lunes, 21 de septiembre de 2015

Juego y lenguaje

Una aproximación al concepto de Vendehumo




1-  Estrategia

Vender humo es estrategia pura. Se sabe lo que se hace; se sabe lo que se busca.  El vende humo no es el bipolar o el colgado: dice una cosa y hace otra pero no porque cambió de opinión o se olvidó; sabe desde un principio que no dice la verdad. Se vende humo por que según las malas lenguas, jugar no es bueno; nadie va a dar crédito a un jugador. Hasta muchos de ustedes los jugadores ven mal, por ejemplo, pedir plata para jugar (“los vicios se los banca uno”).

Los jugadores venden humo para dotarse de toda una serie de posibilidades que su rutina inmediata no se los brinda. Jugadores a los cuales le quedaron flacos los bolsillos este mes y tiene que salir a vender humo para conseguir recursos y seguir jugando; jugadores que tienen que rendir cuentas por los horarios en diversos ámbitos de su vida –su casa, un trabajo- y venden humo para estirar el tiempo; jugadores que necesitan aplazar la entrega de dinero adeudado a una persona de confianza que lo reclama–familiar, amigo, compañero de trabajo, vecino- o eventualmente de un grupo de prestamistas que lo vienen acosando, requiere vender humo; en algunos casos, donde ya el jugador no es de fiar, terciariza la venta de humo en otras personas que supuestamente están en condiciones de trasferir una dosis de confianza a los demás.

En conclusión: vender humo permite una capitalización de la potencia del jugador en recursos económicos, tiempo; bancar las condiciones de acceso y permanencia al bingo; por último, una fuga para delante de situaciones complicadas.


 2-  El signo como entidad humeante

¿Qué significa que la palabra sea humeante? Que se habla de algo que no existe. No hay correspondencia entre lo que se dice y lo que pasa. El humo no existe: es algo que está ahí, se ve, pero si te acercás y lo tocás un poco, se esfuma. Pura forma, nada de contenido.

En verdad, no es que no exista, porque si no, no convencería a nadie. Algo es. ¿Qué es? En primer lugar, puede que el humo tome elementos de la realidad, pero exagerados y distribuidos astutamente (cuando digo realidad, hablo de la consonancia entre el conjunto de casilleros perceptivos y las cosas que se adaptan a ellos ya previamente etiquetadas performativamente por los mismos).

Pero apunto a otra cosa. Cuando decimos humo hablamos de la potencia de las palabras. La hibridez del humo es la capacidad creadora de la lengua puesto en acción. La palabra no es solo estado sino proceso que hace nuevas formas. Desde la rutina concreta del jugador, gracias al accionar humeante de las palabras, se desplaza su existencia hacia otra coyuntura.

Una última cuestión: la relación que entabla el vende humo con la tecnología. La tecnología permite desligar la relación en vivo, de un territorio compartido cara a cara, reemplazándolo por un terreno virtual. ¿Quién sabe si lo que expone el montaje es lo que da cuenta ser? Me comentaba un laburante de un bingo que con los compañeros de la caja se reían de cómo había gente que llamaba a la casa por teléfono y decía que estaba complicado con el tránsito, de que le habían robado y estaba en retrasado en la comisaria, que había quedado en medio de un accidente y estaba ayudando… Esta multiplicación de la presencia y lo incomprobable de su enunciado, beneficia la estrategia humeante. No hay dudas. Pero todo expresa sus límites: exceptuando el timbre de la voz en un llamado, la redacción de un mensaje, el vende humo pierde la referencia de la gestualidad de sui interlocutor, nublando la chance de saber cómo se recibe su creación: si es creída o no, si hay que ajustar alguna pieza de su humeante discurso o dejar todo tal cual… 

El acto de vender humo deja en evidencia que el lenguaje es un medio para fabricar sentido en el marco de una estrategia. Se desborda cualquier dualismo o centralidad totalizante que proyecte valoraciones linealmente; sentimientos o ideas, presencia virtual o real, formato lingüístico o imaginal; todo es parte del mismo continente: vender humo.


 3-  Los dotes del vende humo

La eficacia de la palabra no depende de ella misma exclusivamente. Vender humo necesita de ciertos dotes. Acá van algunos…

Carisma y seducción. El vende humo es simpatía pura. Gran facilidad para llamar la atención e ir tejiendo una buena onda que le permita caer bien. Si cae bien, la repercusión de sus palabras ganan en su valor de veracidad.

Ser astuto. Saber que piensa el otro y por donde hay que entrarle; entender qué decir en el momento justo y dar un golpe si es necesario pero sin exagerar; estar atento al mínimo pliegue de una arruga y todo aquello que pueda indicar la más mínima desconfianza. El vende humo: un maestro en la traducción anímica de un rostro.

Imaginación. Vender humo requiere de una gran capacidad narrativa. El concepto maradoniano de “Tocuen” -cuento- viene en cuestión. Crear personajes, tramas, desenlaces de una historia, no es nada fácil. Mucho menos replantear los términos de la historia ante bruscos cambios de panorama o lo irrupción de reproches inesperados.   

Audacia. No tener vergüenza –como muchas veces le achacan-. Ser lanzado y mandarse a tocar el timbre de un vecino, encarar a un jefe o amigos de la pareja… Seamos sinceros, son movidas que apichonan a cualquiera. Pero el ansia de jugar lo puede todo. Por eso, vender humo en muchas ocasiones expresa un coraje casi heroico, un triunfo contra las inhibiciones de la culpa provocadas por la coerción social.

