dos planos. El primero: un extractivismo que esconde los términos del pacto; la guita nunca va a volver y se usa para jugar. El segundo: un desplazamiento de un agobio producto de una relación opresiva; el caso de muchas mujeres adultas sin dinero y/o tiempos que deben marcar tarjeta con sus parejas. No quedan dudas: toda venta de humo se juega valorativamente en clave estratégica, irradiando diferentes sentidos según corresponda.

Vender humo es una práctica que se rige por reglas de eficacia muy claras. La palabra como humo es un capital donde su valor radica en que multiplica otros capitales; que no merme su valor como creencia se torna un objetivo imprescindible.

Algunas leyes rigen los principios de la estrategia humeante.

Serán más bajas sus posibilidades de éxito cuanto menos creíble suene y cuando su situación sea más complicada y más sacrificios se demande al que se busca engatusar. Será más favorecido en cambio cuando su confianza esté en alza y el escenario lo beneficie y no perjudique tanto a quien es demandado.

El vende humo debe luchar contra las exceptivas de los demás, muchas de ellas estereotipadas. No es lo mismo un flaco que laburó todo el día en un taller que se manda a jugar con las manos y la ropa llena de aceite, que un médico; no es lo mismo una mujer grande con aires de señora, que una con pinta de gato. Básicamente cuando se busca vender humo a personas que no forman parte de los anillos de conocimiento cotidiano, esta lucha contra las clasificaciones establecidas es un punto a considerar sobre el capital de confianza que posee cada uno.

Pero las estrategias del vende humo son tan plásticas que son capaces de traficar como positivo un prejuicio negativo. Una mujer bien puesta que se presenta en un kiosco llorando porque le robaron y no tiene plata para pagarse un remís, o que va a tocarle el timbre a un vecino para pedir por un remedio carísimo que es imprescindible para su hijo, aprovecha su imagen y la explota hábilmente. Ante la representación de que una mujer es buena y honesta, la jugadora se aprovecha de esa confianza y la traduce en dinero para jugar o volverse a su casa después del bingo porque efectivamente se quedo sin nada y puso todo en las máquinas.

La creencia en las palabras se expresa en intereses: si es baja más esfuerzas tendrá que hace el vende humo, y si es alta, menos intensidad tendrá que ponerle. De ahí que el humo exprese una densidad; en algunos casos la mentira es más gruesa, en otros no tanta; en algunas casos se necesita tirar con todo y golpear fuerte la sensibilidad del posible comprador ante su evidente indiferencia, como en otras situaciones, se confía ciegamente. El vende humo sabe cómo moverse: es un artista inspirado, un artesano de mitologías; pero también es un cirujano, un mariscal de la palabra.

Además de los vaivenes de la confianza y cómo el vende humo retuerce su imagen pública en diferentes coyunturas, es importante considerar qué tipo de sacrificios pide el jugador humeante; podrá haber mucha confianza de antemano, pero si se pide en cantidad difícil que se lo den. La magnitud del monto luckeado es una variable fundamental. A un vendehumo capaz que ya nadie le cree, su humo ya no es vendible, pero le tiran una limosna. Se sabe que la moneda que pide no es para la que dice, ya varios lo junan, pero igual se la dan –para sacarse un denso de encima o por que le tienen lástima-. Pero al momento que se manguee demasiado, difícil que se le suelte chirola alguna.


5-  Fantasmas: entre la potencia y el estado
Al vender humo somos nuestra obra. Y cuanto más ocupe un lugar central en nuestra existencia el acto de vender humo, más todavía nuestra vida será nuestra obra. Vender humo: un acto de pura autoreflexibidad. Cálculo de qué somos y qué necesitamos, cómo nos mostramos e interpelamos a los demás. Hay una distancia donde el vende humo sabe que lo que dice no es cierto. Requiere de múltiples memorias para recordar qué dijo en qué momento, a quien, por qué motivo, que prometió… El recuerdo es un gran barullo si no se sabe ordenar. Clasificación que es bastante cansadora por cierto. A propósito, se abre una pregunta ¿Habrá veces que nos vendemos humo a nosotros mismos? ¿Hasta qué punto estos mundos imaginarios que abrimos no nos terminamos creyendo que somos eso que decimos que somos?

