lunes, 13 de enero de 2014

El agite del capital

Algunas ideas en relación con el film “El Lobo de Wall Street” (Martín Scorsese, EEUU, 2013).




1- Intro

La película nos cuenta la vida de Jordan Belfort. Basada en su propia autobiografía, Scorsese nos relata bajo un formato narrativo similar al de “Buenos muchachos”, la historia de este empresario vendedor de acciones en la principal hacienda bursátil del planeta: Wall Street.

Estamos en mediados de los ochenta. Luego de algunos fracasos Jordan arma una compañía “Stratton Oakmont” que vende acciones baratas de empresas falopa a gente de clase media baja y laburantes. Una máquina que se conforma  con sujetos de diferente especie -desde abogados hasta delears- bajo la promesa de plata fácil. Y la historia va bien: la empresa se pone en marcha y va creciendo vertiginosamente: todos se hacen millonarios.

Pero lo que les quiero contar es que la compañía manifiesta en su dinámica un componente afectivo muy intenso; una electricidad atraviesa y enciende cada uno de los cuerpos que la habita. Por eso en las líneas que siguen me interesa pensar algunas manifestaciones de la mística empresarial, tirar algunas hipótesis de su emergencia, como relacionar estos afectos con algunas de nuestras prácticas de consumo.



2- La Fiesta: celebración y combustible

La fiesta es parte de la rutina de la compañía. Que se entienda: no es un episodio excepcional sino una experiencia más de su despliegue existencial. Música, cocaína, yates, mansiones, morfi, alcohol, juegos sádicos y rubias espectaculares, son algunos de los insumos de la liturgia empresarial. Los festejos celebran el crecimiento geométrico de las ventas de acciones, de nuevos emprendimientos, del aumento de la potencia financiera de los individuos, pero también, es el combustible indispensable para sobrellevar el desgaste que implica conseguir esa potencia. Desde el principio de su carrera como vendedor, Jordan sabe que la cocaína y el sexo son fundamentales para soportar la presión diaria, para que “corra la sangre por todo el cuerpo”, como alguien le supo explicar.

La adrenalina de la fiesta repercute en los cuerpos. Una náusea cada vez más aguda se afirma en los soldados del capital. Jordan y otros miembros de su banda viven zarpados dando lugar a una serie de escenas bastante grotescas –algunas banalizadas por el director, hay que decirlo- dando una muestra bastante cabal del cachivache burgués. Al mismo tiempo esta vida al palo se extraña cuando Jordan entra en bancarrota bombardeado por problemas legales. Si en pleno ejercicio empresarial la fiesta es agenda obligada, el aburrimiento de estar en su mansión gigante frente a una pileta tomando cerveza sin alcohol será ahora una decepción cotidiana.

La vivencia subjetiva de los cuerpos de la compañía exponen claramente el concepto deleuziano de anti-producción: cuanto más crecimiento, voracidad y agite experimentan, más nausea, pérdida del control y autodestrucción padecen. Complementos circulares de una cadena infinita donde cada elemento se necesita y repele. Más abajo veremos por qué.




3- De liderazgo, pedagogía y lealtades

En todo esto hay un líder que es Jordan. Transpirando carisma y seducción, sus discursos en las oficinas nos recuerdan a los grandes líderes del siglo XX. Una masa de vendedores que confía en las capacidades de su líder como un líder que confía en la destreza de sus vendedores. Una alianza que promete –y cumple- con jugosos réditos.

Jordan es el vendedor astuto que logró montar su empresa y competir con los grandes. Es aquel que enseña a los demás sus habilidades mercantiles. Pedagogía empresaria lejos de cualquier abstracción y siempre basada en el ejemplo: Jordan le solicita a sus vendedores que le muestren como venderían una lapicera, como a su vez, él les muestra cómo llamar y engatusar clientes.