Los dotes del vende humo hacen al juego; al vender humo, ya se juega. Enfrentarse a obstáculos, imaginar posibles fantasías, tonos de voz y gestos, quienes serán las víctimas de turno, victimas factibles de convencer… Ya hay todo un mundo de sensaciones y habilidades puestas en marcha que es imposible que la pensemos por fuera del acto de jugar. Para el jugador vicioso, donde ser vende humo se transforma en una máscara indispensable, toda la ciudad se trasforma en un bingo. El bingo para el vicioso es una sala dentro de ese gran casino que es ahora todo su mundo.


 4-  Intercambio y reglas de eficacia

Las palabras humeantes expresan un valor. Mejor dicho, un doble valor: por un lado son pura potencia, cosas con las cuales se hacen otras cosas –capitalizarse en tiempo, billetes-. Por otro lado, las palabras valen si son confiables. Si no son de fiar no sirven porque no permiten que fluya su otro valor: crear nuevas dimensiones prácticas.

Explotar la potencia productiva y la confianza de las palabras es multiplicar otros capitales del jugador. Esta explotación se da en el marco de un intercambio. Intercambio que arma sus posiciones y sus tasas de beneficio correspondientes en el marco de la arena social. Cada persona que vende humo ocupa una trinchera en la lucha de clases, géneros, y generaciones. Sus estrategias debemos valorarlas y entenderlas en este contexto. Sabemos que  para el vende humo el otro es un medio para conseguir lo que necesita, indiferente por su devenir mientras él consiga lo que busca. Indiferencia que se juega en dos planos. El primero: un extractivismo que esconde los términos del pacto; la guita nunca va a volver y se usa para jugar. El segundo: un desplazamiento de un agobio producto de una relación opresiva; el caso de muchas mujeres adultas sin dinero y/o tiempos que deben marcar tarjeta con sus parejas. No quedan dudas: toda venta de humo se juega valorativamente en clave estratégica, irradiando diferentes sentidos según corresponda.

Vender humo es una práctica que se rige por reglas de eficacia muy claras. La palabra como humo es un capital donde su valor radica en que multiplica otros capitales; que no merme su valor como creencia se torna un objetivo imprescindible.

Algunas leyes rigen los principios de la estrategia humeante.

Serán más bajas sus posibilidades de éxito cuanto menos creíble suene y cuando su situación sea más complicada y más sacrificios se demande al que se busca engatusar. Será más favorecido en cambio cuando su confianza esté en alza y el escenario lo beneficie y no perjudique tanto a quien es demandado.

El vende humo debe luchar contra las exceptivas de los demás, muchas de ellas estereotipadas. No es lo mismo un flaco que laburó todo el día en un taller que se manda a jugar con las manos y la ropa llena de aceite, que un médico; no es lo mismo una mujer grande con aires de señora, que una con pinta de gato. Básicamente cuando se busca vender humo a personas que no forman parte de los anillos de conocimiento cotidiano, esta lucha contra las clasificaciones establecidas es un punto a considerar sobre el capital de confianza que posee cada uno.

Pero las estrategias del vende humo son tan plásticas que son capaces de traficar como positivo un prejuicio negativo. Una mujer bien puesta que se presenta en un kiosco llorando porque le robaron y no tiene plata para pagarse un remís, o que va a tocarle el timbre a un vecino para pedir por un remedio carísimo que es imprescindible para su hijo, aprovecha su imagen y la explota hábilmente. Ante la representación de que una mujer es buena y honesta, la jugadora se aprovecha de esa confianza y la traduce en dinero para jugar o volverse a su casa después del bingo porque efectivamente se quedo sin nada y puso todo en las máquinas.

La creencia en las palabras se expresa en intereses: si es baja más esfuerzas tendrá que hace el vende humo, y si es alta, menos intensidad tendrá que ponerle. De ahí que el humo exprese una densidad; en algunos casos la mentira es más gruesa, en otros no tanta; en algunas casos se necesita tirar con todo y golpear fuerte la sensibilidad del posible comprador ante su evidente indiferencia, como en otras situaciones, se confía ciegamente. El vende humo sabe cómo moverse: es un artista inspirado, un artesano de mitologías; pero también es un cirujano, un mariscal de la palabra.

Además de los vaivenes de la confianza y cómo el vende humo retuerce su imagen pública en diferentes coyunturas, es importante considerar qué tipo de sacrificios pide el jugador humeante; podrá haber mucha confianza de antemano, pero si se pide en cantidad difícil que se lo den. La magnitud del monto luckeado es una variable fundamental. A un vendehumo capaz que ya nadie le cree, su humo ya no es vendible, pero le tiran una limosna. Se sabe que la moneda que pide no es para la que dice, ya varios lo junan, pero igual se la dan –para sacarse un denso de encima o por que le tienen lástima-. Pero al momento que se manguee demasiado, difícil que se le suelte chirola alguna.


5-  Fantasmas: entre la potencia y el estado
Al vender humo somos nuestra obra. Y cuanto más ocupe un lugar central en nuestra existencia el acto de vender humo, más todavía nuestra vida será nuestra obra. Vender humo: un acto de pura autoreflexibidad. Cálculo de qué somos y qué necesitamos, cómo nos mostramos e interpelamos a los demás. Hay una distancia donde el vende humo sabe que lo que dice no es cierto. Requiere de múltiples memorias para recordar qué dijo en qué momento, a quien, por qué motivo, que prometió… El recuerdo es un gran barullo si no se sabe ordenar. Clasificación que es bastante cansadora por cierto. A propósito, se abre una pregunta ¿Habrá veces que nos vendemos humo a nosotros mismos? ¿Hasta qué punto estos mundos imaginarios que abrimos no nos terminamos creyendo que somos eso que decimos que somos?