Pero además de la mentira como falsificación hay algo más importante que les pido tengamos en cuenta: no podemos naturalizar las condiciones de emergencia del vender humo. Quiero decir que no alcanza con saber que lo que decimos no es cierto, sino que las propias condiciones de veracidad de lo que expresamos y hacemos ya de por si se edifican en una ficción.  La crítica del vende humo no radica en soplar la espuma de sus palabras para que surja la verdad de lo que somos. Mas allá de que nos envuelva o no el humo que vendemos, nuestra constitución como deseo y devenir desbordan ser vendedores de humo. Vender humo es una forma de ser y estar en las ciudades que según la hipótesis que sostenemos en estas líneas, hoy se torna indispensable. Una forma que fue constituida y que puede desaparecer si mutan sus condiciones de posibilidad.

Se abre una paradoja: más encerrado en la ficción de ser un vende humo, más se petrifica en el estado en el cual nos fijamos actualmente. La situación extrema de lo que les comento es una persona carcomida por el vicio de jugar y que hace del acto de vender humo un dispositivo central de su vida. Vender humo como estrategia queda por fuera de toda moral, en especial en una situación de vicio. Se devora lo que sea, no importa nada. Pero hay un mandamiento que queda en pie a rajatabla, imposible transgredir: jugar. Convertido en una aspiradora de recursos y buscando sostener un mundo ficticio cada vez más evidente, ya nadie les cree. Explota lealtades y confianzas de relaciones cercanas, sea familiares, amistosas, laborales. Detona relaciones en mil pedazos, implosiona todo. Su palabra pierde todo valor. Y una persona a la cual no se le puede dar ningún valor a lo que dice, es un paria. Al evaporarse la confianza, ya nadie le da ninguna entidad. Alguien arrojado a la descreencia total se trasforma en un fantasma. Ser fantasma es un estado de latencia, puro proyecto que no se proyecta en multiplicidad de vida sino en un estado fijo, de jugador, lo que casualmente lo hace fantasma. Es pero no es. Una presencia sin ser.

Este estado fantasmático es una potencia encerrada en lo mismo. En lo mismo es una aspiradora de dinero y fijación en una autogestión frenética donde el jugador es jugador y nada más. Todas sus actividades vitales se encolumnan tras el acto de jugar. Pero es potencia. La fuerza de armar mediante la palabra humeante mundos ficticios rozando el delirio total, es una intensidad imposible de desconocer. Desde esta ambivalencia me pregunto por una liberación de esta potencia de su encierro en lo dado y por el desafío de armar otras experiencias: ¿Cómo liberar la energía humeante de la petrificación que la orienta una y otra vez al mismo lugar? Preguntas importantes porque pensar cómo opera la venta de humo en el juego nos permite obtener una radiografía que excede ese ámbito. Hoy por hoy, sin venta de humo, no hay economía ni vida urbana posible.




domingo, 31 de mayo de 2015

Pedagogía erótico-mercantil
Notas sobre máquinas tragamonedas y aprendizaje





1-    Intro

Este ensayo es la segunda parte de una serie de investigaciones sobre los bingos y las máquinas tragamonedas. La primera parte está acá  http://www.losutil.blogspot.com.ar/2015/02/tranquilossolos-y-entretenidos-un.html. La pregunta que me movilizó para escribir esta segunda entrega es más o menos la siguiente: ¿Cómo gestionan los jugadores su estadía en ese espacio sagrado que es un bingo? ¿Cómo hacen para saber lo que hacen ahí?

La pedagogía es el arte de conquistar un lugar en el mundo y nutrirse de él. Saber organizarse, sumar poder. Los jugadores diseñan una pedagogía; un saber vinculado con la producción de conocimientos y la organización de su alegría. Históricamente el juego y el conocimiento fueron por carriles opuestos. Lo culto, no es juego. Y si lo es –como vemos en muchas acciones pedagógicas contemporáneas- es una mera forma, un atajo divertido para adquirir un determinado tipo de contenido –lo realmente importante-.

Si bien los bingos se publicitan en la arena pública por carteles callejeros, camisetas de fútbol, algún programa televisivo, su fuerte es la estrategia de propaganda más poderosa de todas, basada en la confianza de quien enuncia: el boca en boca. Aunque varios jugadores se acercan a las salas directamente, seducidos por lo que habrá. Las casas de juego son edificios de estructuras monumentales, que no dejan ver nada en su interior. En el fugaz abrir y cerrar de sus puertas, se vislumbra un mundo desconocido que por su misterio, seduce. Ya en su interior, hay diferentes invitaciones para destacar algunos juegos por sobre otros: de pozos acumulados en los cartones a tentadoras promociones de maquinitas.