No es algo menor la lealtad que despierta Jordan en sus seguidores: Stratton parece una gran familia, o más bien una banda de amigos (recordemos que la gran mayoría son jóvenes). Cuando empiezan los problemas legales ninguno de los empleados citados por los tribunales delata a su jefe o compañero alguno. Y esto es reciproco: cuando la justicia le pide a Jordan que para salvarse botoneé a otros directivos de la compañía, pone al tanto a los mismos. De hecho, estos mismos amigos ponen una buena moneda cuando cae en desgracia para bancar la fianza y aliviar las condenas. Si bien para Jordan una de las principales máximas de su negocio es que “en Wall Street no hay amigos”, y somos testigos de un oportunismo permanente en el accionar de los protagonistas, la lealtad reciproca y confianza mutua se manifiestan en varias secuencias jodidas para estos personajes que encarnan la elite global. Aunque este compromiso y lealtad no es inquebrantable: uno de los principales gerentes y miembros fundadores de la empresa traiciona a los suyos por mandarse solo con movidas fraudulentas provocando más problemas con la ley.


4- Potencia infinita: una creencia equivocada

La mística de la compañía expresa una fuerza arrolladora que la hace invencible. Crecimiento exponencial, autosuperación constante, Stratton Oakmont parece que todo lo puede. Y subrayamos el parece porque esa sensación de invulnerabilidad será parte tanto de su ascenso como de su caída (otra vez, la ambigüedad de la autoproducción del capital…).

En su proyección arrolladora no hay culpa alguna para Jordan y los suyos, tanto en la experiencia festiva como en violar la ley. Sobre lo primero, somos testigos de una dilapidación desenfrenada de ingresos para apropiarse de infinitas mercancías (“como puedes estar gastando tanto dinero en tantas idioteces”, vocifera incrédulo el padre de Jordan). Sobre lo segundo, constitutivamente la compañía funciona utilizando todas las matufias posibles, desde métodos poco éticos – cargosear clientes, vender humo- hasta transgredir las normas legales. ¿Cómo no hacerlo? ¡Es Jordan, el lobo de Wall Street! Y este es un problema de la película: Jordan no es simplemente un salvaje en la fauna del mundo financiero, sino que ya la misma actividad bursátil implica una lógica voraz; el problema no es la especulación sino el mismo dispositivo de la deuda; el problema no son los métodos sino una relación de poder entre deudores y acreedores que explotan intereses.

Pero volvamos: la justicia no se queda quieta y actúa frente a Jordan y los suyos. Mantener en marcha la empresa requiere que se negocie con el FBI, surfeando en una marea gris de acuerdos complejos, ganando y perdiendo según el caso. Pero a Jordan le cuesta ceder poder. Ya al límite lo amenazan y le solicitan que para no ir preso de un paso al costado en la compañía. Acorralado, Jordan accede.

Último día en la oficina. El jefe se dirige a dar otro discurso, ahora el de despedida. Pero en medio de sus palabras, envalentonado por el agite de sus empleados-amigos y la magia que envuelve al lugar, decide dar marcha atrás y se queda. En los días posteriores cuando llueven las citaciones de la justicia a la oficina, el vicepresidente de la compañía se para en un escritorio, mete los papeles en un cesto de basura y exclama “esto es lo que hacemos con las citaciones que llegan a  Stratton” sacando el pene para orinar en el tacho en medio de un furor generalizado. La creencia en la potencia infinita de la compañía y la convicción de que son invencibles será la causa de su caída.


5- Capitalismo y aventura

Para explicar el funcionamiento de la empresa no nos podemos remitir solamente a explicaciones económicas. La deuda como dispositivo de poder contemporáneo necesita de una producción subjetiva que permite este funcionamiento. Uno de los insumos para fabricar el ser financiero es lo afectivo. Se trata de emociones teñidas por la desmesura y la adrenalina, la náusea y la alegría desaforada, el temor por un final inminente y la sensación de ser inmortales. Nos preguntamos ¿Cuál es la lógica en la cual se anclan estos afectos.

En primer lugar digamos que hay un vector temporal en el funcionamiento general de la compañía, en tanto génesis, apogeo y caída de Jordan. Los éxitos de la empresa en un primer momento significan para cada vendedor la adquisición de dinero por las comisiones que derivan de la venta de acciones que les permite modificar radicalmente su nivel de vida. La empresa se convierte en la plataforma ideal para pasar de loser a nuevos ricos.