Pero además de la mentira como falsificación hay algo más importante que les pido tengamos en cuenta: no podemos naturalizar las condiciones de emergencia del vender humo. Quiero decir que no alcanza con saber que lo que decimos no es cierto, sino que las propias condiciones de veracidad de lo que expresamos y hacemos ya de por si se edifican en una ficción.  La crítica del vende humo no radica en soplar la espuma de sus palabras para que surja la verdad de lo que somos. Mas allá de que nos envuelva o no el humo que vendemos, nuestra constitución como deseo y devenir desbordan ser vendedores de humo. Vender humo es una forma de ser y estar en las ciudades que según la hipótesis que sostenemos en estas líneas, hoy se torna indispensable. Una forma que fue constituida y que puede desaparecer si mutan sus condiciones de posibilidad.

Se abre una paradoja: más encerrado en la ficción de ser un vende humo, más se petrifica en el estado en el cual nos fijamos actualmente. La situación extrema de lo que les comento es una persona carcomida por el vicio de jugar y que hace del acto de vender humo un dispositivo central de su vida. Vender humo como estrategia queda por fuera de toda moral, en especial en una situación de vicio. Se devora lo que sea, no importa nada. Pero hay un mandamiento que queda en pie a rajatabla, imposible transgredir: jugar. Convertido en una aspiradora de recursos y buscando sostener un mundo ficticio cada vez más evidente, ya nadie les cree. Explota lealtades y confianzas de relaciones cercanas, sea familiares, amistosas, laborales. Detona relaciones en mil pedazos, implosiona todo. Su palabra pierde todo valor. Y una persona a la cual no se le puede dar ningún valor a lo que dice, es un paria. Al evaporarse la confianza, ya nadie le da ninguna entidad. Alguien arrojado a la descreencia total se trasforma en un fantasma. Ser fantasma es un estado de latencia, puro proyecto que no se proyecta en multiplicidad de vida sino en un estado fijo, de jugador, lo que casualmente lo hace fantasma. Es pero no es. Una presencia sin ser.

Este estado fantasmático es una potencia encerrada en lo mismo. En lo mismo es una aspiradora de dinero y fijación en una autogestión frenética donde el jugador es jugador y nada más. Todas sus actividades vitales se encolumnan tras el acto de jugar. Pero es potencia. La fuerza de armar mediante la palabra humeante mundos ficticios rozando el delirio total, es una intensidad imposible de desconocer. Desde esta ambivalencia me pregunto por una liberación de esta potencia de su encierro en lo dado y por el desafío de armar otras experiencias: ¿Cómo liberar la energía humeante de la petrificación que la orienta una y otra vez al mismo lugar? Preguntas importantes porque pensar cómo opera la venta de humo en el juego nos permite obtener una radiografía que excede ese ámbito. Hoy por hoy, sin venta de humo, no hay economía ni vida urbana posible.




miércoles, 2 de septiembre de 2015

Salvarse

Algunas hipótesis sobre la guita, el laburo, y las utopías



Salvarse. Una palabra típica en nuestro léxico urbano. ¿Qué quiere decir salvarse? Salvarse es dar un golpe; algo que cae del cielo y no esperábamos. Salvarse es hacerla bien: abrazarse fuerte al acontecimiento y aprovechar el momento para dar con una buena moneda y pasarla bien. El estar bien es huir de obligaciones, responsabilidades-garrón, y permitir un gasto de bacán: autos, pilcha, casas, tecnología, viajes zarpados y giras suculentas… Salvarse, hacerla bien, estar bien: conceptos de una nueva teología contemporánea. Salvarse como una redención terrenal: aquí y ahora damos con el premio.

El que se salva es para toda la vida –y capaz que hasta a sus hijos y a sus nietos también les llega el derrame. O por un rato nomás; por eso hay que disfrutar del banquete ahora, a full, porque nadie sabe que depara lo que vendrá (la gira sea corta o larga, no deja de ser gira).

El que se salva la hace bien. Hacerla bien es aprovechar la pura suerte; estar en el lugar adecuado en el momento propicio. Pero también sabemos que para salvarse hay planificación. Sí, hay una carrera para salvarse. Andrea Rincón abandonada de pibita por la madre, se va de su casa por barullos jodidos con el viejo. Tirada por ahí, sueña con salvarse:

En cuanto a sus comienzos mostrando el cuerpo, Rincón reconoció que se inspiró en Wanda Nara: "En una de las tantas peleas que tuve con mi viejo me fui a vivir a una pensión. La pasaba como el culo. No tenía guita: para comer, revolvía los tachos de McDonald's. Un día la veo a Wanda Nara en la tele, que llega a una fábrica a hacer un strip tease para los empleados. Los negros gritaban… Estaban como locos. Y yo pensaba: '¡Qué patética es esta mina!'. Pero cuando sale de la fábrica sube a un Mini Cooper y dice: '¡Ahora les voy a mostrar mi casa!'. Y muestra un tremendo piso. Ahí me di cuenta de que tan tonta no era. Me fui a la pensión, me puse en pelotas y me miré al espejo: 'Yo soy más linda y más inteligente que esa mina'. Pero yo tenía una bicicleta playera y vivía en una pensión, mientras que ella andaba en un Mini Cooper". "Algunos se ponen un negocio, en cambio yo me pongo un cu… Ese va a ser mi kiosquito. ¡Y me voy a llenar de plata!"

      Atender estos kioscos es cada vez más común. En una escuela donde laburo en la sala de profesores hay un recorte de la revista Pronto con la foto de una ex alumna con poca ropa y en pose. “De acá no van a salir médicos, pero lo menos tenemos esto”, tira la profe.

Ni hablar que hablamos de carreras-embudos: muchos arrancan y poquitos llegan. ¿Qué hacer si se cae en el camino? Interrumpida la utopía de salvarse ¿cómo zafarla? Hay una figura que es prima del salvarse. El estar tranqui.  No se salvo pero está conforme. Se desplazó del casillero de mulo donde estaba; ahora está mejor… tranqui. Una forma de escalar en la pirámide del ascenso social: no golpea las puertas del cielo pero ganó en umbrales de tranquilidad. No es poco.

