Algunos pensamientos
desde la precariedad escolar
1- Precariedades
Sabemos que en las
escuelas lo que debería ser no es (y encima viene todo para peor, nos dicen…).
Nos topamos con situaciones de lo más diverso: dificultades para leer,
berretines mediáticos, poca atención, peleas, boludeo tecnológico, etc.… No hablamos solamente de simples interferencias
en el paño escolar sino de quiebres en su lógica más intima; no de trastornos
en su dobles interior sino en las condiciones de emergencia de su constitución
social (un ejemplo son los docentes que no pueden dar clase por que se tienen
que amotinar en la puerta del aula para que los pibes no huyan…).
Según cual sea el grado de
la erosión escolar –un rechinar en su lógica o tambaleo de su ser constitutivo-
se disparan diferentes niveles de precariedad que nos obligan a recurrir a
diversos saberes escolares para
transitar los espacios educativos: situaciones abiertas para las cuales no hay
respuestas a mano; cortocircuitos donde la brújula escolar indica soluciones
tradicionales, algunas que ya no resultan y otras que si; circunstancias donde
se aplican experimentos que a veces funcan como otras no. Es innegable que cuando
entramos a la escuela estamos haciendo un acto social. Como individuos, mal que
mal, tomamos posesión de un rol: somos docentes. Los pibes lo mismo: se hacen
alumnos. Afuera cada uno tendrá su vida, es más, nos podremos encontrar en la
calle, compartir algún bar nocturno, pero al pasar el umbral escolar nos
hacemos alumnos, porteros, preceptores, secretarios, etc. En el aula, de un
lado está el docente, del otro los alumnos. Ante el escenario de precariedad
latente es fundamental reconocer que esa frontera esta agrietada o en todo caso
en ruinas; desde esa geografía social bien concreta debemos intervenir.