Pero la mística de la empresa no se constituye solamente por su finalidad sino por ser un entre, un constante pasaje. Vivir en medio de, significa que todo el tiempo es necesario estar a la conquista: cazar clientes es una tarea de todos los días. Demostrarse a sí mismos que en medio de la incertidumbre pueden seducir clientes y lograr que confíen en ellos es una aventura constante. De ahí la adrenalina de los teléfonos, el relojeo de monitores, la imaginación en chamuyos y tácticas dialécticas, los gritos, la necesidad de festejos permanentes. Vivir en el presente requiere que a cada momento se demuestre estar a la altura. Cada minuto es un desafío. Esto explica que si bien es cierto que cada venta es pasar un umbral de rentabilidad y mejorar posibilidades de consumo y respeto social, no solo para cada uno de ellos, sino para la empresa-orga en relación con otras, es la travesía misma de esos umbrales una experiencia ferviente para los vendedores de acciones.

Pero vale decir que esta incertidumbre nunca pone en duda su razón de ser: vendedores. El entre es un eterno presente: ser vendedores de acciones con las cuales la gente se endeuda con finales inciertos para cada uno. Paradójicamente este accionar en la inmanencia, en el desafío de sí perpetuo, claudica toda creación de otra forma de vida.

Antes de cerrar este  punto otra pregunta: ¿no se puede ubicar al burgués como aventurero al inicio del capitalismo y no solamente en su fase contemporánea? Además del cálculo ascético que postulan algunos, ¿el arrojo y el desafío de lo imprevisto ya no están en su origen primero? (para seguir esto recomiendo la fabulosa película de Paul Anderson “Petróleo sangriento”).


6- Tipos de moneda y emociones

La historia de Jordan y su banda es seguramente un fresco de la elite global que habita Walll Street, entre otras posibles (en línea con la peli ya de culto “America Psyco”). A su vez, expone una diferencia más que sensible con respecto a la burgesía europea de banqueros (ver “El capital”, de Costa Gavras).

Pero más allá de pensar las vivencias de los acreedores como clase dominante, el tema de los afectos no se acaba ahí. También irrumpe en los deudores. Interesante a propósito una de las publicidades de Tarjeta Naranja al respecto. Se llama “Hernán”. Todos la recordamos: un flaco medio rubiecito entra a un negocio y saca su tarjeta emulando a He-Man. Con la musiquita y todo, se trasforma en un ser superpoderoso. La brusca y emocionante mutación en su composición subjetiva implica una potencia de consumo que antes no poseía: un infinito de mercancías abierto a su merced.

El dinero como sueldo permite intercambiar aquí y ahora por infinidad de mercancías de todo tipo: ropa, salidas, vacaciones, etc. Pero la moneda en tanto capital no solo es capaz de generar más moneda por inversiones, sino de potenciar ampliamente la moneda sueldo aumentando brutalmente su capacidad de apropiación del mundo. Pero la financiarización para nosotros consumidores -que también implica una fiebre erótica- tampoco nos arroga  a una embriaguez creadora sino que nos incorpora en una matriz de sujeción social.

La lógica de la deuda es una forma de gobierno abrumadoramente eficaz de nuestras vidas. Con bocha de complejidades y matices, se despliega en las fibras vitales de nuestro tiempo, especialmente, permitiendo una amplia democratización en el acceso de las cosas del mercado.  Y en este escenario de consumo masivo se hace vital investigar políticamente diferentes tipos de fugas, desde  saqueos hasta formas más sutiles como engaños diversos, hasta intervenciones más estructurales como la invención de créditos sin interés ni control. Tampoco podemos negar la retroalimentación del crédito capitalista pero utilizando ese dinero para constituir formas de vida no consumistas. El problema de fondo no es “dinero, si-dinero, no”. Se trata de deseos sociales y como estos se van encarnando en diferentes dispositivos que le dan vida a su ideal. En la escena final del film, apreciamos al gran Jordan que hundido se dedica ahora a dar charlas para vendedores (el ganador, te enseña a ganar). Utiliza el método de la lapicera: “véndeme esta lapicera”, es la invitación. Mientras diferentes discípulos de Jordan lo intentan, la cámara de Scorsese se pasea por la rostridad de cada uno de los vendedores: percibimos la expresión de un regocijo, de un asombro por saber aquello que tanto promete… Y de esto se trata: de cómo de desactivar la promesa del modelo de vida consumista ya que sin ese deseo de gestión de alegrías no hay necesidad de crédito, y crujen así los soportes de un poder que a pesar de la sonrisa, nos somete.




Insumos:
Lazzarato, M.: “La fábrica del hombre endeudado”, Ed. Paidos, Buenos Aires, 2013.

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