Pibes y pibas se meten a carreras donde la van a zafar. Al voleo, se me ocurren dos: docentes y policías. Permanencia, un sueldo más o menos digno, pocas horas… No se van a salvar pero tampoco van a estar tirados, ni muleando peor que otros, y menos todavía plegándose a otros laburos que darán buen billete pero son percibidos como peligrosos… Pregunta: ¿Qué pasa pos-ingreso a estos laburos con el correr del tiempo? ¿Cómo repercute la constatación de que no son tan copados como pintaban? ¿Cómo se elabora esa nausea?

El trabajo que implica aprovechar el evento que nos permite salvarnos muchas veces es medio garrón. Ausente de vocación, como sea, hay que salvarse (“vos engánchalo, el amor viene solo”, reza el consejo preferido de las botineras). Otros trabajos son vocación y al mismo tiempo nos salvan: futbolista, getona mediática.

Se nos hace necesario diferenciar entre el mulo y el soldado. Mulo es el que el carga con el peso del displacer de un deber sentido como obligado. Otra no queda, relincha por lo bajo. El soldado le pone huevo a una causa que le infla el pecho de sentido. Se banca todo por un sueño: salvarse. Y cuando se llega se pone más que nunca para aferrarse. El cálculo es muy simple: es ahora o nunca. No se sabe cuándo termina. Hay que meterle. ¿Quien dijo que no hay más cultura del esfuerzo?

Sumemos algo: durante un tiempo yirando perdidos, desorientados, sin saber para donde arrancar, el miedo de retornar a ese contexto empuja a soportar lo que sea con tal de aprovechar el viento de cola… Incluso la ética del salvarse es indiferente a transgredir o no la ley. No importa pasar de largo la barrera de la ley con tal de salvarse. Lo cual no implica ser un gil y que se diluya cualquier cálculo. No ser cabezón, hacerla bien, es una invitación a no ser desprolijo y caer bien parado.

Salvarse es consumismo al palo, hedonismo salvaje. Salvarse es una proyección del ego hasta las multitudes más extensas vía múltiples pantallas.  Salvarse también es robar tiempo a las tareas que nos permiten amasar un billete en la ciudad. Y en este modo bancamos el salvarse. Salvarse –al menos por un rato- nos permite ganar en tiempo libre. Le soplamos una dosis de temporalidad al laburo y lo reconducimos en términos de nuestra propia duración como seres. ¿Cómo aprovechar ese momento? ¿Qué se despliega en ese hueco que abrimos? ¿Con qué preguntas sobre nuestras condiciones de existencia poblamos ese rato conquistado? Sin la quemazón de cabeza, cargados de chirolas en el bolsillo, salvarse para nosotros no es una meta como idea de felicidad, sino un escenario que nos potencia dándonos una bocanada de tiempo para recrearnos. 

domingo, 14 de junio de 2015

Hacer banda y bancar

Balance político a un año del último partido de Román en Boca
















1-          Intro

Luego de semanas turbulentas para nosotros los bosteros tras el episodio del gas pimienta y quedar eliminados de la copa escritorio mediante, en unos días se juega el partido despedida de Seba Bataglia. Además de la participación de varios de nuestros ídolos en ese partido, estará Román. Paasdo un poco más de un año de su último partido contra Lanús, otra vez vamos a ver al diez con la casaca xeneize en la Bombonera. De eso tratan estos párrafos: reflexionar un poco sobre la ida de Román del club y nuestras acciones en torno a este tema en los últimos años. Reflexión que apunta a unir tres puntos como referencias de un mismo mapa de politicidades: la forma de jugar de Román en la cancha; los banderazos como iniciativas nuestras para que siga en el club; formas de intervenir en la ciudad ante diversos conflictos, como es el hacer banda y bancar.


2-          Román y su juego

Infinitos elogios podríamos hacerle al juego de Román. Pero hoy me interesan destacar dos en especial: su uso del tiempo y el espacio. Vamos con el primero. En la vorágine de un partido el diez pone la bocha bajo el pie y maneja el juego. Arma los circuitos de circulación: cuando se tiene que ir rápido, se va rápido; cuando hay que ir lento, se va lento. Román maneja el juego por que diseña el ritmo del partido. De ahí que elogie tanto a Iniesta: cuando el Barcelona va por una autopista, él decide el momento de bajar para subir por otra y llegar más rápido. No niega nunca la velocidad: siempre va por autopista y la idea es llegar lo más rápido al arco contrario, pero en esos movimientos hay una autonomía del recorrido; no se va al barullo de los choques, como la mayoría de los partidos que vemos hoy.

Así de simple. La sabiduría del ritmo. Pero hay circunstancias donde Román no puede marcar el tempo por que el equipo va al ritmo del rival. Ahí Román se adueña de la pelota e interfiere en esa corriente que lo lleva puesto a su equipo. Agarra la bola, la protege con los brazos, pone la espalda y el culo, y sale escurridizo tocando con otro compañero o le hacen full. El espacio de dominio de la bocha se perfila como una barricada hecha con el cuerpo, donde aguanta las embestidas para que el equipo se adelante, gane espacios, y se modifique la coyuntura inmediata para otra vez orquestar el juego con el viento a su favor.

Interesante lo de los full: muchas veces Román se para, se da vuelta, mira al árbitro y abriéndose de brazos obliga a que este le cobre. No engaña al réferi tirándose, sino que este prácticamente responde a sus pedidos. La barricada fuerza a la ley para que lo sostenga.