Pero lo que me interesa contarles en este punto es que la acción del jugador como consumidor no es simplemente la de apropiarse pasivamente de la experiencia tan deseada de jugar a partir de la seducción publicitaria. El jugador trabaja intensamente por ella. El jugador hace situación tanto frente a la máquina al jugar, como en la búsqueda de la máquina correcta, la que dé ganadora (también para conseguir dinero para jugar, por ejemplo, bajo la estrategia de la venta de humo, pero eso lo voy a trabajar en otra oportunidad, por ahora me quedo con estos dos niveles).


2-    En la sala

Las maquinitas le piden al jugador habilidad y ser amigo del azar. Sobre la habilidad, ese aprendizaje es directo, no existe una mediación de una autoridad que explica con respecto a una realidad a conocer. No hay transmisión: el jugador se empapa de conocimientos directamente en su hábitat. Es cierto que muchas veces recibe la ayuda de empleados, amigos, o mirando otros jugadores, pero en general, aprender a jugar es algo muy fácil que no requiere de una gran explicación.

Dijimos que la maquinita es un juego azaroso. ¿Y qué hacemos frente a la suerte? ¿Si toca, toca, o el azar se busca? Llamar a la buena suerte es una habilidad específica. Para encontrar una buena máquina, muchos jugadores hablan de saber encontrar el momento. Buscar la mejor oportunidad para acercarse al triunfo. Algunos procedimientos: los jugadores se quedan parados mirando largo rato si una máquina da premio o no, y según del tipo que sea, se calcula si dará o no ganadora al toque.  Otra: los jugadores siguen sus sueños e indicaciones que puedan aparecer en los mismos –que según el caso, pueden hacer que se levanten de la cama en plena madrugada y se vayan para el bingo-. Más estrategias: volver a una máquina que dio ganadora alguna vez, para repetir por cábala.

Les comento algo sobre la estrategia del cálculo. Una máquina es promesa de liquidez. Al observar si las máquinas dan ganadoras o no, hay un razonamiento individual de las probabilidades de conseguir dinero. El jugador fabrica hipótesis sobre las posibilidades de una máquina de dar un buen billete, y apuesta. La sala de juego se transforma en un gran paisaje de signos: ver las máquinas, las reacciones de los otros jugadores, el palpitar de las pantallas, ir p un lado, ir para el otro. Se requiere de un tanteo bastante avispado: una sostenida atención a las señales de la sala, como aprovechar la oportunidad para mandarse y obtener lo tan anhelado. Si bien el bingo es un lugar silencioso, no hay mucho diálogo entre los jugadores, sí hay una intensa lectura de lo que hacen entre sí. Y las interpretaciones conseguidas se guardan en secreto. El dato como conquista es exclusivo del jugador. Es así por que el jugador es su propio equipo. Si comenta su verdad, pierde.


 3-    Frente a la máquina

Les pido que dejemos las fórmulas para abrazarse a la máquina ganadora y vayamos ahora con la seducción del azar ya frente al artefacto. Las personas se persignan,  besan los billetes, colocan estampitas de todo tipo –de Cristo, Gauchito Gil, vírgenes diversas-, raspan la pantalla con piedras especiales o introducen azúcar y mirra en la máquina –elementos que supuestamente transfieren energías positivas-, o acarician la pantalla y exclaman consignas del estilo “dame plata, dame plata”.

Tanto en el caso de amigarse con el azar para elegir la máquina tocada o estando ya frente a frente con la misma, los diferentes procedimientos manifiestan diferentes paradigmas de conocimiento: desde los matemáticos para calcular probabilidades, como los esotéricos de apelar a inspiraciones oníricas o entidades religiosas. Queda claro que no hay contradicciones entre estos tipos de saberes; este cocoliche epistemológico vale o no en tanto aumenta la capacidad de acción de los jugadores y sus estrategias para ganar en un entorno específico como es una sala de juego.

No nos olvidemos de las estrategias de los jugadores para aguantar frente a las máquinas. ¿A qué me refiero? Quizá la situación lleve a que se deba estar mucho tiempo jugando, por ejemplo, en una máquina que por algún motivo se considera que dará ganadora. Estar horas y horas ahí sentado implica una preparación. Y estar preparado puede ser desde comer bien antes de ir para el bingo, como también, ir con pañales, para no dejar la máquina libre cuando va para el baño, dejando regalada la maquinita a otro jugador que se puede quedar con el premio que está por caer.


 4-    Ambivalencia

Existen diferentes estratificaciones entre los jugadores y sus conocimientos; algunos conocen más los códigos que otros. Un aprendiz se puede sentar en una máquina que acaba de dar ganadora, mientras que otro más curtido ya sabe que sentarse ahí y prender fuego sus billetes o tirarlos en un tacho de basura es prácticamente lo mismo. Que se vayan incorporando conocimientos depende de que cada jugador se vaya haciendo en la sala, o podrá quemar etapas, por ejemplo, por el boca en boca con cocidos que también jueguen.