Miles de veces aspiramos el humo mediático que sentencia que Román era un jugador frágil desde lo físico. Es cierto que los últimos años las lesiones lo fueron averiando e impidiendo exponer su fútbol en la Bombonera, pero si hay un atributo para destacar en Román es su fortaleza física. Los ejemplos sobran: el partido contra el Madrid expresa un desquicio para los merengues que no pueden sacarle la bola al diez y marchar hacia el arco de Córdoba para empatar. Tan difícil era franquear el espacio recortado por Riquelme, que un jugador de Banfield debió meterle un dedo en el culo para desarmarlo.

Me parece que esta fuerza para armar y aguantar la consistencia de un espacio propio, tiene un carácter político muy importante para nuestra época y a nivel generacional, de cómo armar espacios propios en tiempos de dispersión, de vivir a los tumbos sin saber bien que nos mueve, de cómo agujerear la rutina y diseñar algo propio y tratar de mantenerlo ante todas las coerciones epocales.



3-          Banderazos

Un espacio propio que armamos muchos hinchas de boca para romper con el ritmo que tomaban las rutina del club contra Riquelme, fueron los banderazos.

Organizado por Facebook, la red funcionó como una estrategia de contra poder en calidad de enlace. Un escenario de articulación de hinchas que sintonizamos en la misma afección: que Román se quede o vuelva. Grupos que se suman a otros grupos, como una bola de nieve digital, va conformando una masa de descontentos que pone en marcha un pensamiento que inventa y organiza.

Pero este proceso articula diferentes soportes enunciadores: redes sociales, páginas, celulares, radios, diarios, TV. A su vez esta diversidad comunicativa interconectada implica una jerarquía en la capacidad de atraer interlocutores: no es lo mismo Olé que un grupo de Facebook con un puñadito de “Me gusta”, o Fox que el boca en boca de un grupo de amigos.

El banderazo como invención es una ruptura que parte de la elaboración colectiva de malestares. Por un lado necesita espacios para propagarse y salir del anonimato para ser más y más fuerte; como a su vez escapar clandestinamente de la inminente disputa que propone cualquier poder que se percibe amenazado. Pero más que nada, si esta singularidad difusa que estamos generando no crea nuevas preguntas y respuestas a esos interrogantes, cae por si mismo. Un tipo de organización que responda a las inquietudes que pusieron en marcha un proceso de creación político es un criterio indispensable para la libertad de esos cuerpos afectados.

Pero el banderazo responde a una forma de intervención típica de esta época, que incluye, sin duda, pero también, desborda el fútbol: el hacer banda y bancar.



4-          Hacer banda y bancar

Nuestra existencia se despliega en un ambiente precario que en muchos casos expone su virulencia en tanto amenaza de desintegración, sea de laburos, problemas de salud, de vivienda, familiares, accidentes climáticos, los que sea.

Hacer banda y bancar, es la reunión de fuerzas a las cuales apelamos para afirmarnos armando un espacio propio, el cual a su vez hay que sostenerlo, bancarlo. Hacer banda es una acción imprescindible para cortar con un ritmo que nos desarma dando lugar a uno que nos sostiene y que hay que mantener.

Se hace banda por afinidades varias. Algunas pueden ser previas  -amistad, vecinos, familia, hinchas de un club- como otras más situacionales –quienes andan por la calle y se reúnen por una secuencia particular-.  Fundamental es el papel de la tecnología: el intercambio de información, de manera constante e inmediata, permite que estos cuerpos se articulen velozmente y concreten su accionar.

  Si ponemos el ojo en su consistencia a lo largo del tiempo, diremos que es imposible armar mapas del hacer banda: pero quizá más que mapas sobre personas y sus itinerarios estables o no, haya que hacerlos por lo que sucede en los diferentes entorno territoriales, lo cual implica una gran movilidad y zig zageo de los individuos, pero que hay una regularidad tanto en los problemas como en las formas de intervención a las cuales se recurre; y si hablamos de formas de intervención, el hacer banda y bancar es uno.

Existen diferentes lógicas del hacer banda. Por ejemplo los linchamientos, con un espíritu policial, encarando diferentes situaciones urbanas con un encuadre securitario, hasta los banderazos de nosotros los xeneizes, que piden por un ídolo o cuestionan los manejos elitistas de la dirigencia actual que mercantilizan el club.

Juntar fuerzas, ocasionales o ya conocidas; actuar en contra de otra fuerza que desbarata la propia; sostener el empuje de la fuerza conquistada frente a la corriente que nos desarma; continuidad o no de las costuras que articulan la banda reunida.  Estos son algunos de los rasgos que muy al voleo presentamos ahora sobre el hacer banda y bancar. Volvamos con Román otra vez.


5-          Los ídolos: ¿fetiches o símbolos de agite?

¿Existe un hilo invisible que atraviesa el poner la pelota bajo la suela de Román, los banderazos, y el hacer banda y bancar? Si: lo común es cortar con un ritmo ajeno, hacerse de un espacio propio y sostenerlo con otros. Sea Riquelme con la pelota bajo la suela haciendo una pausa para asociarse con sus compañeros, nosotros los hinchas ocupando la cancha y haciendo fuerza para que nuestro ídolo se quede o vuelva, como el hacer banda en general, del cual el banderazo es un caso particular. Imprescindible reconocer este triple continuo de politicidades y todas sus reciprocidades: primero, lo que pasa dentro de la cancha; segundo, en las tribunas y otras órbitas de los clubes; tercero, la ciudad en toda su dimensión práctica.

A la hora de hacer balances de lo que Román significa para nosotros, más allá de su jugadas, títulos, goles, fue el motivo por el cual nosotros los hinchas activamos una movida que intervino en la dinámica del club y pudo incidir con diferentes niveles de eficacia –a veces logrando lo buscado, otras perdiendo claramente-. El legado de Román y nuestros banderazos es la conciencia de una fuerza. Que existimos y somos parte del mundo Boca. Que no somos simples espectadores, testigos de lo que hacen con nosotros, sino que nosotros también podemos incidir sobre aquello que nos define a cada momento.

Se trata de la diferencia entre un ídolo como símbolo de agite y un ídolo como fetiche. El ídolo como símbolo de agite es un jugador querido que permite que nosotros los hinchas ganemos en autonomía, que aumentemos nuestra capacidad de acción en la coyuntura del club que amamos. Un ídolo como fetiche es un jugador querido cuya afectividad circula de una manera donde nuestra autonomía decae; el jugador cuya idolatría es consecuencia de nuestro afecto, como Román por ejemplo, se transforma en un insumo de una forma de gestión donde los hinchas nos encontramos subordinados.

Los ídolos o al menos jugadores queridos, son fundamentales en la vida de los clubes. Y depende mas allá de su propia voluntad que funcionen como fetiches o símbolos de agite. Por supuesto que lo que ellos hagan es importante, pero no es determinante. Me explico: el gran tema es Tévez. ¿Qué significa la posible vuelta de Carlitos? ¿Qué un tipo nefasto como Angelici tenga su último tiro al pichón y gane las elecciones? ¿Qué Macri haga campaña para las elecciones nacionales? ¿Quién pone la abultada moneda para que vuelva? Si no nos hacemos estas preguntas, Carlitos es un fetiche. Pero si aceptamos esta situación y no hacemos nada con su figura para activar movidas propias, regalamos la imagen de nuestros ídolos, congelamos las apropiaciones actuales como definitivas. ¿Vamos a renunciar a Carlitos y a todo lo que representa para nosotros los bosteros?

Cerramos con Román: son infinitas las retroalimentaciones entre las formas de jugar de nuestro ídolo sobre el verde césped, nuestras movidas como hinchas por él como por otros motivos en este contexto de elitización de nuestro boquita, y también, de mecanismos de intervención urbana como el hacer banda y bancar. Y en este sentido hay un tema a considerar: la voluntad expresada públicamente por Riquelme de ser presi del club (se supone para el 2019). ¿Cómo sería un ídolo como Román, símbolo de agite, ocupando un cargo así? ¿Cómo es el encuentro entre ocupar un cargo institucional por nuestro ídolo y el hacer banda de los banderazos? De hecho, en estos años si bien existieron rechazos de nuestra parte a la mercantilización alevosa de nuestro club en la gestión Angelici, estas preguntas por la política electoral, el sostenimiento de un rechazo al Boca careta de estos años, son problemas fundamentales para nosotros los xeneizes. Y si dentro de esas secuencias sigue Román poniendo la bocha debajo del botín o no, lo veremos en los próximos años.


domingo, 31 de mayo de 2015

Pedagogía erótico-mercantil
Notas sobre máquinas tragamonedas y aprendizaje





1-    Intro

Este ensayo es la segunda parte de una serie de investigaciones sobre los bingos y las máquinas tragamonedas. La primera parte está acá  http://www.losutil.blogspot.com.ar/2015/02/tranquilossolos-y-entretenidos-un.html. La pregunta que me movilizó para escribir esta segunda entrega es más o menos la siguiente: ¿Cómo gestionan los jugadores su estadía en ese espacio sagrado que es un bingo? ¿Cómo hacen para saber lo que hacen ahí?

La pedagogía es el arte de conquistar un lugar en el mundo y nutrirse de él. Saber organizarse, sumar poder. Los jugadores diseñan una pedagogía; un saber vinculado con la producción de conocimientos y la organización de su alegría. Históricamente el juego y el conocimiento fueron por carriles opuestos. Lo culto, no es juego. Y si lo es –como vemos en muchas acciones pedagógicas contemporáneas- es una mera forma, un atajo divertido para adquirir un determinado tipo de contenido –lo realmente importante-.

Si bien los bingos se publicitan en la arena pública por carteles callejeros, camisetas de fútbol, algún programa televisivo, su fuerte es la estrategia de propaganda más poderosa de todas, basada en la confianza de quien enuncia: el boca en boca. Aunque varios jugadores se acercan a las salas directamente, seducidos por lo que habrá. Las casas de juego son edificios de estructuras monumentales, que no dejan ver nada en su interior. En el fugaz abrir y cerrar de sus puertas, se vislumbra un mundo desconocido que por su misterio, seduce. Ya en su interior, hay diferentes invitaciones para destacar algunos juegos por sobre otros: de pozos acumulados en los cartones a tentadoras promociones de maquinitas.

Pero lo que me interesa contarles en este punto es que la acción del jugador como consumidor no es simplemente la de apropiarse pasivamente de la experiencia tan deseada de jugar a partir de la seducción publicitaria. El jugador trabaja intensamente por ella. El jugador hace situación tanto frente a la máquina al jugar, como en la búsqueda de la máquina correcta, la que dé ganadora (también para conseguir dinero para jugar, por ejemplo, bajo la estrategia de la venta de humo, pero eso lo voy a trabajar en otra oportunidad, por ahora me quedo con estos dos niveles).


2-    En la sala

Las maquinitas le piden al jugador habilidad y ser amigo del azar. Sobre la habilidad, ese aprendizaje es directo, no existe una mediación de una autoridad que explica con respecto a una realidad a conocer. No hay transmisión: el jugador se empapa de conocimientos directamente en su hábitat. Es cierto que muchas veces recibe la ayuda de empleados, amigos, o mirando otros jugadores, pero en general, aprender a jugar es algo muy fácil que no requiere de una gran explicación.