Pero hay un tipo de saber que es especial: ¿cómo sacarle plata al bingo bajo las reglas exclusivas del jugador? Vimos algunas: raspar la pantalla con una piedra mágica o meter sustancias a la máquina como azúcar o mirra.  Bajo las reglas de las salas, todo esto está prohibido. No solo porque estropea los artefactos, sino también porque una máquina con la pantalla rayada para un jugador ya fogueado, está mufada. Ya nadie se va a sentar ahí.

Esto es interesante: el bingo se mueve sabiendo y aceptando una regla extraña. De alguna manera, tiene que jugar en un terreno que es de otro, acomodándolo y poniéndolo en su lugar, es cierto, pero interviene en un espacio ajeno. Ajeno pero dentro de él. Y sorpresivo, porque lo que pueda surgir de una sala de juego, donde, como, cuando… difícil saberlo.  Acciones que no invalidan la participación de algunos actores del propio bingo. En Palermo dos trabajadores fueron detenidos por estafas. Se asociaban con jugadores y les daban copias de tarjetas vip, lo cual, para explicarlo rápidamente, favorece la posibilidad de ganar. Tras jugar, si había éxitos, se repartían el dinero.

Dentro de la dinámica donde cada jugador gestiona sus placeres, este movimiento deriva a veces en anomalías; los jugadores se apropian de las normas del espacio, las retocan y juegan a su manera. Se expande su soberanía con nuevas reglas para operar desde las reglas ya existentes. Se desplaza de la autonomía fabricada por la sala, para inaugurar otra autonomía distinta, aquella que surge de la apropiación de las normas por los propios jugadores, sea frente a las máquinas o andando por el bingo.
Vale decir que este tipo de acciones –consideradas como trampa- no dejan de ser parte del juego. No desconocen las normas del lugar, sino que las aceptan, para estirarlas y meterles un plus, algo propio. Diferente del caso de un asalto por parte de un grupo comando que va en busca de la caja de un bingo, o de un jugador que tras perder grandes suma agarra una máquina a patadas y se lleva el dinero de la misma, como ha ocurrido. En estos casos no hay juego, no hay habilidades que se midan frente a otras mediante el azar.


 5-    Salas y ciudad

Los saberes de una sala son específicos de una sala, sin duda, pero se nutren y son continuidad de otros. La búsqueda de azar se da en un marco competitivo - el jugador compite con el bingo como con otros jugadores para ganar plata -, las luchas por capturar atenciones, el tanteo y estar pillo para armarse en lo precario, el buen sentido de previsión para buscar la mejor oportunidad y concretar, son rasgos de un patrón común a nuestra vida en la ciudad.

A su vez, lo que acontece en las salas refuerza los saberes que describíamos para nuestra vida urbana. Y si: al final, jugar puede ser más de lo mismo. Pero no creo que todo sea tan lineal; a partir de las estrategias comentadas como trampas ¿no vale la pena preguntarnos si existe el germen de una pedagogía para prestarle atención, como inspiradora para pensar muchos de los espacios urbanos que transitamos?

En la pedagogía clásica escolar, una autoridad mediaba entre el objeto a conocer y quienes conocían. Se daba por supuesto una distancia entre nuestra experiencia y nuestro conocimiento sobre la misma. La crítica de esta pedagogía era denunciar la ficción de esta distancia y agitar por un maestro ignorante cuya función sería la de potenciar nuestras experimentaciones autónomas en relación con nuestras propias vivencias en el mundo. 

Hoy ante situaciones como las que venimos pensando, sin autoridad directa sobre las experiencias, fuerte impacto afectivo, sin mucha mediación de la palabra, ¿cómo pensar una pedagogía alternativa en relación con estos espacios? Pregunta que vale para los bingos, seguro, pero también para tantos otros sitios urbanos que funcionan con una gramática similar. Aunque los bingos me parecen claves; si hay tanto recelo de las salas por vigilar, en tanto son un sitio muy poco democrático -por no decir que son un ejemplo de autoritarismo de mercado-, todo lo que pueda activarse ahí se transforma en un aprendizaje político, tanto para los que juegan como para muchos de nosotros que no lo hacemos. Me parece que formular estas preguntas es un gesto de politicidad importante para no postrarnos en un denuncialismo bobo de criticar la autogestión de alegrías y su productividad como terapéuticas cerradas, mecanismos oscuros destinados a lograr que fatalmente sigamos soportando el régimen de vida que vivimos.