Dijimos que la maquinita es un juego azaroso. ¿Y qué hacemos frente a la suerte? ¿Si toca, toca, o el azar se busca? Llamar a la buena suerte es una habilidad específica. Para encontrar una buena máquina, muchos jugadores hablan de saber encontrar el momento. Buscar la mejor oportunidad para acercarse al triunfo. Algunos procedimientos: los jugadores se quedan parados mirando largo rato si una máquina da premio o no, y según del tipo que sea, se calcula si dará o no ganadora al toque.  Otra: los jugadores siguen sus sueños e indicaciones que puedan aparecer en los mismos –que según el caso, pueden hacer que se levanten de la cama en plena madrugada y se vayan para el bingo-. Más estrategias: volver a una máquina que dio ganadora alguna vez, para repetir por cábala.

Les comento algo sobre la estrategia del cálculo. Una máquina es promesa de liquidez. Al observar si las máquinas dan ganadoras o no, hay un razonamiento individual de las probabilidades de conseguir dinero. El jugador fabrica hipótesis sobre las posibilidades de una máquina de dar un buen billete, y apuesta. La sala de juego se transforma en un gran paisaje de signos: ver las máquinas, las reacciones de los otros jugadores, el palpitar de las pantallas, ir p un lado, ir para el otro. Se requiere de un tanteo bastante avispado: una sostenida atención a las señales de la sala, como aprovechar la oportunidad para mandarse y obtener lo tan anhelado. Si bien el bingo es un lugar silencioso, no hay mucho diálogo entre los jugadores, sí hay una intensa lectura de lo que hacen entre sí. Y las interpretaciones conseguidas se guardan en secreto. El dato como conquista es exclusivo del jugador. Es así por que el jugador es su propio equipo. Si comenta su verdad, pierde.


 3-    Frente a la máquina

Les pido que dejemos las fórmulas para abrazarse a la máquina ganadora y vayamos ahora con la seducción del azar ya frente al artefacto. Las personas se persignan,  besan los billetes, colocan estampitas de todo tipo –de Cristo, Gauchito Gil, vírgenes diversas-, raspan la pantalla con piedras especiales o introducen azúcar y mirra en la máquina –elementos que supuestamente transfieren energías positivas-, o acarician la pantalla y exclaman consignas del estilo “dame plata, dame plata”.

Tanto en el caso de amigarse con el azar para elegir la máquina tocada o estando ya frente a frente con la misma, los diferentes procedimientos manifiestan diferentes paradigmas de conocimiento: desde los matemáticos para calcular probabilidades, como los esotéricos de apelar a inspiraciones oníricas o entidades religiosas. Queda claro que no hay contradicciones entre estos tipos de saberes; este cocoliche epistemológico vale o no en tanto aumenta la capacidad de acción de los jugadores y sus estrategias para ganar en un entorno específico como es una sala de juego.

No nos olvidemos de las estrategias de los jugadores para aguantar frente a las máquinas. ¿A qué me refiero? Quizá la situación lleve a que se deba estar mucho tiempo jugando, por ejemplo, en una máquina que por algún motivo se considera que dará ganadora. Estar horas y horas ahí sentado implica una preparación. Y estar preparado puede ser desde comer bien antes de ir para el bingo, como también, ir con pañales, para no dejar la máquina libre cuando va para el baño, dejando regalada la maquinita a otro jugador que se puede quedar con el premio que está por caer.


 4-    Ambivalencia

Existen diferentes estratificaciones entre los jugadores y sus conocimientos; algunos conocen más los códigos que otros. Un aprendiz se puede sentar en una máquina que acaba de dar ganadora, mientras que otro más curtido ya sabe que sentarse ahí y prender fuego sus billetes o tirarlos en un tacho de basura es prácticamente lo mismo. Que se vayan incorporando conocimientos depende de que cada jugador se vaya haciendo en la sala, o podrá quemar etapas, por ejemplo, por el boca en boca con cocidos que también jueguen.

Pero hay un tipo de saber que es especial: ¿cómo sacarle plata al bingo bajo las reglas exclusivas del jugador? Vimos algunas: raspar la pantalla con una piedra mágica o meter sustancias a la máquina como azúcar o mirra.  Bajo las reglas de las salas, todo esto está prohibido. No solo porque estropea los artefactos, sino también porque una máquina con la pantalla rayada para un jugador ya fogueado, está mufada. Ya nadie se va a sentar ahí.

Esto es interesante: el bingo se mueve sabiendo y aceptando una regla extraña. De alguna manera, tiene que jugar en un terreno que es de otro, acomodándolo y poniéndolo en su lugar, es cierto, pero interviene en un espacio ajeno. Ajeno pero dentro de él. Y sorpresivo, porque lo que pueda surgir de una sala de juego, donde, como, cuando… difícil saberlo.  Acciones que no invalidan la participación de algunos actores del propio bingo. En Palermo dos trabajadores fueron detenidos por estafas. Se asociaban con jugadores y les daban copias de tarjetas vip, lo cual, para explicarlo rápidamente, favorece la posibilidad de ganar. Tras jugar, si había éxitos, se repartían el dinero.

Dentro de la dinámica donde cada jugador gestiona sus placeres, este movimiento deriva a veces en anomalías; los jugadores se apropian de las normas del espacio, las retocan y juegan a su manera. Se expande su soberanía con nuevas reglas para operar desde las reglas ya existentes. Se desplaza de la autonomía fabricada por la sala, para inaugurar otra autonomía distinta, aquella que surge de la apropiación de las normas por los propios jugadores, sea frente a las máquinas o andando por el bingo.
Vale decir que este tipo de acciones –consideradas como trampa- no dejan de ser parte del juego. No desconocen las normas del lugar, sino que las aceptan, para estirarlas y meterles un plus, algo propio. Diferente del caso de un asalto por parte de un grupo comando que va en busca de la caja de un bingo, o de un jugador que tras perder grandes suma agarra una máquina a patadas y se lleva el dinero de la misma, como ha ocurrido. En estos casos no hay juego, no hay habilidades que se midan frente a otras mediante el azar.


 5-    Salas y ciudad

Los saberes de una sala son específicos de una sala, sin duda, pero se nutren y son continuidad de otros. La búsqueda de azar se da en un marco competitivo - el jugador compite con el bingo como con otros jugadores para ganar plata -, las luchas por capturar atenciones, el tanteo y estar pillo para armarse en lo precario, el buen sentido de previsión para buscar la mejor oportunidad y concretar, son rasgos de un patrón común a nuestra vida en la ciudad.

A su vez, lo que acontece en las salas refuerza los saberes que describíamos para nuestra vida urbana. Y si: al final, jugar puede ser más de lo mismo. Pero no creo que todo sea tan lineal; a partir de las estrategias comentadas como trampas ¿no vale la pena preguntarnos si existe el germen de una pedagogía para prestarle atención, como inspiradora para pensar muchos de los espacios urbanos que transitamos?

En la pedagogía clásica escolar, una autoridad mediaba entre el objeto a conocer y quienes conocían. Se daba por supuesto una distancia entre nuestra experiencia y nuestro conocimiento sobre la misma. La crítica de esta pedagogía era denunciar la ficción de esta distancia y agitar por un maestro ignorante cuya función sería la de potenciar nuestras experimentaciones autónomas en relación con nuestras propias vivencias en el mundo. 

Hoy ante situaciones como las que venimos pensando, sin autoridad directa sobre las experiencias, fuerte impacto afectivo, sin mucha mediación de la palabra, ¿cómo pensar una pedagogía alternativa en relación con estos espacios? Pregunta que vale para los bingos, seguro, pero también para tantos otros sitios urbanos que funcionan con una gramática similar. Aunque los bingos me parecen claves; si hay tanto recelo de las salas por vigilar, en tanto son un sitio muy poco democrático -por no decir que son un ejemplo de autoritarismo de mercado-, todo lo que pueda activarse ahí se transforma en un aprendizaje político, tanto para los que juegan como para muchos de nosotros que no lo hacemos. Me parece que formular estas preguntas es un gesto de politicidad importante para no postrarnos en un denuncialismo bobo de criticar la autogestión de alegrías y su productividad como terapéuticas cerradas, mecanismos oscuros destinados a lograr que fatalmente sigamos soportando el régimen de vida que vivimos. 



lunes, 25 de mayo de 2015


“UNA UNIÓN DE HINCHAS ANTE LA AFA”
SEGUNDA PARTE DEL REPORTAJE A BOCA ES PUEBLO, AGRUPACIÓN DE AGITE FUTBOLERO XENEISE





La agrupación afirma cuatro pilares de la idiosincracia xeneise -“los colores, la gente, la cancha y el barrio”- para dar una disputa clasista (¿de quién es el fútbol?) y subjetiva (¿cómo se lo disfruta?) dentro del mundo bostero y futbolero en general. Sobre las barras -su historia, sus negocios, su necesidad y sus imágenes pensables-, sobre el proyecto macrista de reemplazar la Bombonera, sobre una posible unión de hinchas argentinos para hacer fuerza ante la AFA (para que vuelvan los visitantes, por ejemplo), sobre diversos problemas, en fin, relativos a cómo hacer que lo nuestro sea efectivamente nuestro, conversamos con esta banda loca que no para de crecer.

Segunda parte de la entrevista realizada por Por Andrés Fuentes y Agustín Jerónimo Valle para http://futboldepiesacabeza.com.ar/una-union-de-hinchas-ante-la-afa/ 



jueves, 26 de marzo de 2015

Boca es Pueblo: Resistencia futbolera”

Una organización contra la mercantilización y la pérdida de identidad



En la ambigüedad propia del mundo del fútbol, los intereses capitalistas y los abusos de poder parecen imponerse plenamente a la pasión lúdica, estética y colectiva, a la vitalidad futbolera que es, empero, la que sostiene la riqueza de la esfera parasitada por los robos y las elitizaciones. El manejo de los clubes, las decisiones de la AFA sobre los torneos y los visitantes, los negocios privados que arruinan los equipos, el humo periodístico que satura la mediósfera de palabras vacías que impiden pensar: ante esto, lo que cunde es la impotencia. Pero sin embargo, allí están, brotan, movidas que agitan lo dado: que, afirmándose en el amor a la pelota y los colores, organizan intolerancias contra alevosías de parásitos. Así, las desnaturalizan, e instalan una luz en la oscuridad que reina en las instancias donde se toman decisiones.

Movidas como Boca es Pueblo, una agrupación de pibas y pibes bosteros, fundada en 2012 y que desde entonces no para de crecer, con banderazos contra el proyecto macrista de cambiar de estadio o reclamando venta de entradas para no socios (fueron seis mil personas), con pintadas callejeras, con difusión en internet, con articulación de aguante mutuo con organizaciones sociales y políticas de La Boca, con, incluso, talleres de lectura y formación política; todo para “la defensa de los cuatro pilares de xeneises, que son atacados desde hace casi veinte años: los colores, la cancha, el barrio, y la gente, la condición popular del hincha de Boca”...

Movidas como Boca es pueblo abren fuertes preguntas para los futboleros, sobre los alcances de nuestro metejón, sobre la politización posible de un hincha de fútbol en tanto tal; movidas que plantan una disputa sobre el valor del fútbol, así como, también, sobre lo que es hacer política.

Primera parte de la entrevista realizada por Andrés Fuentes y Agustín Jerónimo Valle para http://futboldepiesacabeza.com.ar/boca-es-pueblo-resistencia-futbolera/